En esta noche / Sofía González Bonorino

 

Así como las generaciones pasadas engendran a las sucesivas perpetuándose en ellas, así los vivos nos enraizamos en los muertos.

 

En la pandemia, los muertos se alzan como espectros, y al mirarme en ellos, como en fallidos espejos, me percibo otra, descorporizada.

 

Algo cae.

Mis pies, inseguros, tantean el vacío.

 

El virus me deja sin raíces, quiebra la línea generacional, en paridad con los que se han ido: toda mi  herencia se desmorona.

 

La enfermedad- su amenaza- me expulsa del mundo de los vivos, su presencia rompe la certeza de pertenecer a una especie en movimiento.

 

Un orden se invierte, interlocutora ahora de lo mudo.

 

Los otros, yo: fuera del mundo, como aquellos que nos precedieron.

 

Mi cuerpo me desconoce, se va de mí,  hacia zonas ya olvidadas.

Regreso, en la pandemia, a lo  prohibido.

 

Geografía íntima, prehistoria carnal, en la que mi madre, su mirada,  se perdía en el viento furioso del desierto patagónico, que acuchillaba el espacio, aún no delimitado, de mi cuerpo.

 

Fue  su mirada, la de ella, que, aunque  ciega de terror, me dio una forma incipiente, su proceso. Un cuerpo por hacer: sus límites, sus bordes en constante peligro de disolución. Me enlacé, anclada en sus pupilas, a la línea que las generaciones habían trazado para mí.

 

Esto es lo que quiero decir.

 

Y los ojos de mi abuelo, la mirada extraviada de un Cristo crucificado.

 

Cada miembro de mí tiene una historia de la que se expanden múltiples historias, una evocación que se desgarra y se abre, en aislamiento,  a pérdidas deseantes, creadoras.

 

Y por mis venas, el pasado derrama sus imágenes.

 

Escribo en esta noche.

 

En la intimidad de un  Buenos Aires hundido en el silencio.

 

Buenos Aires, mi ciudad, extrañamente hueca, exiliada  de sí misma.

 

Y a ese mismo exilio  parto yo, mi cuerpo se  dispara hacia zonas virtuales.  Me dejo llevar por él, no puedo parar, silencio mi música, y presto mis acordes a la melodía chirriante de lo igualitario.

 

Formo parte ahora del gran cuerpo social.

Soy un punto apenas, un rasgo.

 

Abandono mi nombre, me quedo con su huella, atrapada en esa forma mortuoria, sin relieves, que veo duplicarse en la pantalla, y que me representa.

 

Desde mi radical ajenidad,  intento hacer mía su fijeza.

 

Para seguir estando adentro, perteneciendo.

 

Me traiciono.

 

Ámbito privado, ámbito público.

Paisajes iluministas.

 

Hoy, pienso, nadie puede enfermarse y padecer su enfermedad como se padece un amor.

 

La medicina: su lugar es lo exterior del acontecimiento.

 

La abstracción de la estadística: un puñal que separa, fragmenta, rompe la totalidad de lo vivo.

El filo de los números se  clava en el organismo social.

Objetivada, re-creada al por mayor.

Desgarradamente fuera de mí: eso soy yo.

 

La enfermedad deja de ser un don, un viaje hacia mi integridad.

Ya no es camino, proceso vital.

Es ruptura de lo singular.

 

Me queda la pasividad, defenderme limitando mis gestos, acortando mis pasos, vigilando.

 

Renuncio a las  palabras verdaderas, y pongo en jaque al deseo.

 

Agresiva multiplicación de lo mismo. La revolución del virus.

Parasitaria.

 

La enfermedad viene de afuera, dicen que de algún lugar de Oriente.  Y por su condición, se reproduce como un objeto fabril, de consumo.

 

La misma consonancia en los mismos cuerpos repetidos: el Cuerpo de la pandemia.

 

Me reduzco, pierdo mis marcas.

 

Detenida entre lo que otros saben de mí y las cuatro paredes de mi casa.

Rodeada de verde, pero los autos cerca. Y el cielo azul, de un brillo incandescente.

Nunca, me dice alguien con ansiedad, se vio un cielo tan límpido, tan puro.

Los labios modulan, asustados, debajo del tapaboca.

 

Las glorias del aislamiento: el mundo se recupera, el hombre, depredador incurable, confinado.

Por un tiempo, dicen, nadie podrá hacerle daño al planeta.

Y después…

Pienso en otra cosa, no escucho a los  profetas del aire puro.

La naturaleza no es mi religión.

 

Mis amigos se aventuran: la sociedad va a ser otra después de la pandemia.

Mejores: conectados, unos con otros, lazos amorosos, empatía ilustrada, igualados por la enfermedad.

Y yo protesto:

¿Quién dice que cada sujeto podrá asimilar la catástrofe y hacerla suya?

¿Acaso, como afirma Pierre Chaunu, la memoria no es una máquina de olvidar?

 

Estar vivo es hacer de cada experiencia una experiencia vital.

Pero ¿estamos todos vivos?

Las calles están llenas de zombies, escribió  Luis Thonis.

 

El miedo que automatiza: hoy más que nunca.

Y los que no: hacerse un nudo, y querer desaparecer.

Un forma de resistencia.

 

Porque no entiendo nada.

 

El mundo zoom me enlaza a otras formas: discontinuas, rotas.

 

La pantalla es un espejo que se traga mi veracidad.

Llevo mi mano a la frente, observo. Mi cara es una planicie quieta, cada gesto se plasma en la pantalla  varios segundos después de ocurrido.

¿Puedo decir que esa otra mano que se levanta después de la mía me pertenece?

Si veo el mar, la ola reventará en la arena cuando todavía en la pantalla no alcance a levantarse por sobre el horizonte.

 

Los sentidos fuera de lugar, fuera de tiempo.

Mi tiempo.

 

Me miro, trato de no mirarme, me repito: esa no soy yo.

Desincronizada.

Una intensa y mortífera fascinación.

 

Cada mañana, falsa  identidad: mis palabras, pura ficción.

 

La pulsación del corazón se desencarna, el alma vuela, como los pájaros, lejos de la cuadratura ideal de la pantalla.

 

Realidad virtual:

Sin olor a hoja marchita, a rosa decadente y explosiva, a otoño.

 

Estoy a salvo.

Mi contacto es ascético, me enlazo a los otros, pero es un como si me enlazara, el aire que respiro es mezquino.

Viciado de mí.

 

Ya no me es posible enlazarme a los otros a través del aire compartido.

Recluida en la soledad de mi escritorio.

No contaminada.

 

Sin mi cuerpo, muero.

 

Respiración autista,  y las manos siempre limpias.

Y mi entrega: cuerpo- objeto- imposible- de la medicina.

Se analiza, se mide, se controla, se manipula.

Como si se supiera.

 

Los corazones se inflaman con las estadísticas, los infectados, los muertos,  detalles minuciosos de rituales autogenerados, sin pasado.

 

La igualdad, hoy, es agonizar solo, en un cuarto de hospital, sin que nadie se te acerque, como a un leproso.

 

El pánico me confiscó el cuerpo. Ahora,  es el de todos,  cuerpo sin épica: células, pulmones, sistema inmune, conexiones nerviosas y una interminable lista de huesos, músculos y arterias.

 

Y de nuevo el dualismo, la división, esa fractura.

 

Devorada por la pandemia: ola enorme y poderosa que se levanta y arrasa las diferencias, la singularidad, el deseo.

Inmovilidad pétrea del cuerpo que no es mío.

 

Estamos advertidos.

Temperatura: 39 grados, y directo al hospital.

Dolor de cabeza, inflamación de garganta, pérdida de olfato, cansancio, los ojos inflamados.

 

Sin nombre, sin apellido, pertenezco a la estirpe de los glaciares, los acantilados rugosos y repetidos, el mar que sueña.

 

Ciertas características, mido mi legalidad.

Por fuera de ella, la reclusión hospitalaria, la lucha por sobrevivir.

 

Se dice qué esperar, qué riesgos permitirse, cómo habitarme sin perjudicar a la tribu.

 

Mi vida no me pertenece, no es en mí: se debe, ahora, al bien común.

 

Me queda la escritura, y el cuerpo que resurge, verdadero,  de mi mano.

El dolor de la división impuesta se resuelve en la palabra escrita.

Me hago una en la escritura.

 

Alivio del paisaje vacío en donde reposar la cabeza, me hundo en lo por venir, arraigada en los caminos del pasado que se abren, nuevos, sólo para mí.

 

Escribo, me escribo, en el silencio de la ciudad que se desploma, agotada,  en brazos de la noche.

 

Sofía González Bonorino, 2020