Maurice G. Dantec: La Francia que amo está muerta / Conversación con Élisabeth Lévy

 

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Élisabeth Lévy: Viene usted de publicar un texto en la revista Cancer cuyo título (“Todo de vuelta una vez más”) ya anuncia su enojo, por no decir su vergüenza. ¿Qué le ha hecho este país, su país?

 

Maurice G. Dantec: De alguna manera, vi a Francia en plena acción desde que estaba en el vientre de mi madre. Mis padres, que eran comunistas, se volvieron disidentes políticos después de la invasión de Praga. Mi padre fue teniente de los Francotiradores y Partisanos a los 17 años, y después de la guerra asistió a la Escuela de Periodismo del partido. Si bien lo apartaron de la Asamblea Nacional, pudo ver de qué se trataba la Cuarta República: Mitterrand ordenando la represión en Argelia, Ramadier habilitando disparos en los paros de 1947. Me habló también —aunque con un humor desesperado— de los que resistieron hasta el último minuto, de toda la bufonería de la liberación. Después fui yo mismo quien vivió (o sufrió) el mitterrandismo, ese momento en el que todos los viejos situacionistas devinieron ministros. En fin, estuvo también la guerra en la ex Yugoslavia. Cuando volví de Bosnia, casi que ya había enterrado a Francia en mi cabeza, y Kosovo fue la gota que rebalsó el vaso: después de años de masacres, la sedicente comunidad internacional se despierta y monta una intervención a través de la OTAN. Incluso Philippe Muray (con quien comparto los análisis que hizo en El Imperio del Bien) se indignó.

 

L.: ¡Pero estamos en pleno Imperio del Bien! ¿O no se pelean también contra el Mal los americanos?

 

D.: Que los propagandistas americanos digan que pelean por el Bien no tiene nada de revolucionario. Carlomagno también peleó por el Bien. Sólo que, después de esa horrible guerra que fue Vietnam, toda intervención occidental se volvió ilegítima, injustificada y escandalosa para cualquier consideración moral (a menos, claro, que se trate de una intervención humanitaria).

 

L.: ¿No le parece problemático que Estados Unidos no tolere la menor diferencia de sus aliados?

 

D.: Pero es que esa no es la cuestión. Francia tiene un gran problema con George W. Bush porque es cristiano. ¡Y no hay nada más inconcebible que un cristiano reivindicado para un francés ateo, republicano y deicida! Ahora bien, Bush no representa la América neoliberal. Representa, más bien, la América profunda, la de los trabajadores, la del presbiterianismo, la América cristiana. Y eso, visto desde acá, es fascistoide, lo cual a mí me parece sospechoso. Observe bien que los países que han apoyado a los Estados Unidos son aquellos donde la religión todavía es respetada. No es un azar.

 

L.: Usted, que es sensible a las cuestiones históricas, debería encontrar sospechosa la intención americana de “remodelar” el mundo.

 

D.: Al contrario. Es, precisamente, el regreso de la Historia. Estábamos en la era del ocio y las distracciones, de la no intervención, del espectáculo de los genocidas… Pero se terminó. Y por un buen centenar de años. ¡Los americanos volvieron a hacer la política!

 

L.: ¿Y los pueblos? ¿Su historia? ¿Sus creencias?

 

D.: Si queremos volver a darle voz a los pueblos y a las naciones, entonces tendremos que tomar el riesgo que implica la Historia, es decir, el riesgo del conflicto. La postura moralizante de Chirac es la de la no política. Hoy en día no existe pueblo iraquí; si no, lo escucharíamos. Para los americanos, la recodificación de Medio Oriente sea tal vez la única manera de reconstruir naciones con las cuales dialogar, aun si este diálogo comienza por la guerra. Por su parte, a nosotros estos pueblos nos odiarán, ya que siempre odiamos a los que no hacen nada. Escúcheme, hace treinta años que Irak lanza sobre su pueblo químicos cedidos por nuestros amigos teutones con la ayuda de los Mirage franceses…

 

L.: Pero también con la ayuda de nuestros amigos americanos…

 

D.: Tiene usted razón. Aunque, a decir verdad, después de veinte años queda claro que los principales aliados de Irak son Francia, Rusia y Alemania. Durante la guerra entre Irán e Irak, me enervé con la blandura de la izquierda. Era favorable a Irak porque es un país árabe laico. Por el sólo hecho de tener fe, los islamistas —a los que puedo considerar como adversarios teológicos y políticos— asustan a Francia. La fe se ha vuelto simplemente incomprensible para nosotros.

 

L.: La posición de Francia es que esta guerra no es necesaria para desarmar a Irak.

 

D.: Me hace usted morir de la risa… ¡Claro, para desarmar un dictador alcanza con hablarle amablemente o con enviarle un libro de poesía de Dominique de Villepin!

 

L.: Reconoce al menos que Francia defiende su posición con coraje, ¿no?

 

D.: Es como si usted me dijese que el mariscal Pétain tuvo pelotas porque defendió la colaboración. Por otro lado, puede ser… Creo que también los colaboracionistas tenían un par de huevos. Pero todo esto huele mal. Está a la vista que Chirac quiere su Nobel y que Villepin quiere pasar por el Lamartine del siglo XXI. Y más allá de Chirac, la ridícula unión sagrada —de Nick Mamère a Jean-Marie Le Pen, de Chevènement a los anarco-trotskistas— traduce el viejo problema psicológico que Francia tiene con los americanos. Francia murió en 1940 y el viejo antiamericanismo que es el fondo de comercio de la ideología francesa resurgió.

 

L.: ¡Habla usted como Bernard-Henri Lévy! ¿Por qué Francia estaría mejor representada por Pétain que por De Gaulle?

 

D.: Si Bernard-Henri Lévy dice lo mismo que yo (y con la misma violencia), me le uniré sin dudas. Dígame, ¿cuántos gaullistas había en las playas de Normandía cuando De Gaulle desembarcó?

 

L.: ¿Y cuántos petanistas, según usted?

 

D.: Sin dudas los mismos, pero estaban en el poder. Y justamente Francia se trata de eso: es petanista cuando Pétain está en el poder, gaullista cuando está De Gaulle, mitterrandista cuando está Mitterrand, y hoy es chiraquista. Mi violencia es un amor decepcionado. Amo Francia, admiro profundamente lo que hizo cuando era una gran nación, e incluso cuando era una gran cultura que dominaba Europa. Detesto aquello en lo que se ha convertido. Mi Francia es Péguy, Ernest Hello, Saint Louis: no tiene nada que ver con la de Bernard-Henri Lévy. Por eso, cuando veo a Chirac en la televisión me produce un disgusto total.

 

L.: Curiosamente, su punto de vista sobre Francia es el de todos aquellos que acusan constantemente a los franceses de ser torturadores de argelinos, votantes de Le Pen, adeptos de Pétain.

 

D.: No niego mis contradicciones. Es cierto que me reí bastante con la unión sagrada que pergeñó cierta intelligentsia en abril de 2002. No trato a los franceses de racistas o de lepenistas. No soy lepenista, pero sí soy parte de una minoría de franceses: el 10% o 15% que, a pesar de la propaganda ecolonazi, sigue esperando en silencio la sacudida política del Viejo Mundo.

 

L.: Tal vez los franceses quieran reconciliarse con la vocación de Francia a oponerse a la monarquía universal.

 

D.: Hace tres años me tatué el símbolo de la OTAN en el hombro izquierdo, y creo que cuando vuelva a Canadá voy a tatuarme sobre el derecho un globo crucífero. La monarquía universal no me genera ningún conflicto si está al servicio de Cristo. Dejamos a nuestros hermanos europeos bajo el yugo durante cincuenta años. ¿Qué es lo que hicimos en Hungría, Polonia, Checoslovaquia, Afganistán? ¡Qué clavo! No tengo nada contra esa Francia que, durante quince siglos, defendió la monarquía universal y fue la hija mayor de la Iglesia. Pero está muerta, definitivamente enterrada por el pequeño padre Combes, que fue seminarista como Stalin…

 

L.: ¿No le produce ninguna inquietud el hecho de que la guerra americana sea vista como una guerra contra el Islam?

 

D.: En Estados Unidos todas las religiones tienen derecho de ciudadanía. A propósito, muchísimos musulmanes árabes han dejado sus países de mierda para instalarse en Estados Unidos y vivir su fe en libertad. Incluso la América cristiana de Bush es más capaz de entablar un diálogo con los musulmanes que Francia, este país ateo que se dice democrático al mismo tiempo que les toma el pelo a los árabes y a los musulmanes.

 

L.: Tenemos derecho a pensar que la libertad es una conquista de los pueblos y que nadie más puede dársela. ¡Y menos con el ruido de los cañones!

 

D.: La guerra es el caos, lo imprevisible. Y tal vez sea un riesgo que haya que tomar. Cuando leo en la prensa francesa que los americanos vinieron a liberarnos para vendernos chewing gums, ruego porque algunos “efectos colaterales” destrocen unas cuantas redacciones parisinas.

 

L.: Si nos dejamos llevar por cierta prensa americana, Francia es casi un país nazi cuya pasión nacional es matar judíos…

 

D.: Esta secreta pasión nacional no se puede revelar hoy como se hacía en la época de Darquier de Pellepoix. Somos muy flojos… Dejamos que los kamikazes wahabistas hagan nuestro trabajo mientras nosotros leemos a Thierry Meyssan en nuestro loft.

 

L.: Entonces, en el fondo, ¿la hegemonía no le genera problemas?

 

D.: No, en sí, no me genera problemas. La hegemonía del Imperio Romano condujo a la prosperidad de decenas de pueblos del Mediterráneo durante dos o tres siglos. La Francia que amo, la carolingia o la capetiana, es hegemónica.

 

 

Élisabeth Lévy / Entrevista realizada por  para Le Point y publicada en marzo del 2003.

Traducción: Nicolás Caresano, 2020