Máximas y reflexiones / Cardenal de Retz

 

El Cardenal de Retz fue el autor de unas Memorias que provocan adicción. Nadie como él para contarnos en su prosa cantada los infinitos recovecos de la ilusión del alma, del alma cortesana y de los recursos del relato del poder. Todo incauto debería leerlas como un manual para la guerra cotidiana del lenguaje. Después puede volver a sus ilusiones o no dejarse convencer nunca más. La corte y los príncipes no desaparecieron, cambiaron de ropa. Retz les dio vuelta el traje al cortesano y a su esclavo, el príncipe. Escribió desde la herida del fracaso. Y contra toda la retórica del fracaso. Se fracasa a secas, y hay herida.  El cardenal «dejó en la historia el recuerdo de un agitador y sus Memorias pasan por ser un breviario.», dice su gran biógrafa y lectora Simone Bertière. Ella agrupó en un libro Máximas y reflexiones. De ahí traducimos esta breve selección.

H.S.

 

cardenal de retz

 

 

La falsa gloria y la falsa modestia son los dos escollos que la mayoría de aquellos que han escrito su propia vida no han podido evitar.

 

 

No recurriría a estos grandes nombres (César y Jacques-Auguste de Thou) acerca de un tema que me interesa, si la sinceridad no fuera una virtud en  la cual se permite e incluso se ordena igualarse a los héroes.

 

 

¿Quién puede entonces escribir la verdad sino aquellos que la han percibido? Y el presidente de Thou tuvo razón cuando dijo que las únicas historias verdaderas son aquellas que han sido escritas por los hombres que fueron lo bastante sinceros para hablar verdaderamente de ellos mismos.

 

 

La mayor parte de los hombres del común que razonan sobre las acciones de aquellos que están en los grandes puestos son como poco incautos presuntuosos.

 

 

No es extraño que los historiadores que tratan materias en  las cuales no han entrado por ellos mismos se extravíen tan a menudo, ya que incluso aquellos que están cerca de ellas no pueden impedir, en una infinidad de ocasiones, tomar como realidades apariencias a veces falsas en todas sus circunstancias.

 

 

Hay tantas diferencias entre un relato que se hace sobre memorias, por más buenos que sean y una narración de hechos vistos por uno mismo, como las hay entre un retrato en el que solo se trabaja a partir de habladurías, y una copia que se hace a partir de los originales.

 

 

Las faltas capitales hacen, a causa de consecuencias casi inevitables, que lo que parece y es en efecto lo más extraño y lo más extravagante sea posible.

 

 

Los ejemplos del pasado tocan sin ninguna duda más a los hombres que los ejemplos de su propio siglo. Nos acostumbramos a todo lo que vemos; y ya se lo dije alguna vez, no sé si el consulado del caballo de Calígula nos habría sorprendido tanto como lo imaginamos.

 

 

[Hay una] clase de gente cuya opinión establece siempre, con el tiempo, la reputación pública. Son aquellos (…) que solo quieren el bien del Estado. Esta clase de gente nada puede en el inicio de los disturbios; solo puede todo cuando ellos terminan.

 

 

El acontecimiento […] nunca deja de inclinar a favor de la autoridad real todos los desórdenes que suceden, incluidos los últimos excesos.

 

 

No hay nada más enojoso que ser el ministro de un príncipe del que no se es el favorito, porque solo el favor da el poder acerca de los detalles ínfimos de una casa, de la que no se deja de ser responsable ante el público, cuando todo el mundo ve que uno tiene ese poder sobre cosas mucho más considerables que la servidumbre.

 

 

Ante el príncipe es tan peligroso y casi tan criminal poder el bien como querer el mal.

 

 

La gente que es naturalmente débil en la corte nunca puede impedirse creer todo el trabajo que la corte se toma para que ellos sigan creyendo. Lo observé mil y mil veces, y cuando no son incautos, la culpa es del ministro.

 

 

Los cortesanos más hábiles pueden llegar a ser grandes incautos, cuando se apoyan demasiado sobre sus conjeturas.

 

 

Los cortesanos siempre se dejan engañar por las aclamaciones del pueblo, sin tener en cuenta que se hacen de manera casi igual  para todos aquellos para quienes  se hacen.

 

 

Es imposible que la corte se haga una idea acerca de lo público. La adulación, que es su peste, la infecta siempre hasta el punto en que le causa un delirio incurable al respecto.

 

 

La adulación y la servidumbre de las cortes hacen que ellas nunca crean que le deben a los milagros algo de aquello que las favorece.

 

 

Es menos imprudente actuar como amo que no hablar como sujeto.

 

 

Nunca le está permitido a un inferior igualarse en palabra a aquel a quien le debe respeto, aunque se le iguale en la acción; y también le es poco permitido a un eclesiástico confesar que está armado, aún cuando lo esté. Hay cuestiones sobre las cuales el mundo siempre quiere ser engañado. Las ocasiones justifican muy a menudo, con respecto a la reputación pública, a los hombres por lo que hacen contra su profesión: nunca vi al respecto que se los justifique por lo que dicen que sea contrario a ella.

 

 

Es una desdicha estar en tiempos donde un hombre de bien está obligado, incluso por su deber, a faltarle el respeto a su maestro.

 

 

Uno de los peores apuros en que uno se puede encontrar al lado de un príncipe es que a menudo se está obligado, por la  consideración del propio servicio, a darle consejos de los cuales no se le puede decir la verdadera razón.

 

 

 

Había hecho dos reflexiones; una, que no le sienta nada bien a un ministro decir tonterías y menos hacerlas; y la otra, que los consejos que uno les da se ven como crímenes cada vez que no son de su agrado.

 

 

No se puede jugar con aquellos que detentan la autoridad real. Por más defectos que tengan, nunca son lo bastante débiles como para no merecer o que se los trate bien, o que se los pierda.

 

 

Incluso lo que es despreciable no siempre se debe despreciar.

 

 

[Es] más difícil de lo que se [cree] disimular ante aquellos a   quienes se desprecia.

 

 

No hay nada más torpe que hacer creer que uno es capaz de cosas cuyos ejemplos se deben temer.

 

 

No siempre es una maniobra segura rehusar favores de alguien más  fuerte que uno.

 

 

Siempre es conveniente tomar todas las salidas que el honor permite para poner fin a los asuntos que uno tiene con la corte.

 

 

Richelieu.

Todos sus vicios fueron aquellos que la gran fortuna vuelve fácilmente ilustres, porque fueron vicios que no pueden tener por instrumento más que grandes virtudes.

 

 

Condé.

Los héroes tienen sus defectos; el del Señor Príncipe es no tener  suficiente constancia en uno de los más bellos espíritus del mundo […] En primer lugar, habiendo visto todo de manera igual, no sintió todo de manera igual. La gloria de restaurador de lo público fue su primera idea; la de custodio de la autoridad real fue la segunda. Ahí tiene usted el carácter de todos aquellos que tienen en el espíritu el defecto que le señalé anteriormente. Aunque llegan a ver muy bien los inconvenientes y las ventajas de los dos partidos entre los cuales oscilan para tomar sus resoluciones, resoluciones que incluso ven en conjunto, no las evalúan en conjunto. Así, lo que hoy que les parece más ligero mañana les parece una carga.

 

 

Soissons.

El Señor Conde tenía toda la audacia de corazón a la que comúnmente llamamos valor, hasta el punto más alto que un hombre lo pueda tener; y él no tenía, incluso en el grado más común, la audacia de espíritu, esa a la que llamamos resolución. La primera es común e incluso vulgar; la segunda es incluso más escasa de lo que uno pueda imaginar: sin embargo la segunda es más necesaria que la otra para las grandes acciones; ¿y hay una acción más grande en el mundo que la conducción de un partido? La de un ejército tiene, sin duda, menos resortes, la de un Estado tiene muchos más; pero los resortes en estos dos casos, aproximadamente, no son ni tan frágiles, ni tan delicados. Finalmente estoy persuadido de que hacen falta grandes cualidades para ser tanto un buen jefe de partido como un buen emperador del universo; y que en el rango de las cualidades que lo componen, la resolución va de la mano con el buen juicio: digo con el juicio heroico, cuyo principal uso es distinguir lo extraordinario de lo imposible. El Señor Conde no tenía ni un gramo de esta clase de juicio, que solo se encuentra de manera escasa en un gran espíritu, pero que únicamente se halla siempre en un gran espíritu. El suyo era mediocre, y susceptible, por consiguiente, de las desconfianzas más injustas, que es de todos los caracteres aquel que es el más opuesto a un buen jefe de partido, cuya cualidad más frecuente y más indispensablemente practicable es suprimir en muchas ocasiones y ocultar en todas las sospechas, incluso las más legítimas.

 

 

Con la gran cualidad y los grandes designios, nunca se logra estima; cuando no se los sostiene, no se logra mucha estima; de eso está hecho lo mediocre.

 

 

La malignidad de las almas vulgares no siempre es lo bastante fuerte para impedir la credibilidad que se debe otorgar, en muchos encuentros, a las extraordinarias.

 

 

No hay nada más loable que la generosidad, pero no hay nada en lo que se deba exagerar menos.

 

 

Disminuir la envidia […] es el más grande de todos los secretos.

 

 

Toda mi vida estimé a los hombres más por lo que no hacían en ciertas ocasiones que por todo lo que hubiesen podido hacer.

 

 

La gente que hace [un misterio] de todo, lo ven por todas partes.

 

 

Lo falso engaña a veces, pero no engaña durante mucho tiempo, cuando es descubierto por gente experimentada.

 

 

Con frecuencia se es más incauto por la vía de la desconfianza que por la de la confianza.

 

 

Él hablaba sinceramente: su intención hacia mí era buena. No respondí como debía, y esta falta no es de las menores que cometí durante mi vida.

 

 

Las mentes estrechas nunca consideran natural nada de lo que el artificio puede producir.

 

 

La sinceridad […] siempre es tan inútil como odiosa, todas las veces que se recurre a ella se hace únicamente porque no se tuvo éxito en el artificio.

 

 

Los hombres no son los amos de la vida de los hombres.

 

 

Solo hay maneras en la mayoría de las cosas del mundo.

 

 

El mundo quiere ser engañado.

 

 

Al Señor cardenal de Richelieu le gustaba la burla, pero no la podía tolerar; y todas las personas de este humor siempre lo tienen muy agrio.

 

 

El clero, que siempre da el ejemplo de la servidumbre, se la predicaba a los otros con el título de obediencia.

 

 

Los efectos de la debilidad son inconcebibles, y sostengo que son más prodigiosos que los de las pasiones más violentas.

 

 

Era débil […] y la gente con ese carácter nunca distingue lo suficiente entre lo que quiere y lo que querría.

 

 

Traducción: Hugo Savino