Elia (VI)/ Hugo Savino

Gloria anota. Se anota para seguirse en su alejamiento, confirmarlo, no perderse, que su anonimato la incluya.

Y seguir y exponerse al riesgo de ser improbable, escucharse las ínfimas e insistentes resacas de creencia. De los intereses que se cuelan por las goteras de la comprensión, buscarse por el futuro del pasado. Por todos los rincones para que no la encuentren.

Noche limpia de la luz azul después de la granizada y cogote largo y estirado de Gloria que mira desde la barra.

Un día nos juntamos, así, no se sabe cómo, puentes, ensoñaciones de origen perdido, frases, rasgos, trenes, algún libro que uno llevaba en el sobaco, detalles, maneras de estar en una mesa, cierta tendencia al secreto, todos a desconfianza de la confidencia. No es inútil cerrar la boca. Un asomo de violencia hay siempre en el bocón. Parece escrito mil veces. Cuento corto sentimental. Pero no. Acá es un hecho. Lo idéntico depende de la mano que lo escribe.

El gritón pueril no es bienvenido. 

Los que no trabajan le dan consejos de trabajo. Los que   escriben le miden lo que escribe. Los que no escriben, los mejores, a veces leen, más que los que escriben, a veces ni saben que existe. Otra vez, los mejores, los menos canas.

Sigue la luz azul desde la ventana del café. Amagos de gris rojizo contra el cielo. Toques, toques revoloteadores. De cantos.

Anotación Gloria: Hoy: nada de amigos. Ninguna obligación social. «Nada de alcohol» no necesito recordármelo. Solo agua. Puntas de codicia, archivadas por dos días. Achicar el teatro de la pasión. Está ahí en el umbral. No asesinar a nadie en las notas de hoy. En un rato tren a Wilde. Insistir una vez por semana en lista de preceptos.      

Celia recurre. Recurre tapadito a la presencia esquinera y remota.

Los descarriados porteños de esa esquina precisa, no otra, esa, son tipos re-metidos en la ensoñación – no hay mundo que les venga bien. Un descarriado no es necesariamente un clochard, pero un clochard es necesariamente un descarriado. Hay cameleo de sabiduría, y yo no gano lo suficiente como para zafar. ¿Zafar de qué? Malditos  razonamientos de la incoherencia. Malditos tres veces.  Escribo descripciones pobres, escasas, famélicas, pero con el oído. Anoto y de repente corto la frase. Punto. Odio el punto y coma. A veces el mediodía del Puente olía a ajo. Adoro el ajo. Y me da miedo el odio de los otros. Percibo el odio de ese ex ex amigo y me grito para no anclarme en esa  cara tacaña, esa cara de una tarde gris y decisiva. Dos sordumudos cultivando sentimentalismo. No respondí ni desde adentro ni desde afuera. Solo pensé en volver a mi aguantadero. Lectura y soledad. Lectura secreta y comentada en el cuaderno. Luis Cardoso mira ese anotar o lo imagina o lo intriga. Y acá no habrá suicidio. No habrá botellazos conventilleros. Gloria tiene mucho planchado atrasado. Vive en esas notas asesinas y no suelta. El asesinato estrictamente hecho no pasa por la confidencia, queda claro. Pasa por el anotar. Gloria y su aflicción clara e incontable. Vagabunda bien vestida. Hoy única voz que sonará a la noche, en el patio.    

Un día las miradas se centraron en algún genio primitivo, lo trajeron al centro. Tenía un stock de modelos restringidos y era un iletrado raro. Manijero. Sufría de esa angustia de los que creen que llaman la atención. Y entonces se puso a escribir en la dirección que le reclamaba la vanguardia, procedimientos achicados que incluían, bajo el mantel de  plástico de la irreverencia, el respeto y la condescendencia. Su blanco era Elia. Que cada tanto despertaba esos manotazos de burlas y calumnias. Esas furias.  Esa negativa de círculo, esa arrogancia Elia de tipo nacido más abajo de la clase obrera, esa insistencia en tomar agua y comer fideos con aceite, esa perfección en su papel de mártir argentino, pero la irritación viene de su manía de leer en serio. El genio primitivo chapoteaba en lo escaso de la burla, de sus lecturas a medias, de manual, su miedo a los profesores, como sarmientino futuro tenía una idea aproximada de todo.   

¿Gloria querida Gloria dónde estás?

Gloria sabía. Ese espacio de lo secretísimo era lo que más irritaba en Gloria, imposible convertirla a una causa.

Cortar los puentes es de a poco, es sacarse de encima lo cultural de la sociedad de fomento que se rearma ni bien salís a la calle. Hay secuaz posible, hay desertores. Solo que hay que abandonar ese tono idiota de iniciado. El iniciado, ese aburrido que tiene la clave. 

Luz de velador.

Banderola.

Y no cedo a las reglas que impone el gritón de la teoría, alcahuete de manifiestos que dicen cómo debe ser.

Pepe e´Moco era un profeta empírico. Reacio al papel de filósofo de barrio, reacio a la mitología del errante aunque era un alma errante.

Gloria sabía y tenía el arte del chuzeo. Detectaba las tortuosas mentiras o el descarrío de intenciones de la bruja cazadora de la deserción. Gloria entraba, a las ocho de la tarde, todos los días,  en el eremítico refugio de la mesa del encuentro.  Las tazas de café de la soledad estaban servidas. Gloria la vio entrar, tapadito azul, ojos llorosos, o húmedos, desamparada de novela italiana, no la del realismo, no, la de la novela enredada, hebilla de baquelita en el medio del pelo, la vio varias veces por Palaá al fondo, esquina 9 de Julio, pasando Alsina, alma extraviada a la que nadie llamó. Gloria le escuchaba la pobreza en ese tapadito azul gastado. Bueno, era su apariencia se dijo Gloria, y dejó de novelar pobreza. Esa ganga del filisteo. Tampoco le gustaban los tipos que prometen lo mejor a las mujeres, los tipos a los que las madres prepararon orgullosas para que sean asediados. Más novela: la imaginaba en las garras de un fiolo. De ojos llorosos a ojos requetesecos, de grito a resignación. Lastimada. Pelo de estopa. Pero con el valor de sentarse en una mesa del Café Maipú. En un rincón, pero ahí, ojos que miden una conversación. Gloria la ve secuaz que no participa de confesiones de señoras.  

Celia es el nombre para la del tapadito azul. La vio también tres veces en Maipú y Avda. Mitre. Parada en la esquina y mirando hacia el puente. La re-miró de costado. Pero en verano, camisa planchada sin zurcidos, sin agujeros en los codos, ningún siete en la  pollera comprada en la Beige. Canción de la joven pobre que tuvo la suerte de caer acá. En este ovillo. Diría un novelista.

Y supo, Gloria supo en el acto que Celia es de las que pide novela o cuadro, brazos de planchadora, para morderlos, labios de la tentación, pollera y medias y guillerminas negras de evangelista de las siete de la tarde. Reverberación de la tentación y del abismo, de lo taciturno y de la calentura, en esa mesa del rincón, del otro lado. Zarpazo de ojos en la pelambre cayente. Todo a la mirada de Gloria. Lirismo de la materia.    

¿Hay lector? ¿Hay algo así? Hay miles de ensayos que dan vuelta y lo hacen tema. Todos mendigos de lector. 

¿Y Elia? Elia en el borde de la indignación mentirosa del rencor, fragmentadas quejas y mentiras del no incluido, ¿o desertor o incluido? ¿Elia perdido en sus farsas? ¿O desertor que corre al primer colectivo que pasa? ¿Elia que habla como si alguien lo codiciara? ¿El mendigo de reconocimiento ya no puede seguir absteniéndose del reconocimiento? Pelea contra las garras de la hipnosis, que vienen del fondo del tiempo, de las historias heroicas de la miseria. De vaho a vanidad hoy a la mañana hace confesión silenciosa.  

Falta para el bóreas. Hartazgo de calores. De rumores, de sordera. ¿A quién le habla? ¿Sabe con quién habla? Hartazgo de hablar al aire. Amigos ensimismados. Pánico del círculo de la soledad. Repentinas almas bellas de la no comprensión lo culpabilizan y lo arrinconan a resentimiento incorregible. Lola, como evocada, entra por una vereda de faroles municipales de luz amarilla desteñida emblema de la calle pobre.

Mira por la ventana el patio Lacámera. Patios desiguales de paredes teñidas y reteñidas. Gloria pone otro libro en la cartera, otro libro para hoy. Nada de lo santificado, nada.

Gloria llevaba años desconfiando de las mujeres sinceras, esas señoras todo corazón, rapiña del comentario, ayuda almas, esas que se arrodillan junto al limosnero y le hablan un poquito antes de soltar su moneda, todo ese cotorreo del amor, toda esa tendencia a hermanarse. Desde la llovizna de afuera entró al café, empujada por la brisa de verano en la hora azul de la esquina.

Toques porteños, toques provincianos, toques de traducciones, pero achicamiento de expansión si no hay notas. Hambre de lectura y comprobación de soledad. Todo al mismo tiempo. Notas de pajarraco desesperado. Elia, intenta el duro aprendizaje de quejarse en voz baja, nota interior de cuaderno.

No hay casa de Pipa e´Moco, hay cuarto en patio chorizo, pero no hay descripción, nadie conoce esa pieza. Tal vez Gloria, no se sabe. Hay un sostenido de soledad y de única búsqueda de secuaz. Hay pobreza auto-engendrada pero no hay reclamo ni limosnería. Pipa e´Moco vivía en cuarto desconsagrado y no había nada más que decir. Y Gloria educada en el olor a ropa, a ropa  de pobre. Chuza a las mujeres de tecito y confidencias. Pero como creería el realismo no fue eso lo que los unió a secuaces. No. Educación entre aparadores, entre taza de loza y más taza de loza, entre silla retapizada, y sillón más o menos entero, y cajas nidos de ropa y lanas. Casa soutine, mate frío, higuera y hormiguero. Ya conocía la manía de desadeudarse de un día para otro de los eternos prometidos amores de la amistad. Algo de la malicia de serpiente del chisme la aterraba. Se le pegaba al alma días y días. La dejaba melancólica en toda la gama. Durante años solo hubo amarillez de casa, de pieza, de cocina, de radio de sábado a la noche, amarillez de fantasmas vacíos del patio de la oscuridad, amarillez doméstica y cotidiana. Esa herida.

Nunca la vistieron con esas medias de campesina italiana hasta la rodilla, grises de expósita. No, eso solo lo vio en fotos.     

Y esa mañana sopló un viento que parecía salido del cuadro que Pirozzi iba a pintar un día. Se torcieron un poco las ramas, círculo de copa de árboles, son racimos de escarolas más que copas, verdes en el aire. Y una luz bermellosa salía del Café Maipú.

El re-principio de lo Olavarría y Patricios es lo que viene y reviene, son rebabas de recuerdo, hartantes de repetitivos, de insistentes, de quejosos, levíticamente organizadores de las manías y el resentimiento, lo lunático murmurado en el oído de Lola, que condesciende a ese embrollo de frases. Elia llora algún fracaso. Es que hay que nacer en Olavarría y Patricios y pretender un lugar.

Gloria lleva pegado al alma lo que lee – una de sus obsesiones son los soplones, el alcahuete, sabe salvar las distancias, pero su maestra la puso en guardia, le llenó la cabeza, nadie lee tres tomos y sale desmemoriado, no Gloria, por eso su cuaderno de notas o diario. Elia que también insiste en la manía de la anotación, lo llama  alternativamente de una u otra manera.

Gloria resistía cualquier reeducación. Siempre de paso,  extraña, Gloria, que no es de ninguna esquina. Pero detestación de la pereza y de la soledad cacareada.

Luis Cardoso la mira y, a veces, la ve perdida, y otras veces la mira y ella levanta las cejas y se lo lleva adentro de los ojos. Y apaga la luz y le murmura al oído. Y después se despierta en esa oscuridad gris semi matinal y sale despacio y va hasta el Puente y se acerca a la orilla del río y mira hacia Barracas.  

Gloria no era una mujer sin hombre y tampoco sufría de miedos sobre el fracaso o el éxito. No. Tampoco era modelo de ciertas novelas argentinas, no, No sé si tenía amigas. Sé que no tenía banda. Sola con intermitencias a Elia. A Pipa e´Moco. A la mesa del encuentro. Ninguna pretensión de objetividad. Solo recurrencias en las conversaciones, algo nuevo aparecía y más recurrencia.

Pipa e´Moco ronca en la cocina, duerme cabeza en la mesa. Se le van los días, o pasan, desde que nació,  y es un secreto que solo Gloria adivina. Nunca hizo noche de inventario. Es una soledad atada a la cuna. Estropajo sin salida a vendetta. Quieto y arrinconado. Mula empacada de la discreción. Al lado de la puerta del conventillo, pegado al portón del galpón Alpargatas, hay un cantero de pasto verde-amarillo, yuyos y ortigas. Está a la derecha mirando el timbre, ahí, abandonado. Es un cantero incumplido. Chapoteo en lo evaporado.

Inquilinato con timbre, inquilinato de perro a gato, inquilinato de la melancolía, vanidad de inquilinatos, cada uno cree que lleva la carga más pesada, inquilinato de la queja, y del teatro, inquilinatos de olor a ropa guardada, demasiado guardada, inquilinatos crónicos, heridos, molestos, gritones, e inquilinatos del amor, de las chirusas o de las Rosas o de las Glorias, las Teresas, las Martas, y nunca falta una María, todas bajo la bendición de San Jerónimo que dice que no hay criatura que no ame algo. Y también un hápax, lo dije, que va de inquilinato a traducción, el auto-encantamiento del ex-niño edmundo d´amicis empujado a cultura por lo limosnero social a ejemplo. Pero el inquilinato se duerme, mucha comedia, apaga los ojos resecos y los coches desaparecen de la calle mojada.

Gloria, la que no tiene objetivos. Gloria, libro en la cartera más cuaderno de notas. Gloria, siempre buscando en lo olvidado. ¿Qué busca? No su sombra, no cree en esa figura rasqueta de la poesía sublime. ¿Qué oye? Lo que anota y no anota. A veces la voz de Luis Cardoso en el oído. O a veces es pura adivinación. Están los que se acuestan tarde e inevitablemente se levantan tarde. Y está el lenguaje administrativo, esa amenaza que pasa primero por el café, lo toma, hojea el diario y sale, mira, observa la mesa del encuentro, a veces Gloria sola, a veces, Orlando solo, nunca Luis Cardoso a esa hora casi desierta de la mañana, nueve y media de terminar de baldear las veredas. Los pensadores ofuscados no pasaban por aquí. Gloria anotaba en esa tranquilidad de la mañana. Ahí, olvidada media hora en un rincón.  Todo flotaba casi en paraíso, todo  lejos del pecado, olor a creolina en las veredas, mozo de la mañana silenciosa, todos ángeles, hasta los que vivían del pecado, banda de inocentes por un rato, dispersos en la esquina de Pavón y Avda. Mitre. Gloria, hoy, anotaba la marca de su origen, su obsesión, y del otro lado de la ventana, ya aparecían los vecinos que venían repitiendo los mismos gestos desde hace cincuenta años. Herederos de  muecas y costumbres. Manías. Idilio de la mañana, sí, pero en Gloria siempre es mañana clandestina. No espera la noche gregaria, no le interesa, ni un pelo de tentación. Solo la leyó en el patio, ahí, en esos novelistas aprendió la soledad. Para Gloria solo el catecismo de los novelistas. Ninguna banda, ningún esposo, ningún jefe, tampoco maestro, ni rapiñeros de la franela. No. Ruido de fondo, a la noche tarde: el silencio. Hora de lirismo o de ajuste de cuentas. Afuera: luz de la calle entre gris perla y un azul pálido. Gloria apostaba a lo intratable, lo tratable no daba para mucho.

Y los olores –ya estaban en Viento del noroeste, la corporación estetizante y delicada de la poesía se puso crítica, y esquiva, pero los olores de la pobreza insisten, maníacos, vienen de lejos, papas fritas, pies sucios, ferias en la calle, ropa olorosa de la humedad, comida abandonada. Gloria no trataba con gente que le ponía cara de asco a las luces de los decorados banales. Gloria se auto-encantaba en el cuaderno, de cada línea hacía cuento de hadas. Y esperaba a Luis Cardoso culo en la silla, esperaba el rumor en el oído, mirada verde o azul de la pasión todavía  incumplida. 

Gloria: en la puerta del Café Maipú, mira una vez más al aire, hoy no quiere hacerse ningún teatro, ni que le hagan otro cuento de hadas, no necesita que la distraigan como a esa alemanota que se duerme y hay que llevarla a la Luna. No quiere nada. Hoy no.

Pipa e´Moco no quiso convertirse en filósofo con la edad, tres veces no, alejó a todos los alelados de la poesía que se arrimaban, pequeños vampiros chupasangre becados por las familias.

Gloria anotaba todo en sí mismo. Nada de cámara en mano. Ni guiones. Nada de cine. Anotación a secas.

Harta de los amigos que solo comen quimeras. De los mandatos. Anotar contra los amigos. Contra la ebriedad del poeta, esa tentación. Alma de vaguedades. Gloria, anomalía en ese barrio, lectora solitaria, lejos de las contorsiones de araña de las disciplinas. Patas de seda de las ideas generales que entran por la ventana de la noche de verano. Tampoco discusiones sobre linaje literario. La policía es inevitable. 

Las aburridas trampas de la pasión se le ven en la cara a Celia, víctima, en ese rincón perdido del café, tocada, transida, rellevada a la Luna y abandonada. No violada como en la historia de Louis Chevalier, no, dejada, una vez que se terminó el ruido melodioso del Hollywood Park.   

La del tapadito, Celia, sospechosa de un drama de placer. Y el viento hace más evidente el tiempo de lo que perdió, las madrugadas que perdió, el sol que estaba y no estaba, la mirada que la miraba y ya no la mira.

Fieles del Café Maipú, caravana inmóvil del medioevo. Afuera el palacio de todas las venganzas. Personas que no pueden juntar dos palabras para seguir una conversación, solo llevan la burla y el chisme pegados a la suela de los zapatos. Son mudos de interioridad y de clandestinidad y de silencio y discreción y de cerrar la boca, esa boca. Y leen para el mundo en general y se encierran en sus listas deprimentes de lo que va o no va. Prefiero el silencioso y arisco que no cuenta nada, ni siquiera en la cacareada ronda del mate.

Ah! no sabía que lo oral es solo lo que se escucha en la calle. No sabía. ¿Así que tengo que copiar eso que escucho? ¿Transcribirlo? ¿Caja de repetición de un plomo que habla?¿No puedo poner nada de lo mío? Ah! ¿Y si se me ocurre que mi oralidad es lo que quiero escribirme? ¿A quién  le tengo que pedir permiso? Poemas horribles de los poetas que leen traducciones horribles.

Y sobre todo la enervan los mandatos de escritura, palabra de mierda si las hay, y menos esos mandatos transidos de los iconoclastas llenos de Virtud, de virtudes teologales. Gloria anota contra la pereza. Contra el entusiasmo.

Elia insiste o llora, llora más bien, ¿llanto de llorón? y repite que está seco, Gloria sabe que la cabeza policíaca de un crítico o de un lector profesional dice que deje de anotar, de leer y sobre todo de leer esas Memorias malditas. Es la única verdad. Y ahí está Gloria, negándose al maestro, a dejar de leer, no quiere reinar Gloria, no quiere que le enseñen nada, cansina mañana de los charlatanes hoy ¿qué quiere Gloria?, ya escuchó La danza de los infieles, ya está sola, y la tiña sentada, ¿qué espera? la ronda de los chismes empiezan a la hora de la tarde, tecito de las señoras, en la Juliana de Mitre y 25 de Mayo.

Gloria será siempre sospechosa de educarse sola. Es que lee libros que hace que los otros se den cuenta de que están en la mierda, que solo leen el universal reportaje.

Nota de Gloria: Todo esto que escribo es como una canción que no sale del armario. Y es un prejuicio de algún provinciano eso de que  el tango da para cualquier cosa. No.  Todo lo que escucho en la cabeza tiene que ser anotado.

Gloria mira por la ventana. No vuela. Anota. Los pájaros sí vuelan afuera. Es el mundo en el que cayó. Incontable, no hay despobreza posible. Marca en el orillo. Días después más días después de la traición, hay un baile de los infieles – ya lo dije – en esa esquina precisa de los hijos de puta. Elia, todavía llorón, como dije, se pregunta si hay alguien. No Elia, no hay nadie para contar esto. Nadie que atienda ese reclamo llorón. Tampoco el no llorón. Nadie. Oh Elia, gallina perdida en los recuerdos de Sarandí, remasticados y redichos. Lola está harta. Todo llanto pide la inclusión.

Gloria dejaba el Café Maipú, Pipa e´Moco esperaba en la esquina y se iban por las calles desiertas de Avellaneda. Resplandores de luces que salían de las ventanas, pocas ventanas iluminadas a esa hora. La hora del mundo irreal, imperturbable, ese que Gloria amaba, el de su soledad, el de caminar con un pie en el cordón y otro en el asfalto, al lado de Pipa e´ Moco, intensidad de la irrealidad de alguna hora azul remota, la hora del auto-encantamiento.

Hay un cerrarse que no se debe explicar. No vale la pena. Solo hay que insistir en esa no-confesión. Y punto.  

La escena cambia. Y cambia todo el tiempo. Parece estancada, pero no, es vértigo de apariciones. Lola cruza el puente, remera azul desteñida, pollera gris, zapatos, no sé. Fue todo muy rápido. Parada en la punta de la mesa.

Evocación de todos los ríos que iba a leer, en ese río chuzo y aceitoso, que también merece un nombre. En esa esquina todos se gritan el nombre. Las migas de la mesa del rincón se las lleva el viento y Elia, con ojos de cordero degollado, la mira a Lola, la remira, la harta, la aburre. Nadie es dueño de las resolanas, esos lugares donde el viento no molesta, nadie. Y la única historia es lo que no tenés en el bolsillo, Elia. Lola es definitiva : o plata o queja. Tipo atrancado en la sequía. Sequía de una sola cara. ¿Hay otra? Y en su cabeza todos son traidores de noche y de día. Hay entonces una esquina de los traidores. Muchas esquinas y cadencia de quejas. ¿Hasta cuándo la cadencia de quejas Elia?  Flotar como un corcho. Y de repente a todos se les puso en la cabeza escribir con frases triviales. Cada tanto nace una preceptiva que viene de la fosa de los piojos. Y, pobre ratón, cantarás en el vacío. Y seguirás emperrado en jugar con mala espina, monaguillo de la derrota, Elia. Pero, hoy, dormir a pata suelta. Quizá haya olvido de despecho.

Gloria escribió tres palabras: cabello, comenzar y proclamar. Y las tachó. Puso pelo y empezar. Es la única nota del día.

Al otro día anotó tres nombres de personas que aparecieron así, andaban en el tiempo olvidado. Caras de la neblina. Única nota del otro día.

Gloria solo lleva un libro en la cartera. Siempre uno de los tres tomos. Se niega a escribir mandatos de poetas que nunca leyeron este libro. No se persigue. Solo no obedece. No es tan difícil de entender. Y sigue esa regla de oro, para leerlo mejor, leerlo sola. Siempre sola.

Hay una alucinación Gloria que aparece cuando sale del café. Sola o con Luis Cardoso. Segundos de alucinación. Irrupciones de alucinación. Gloria no dice mis palabras, esa falsedad o esa otra, mis frases. La maldita identidad gritona de la reivindicación. Más falsa que moneda de cobre.

Hay un escribir notas Gloria. En libretas de papel cuadriculado. ¿Diario o cuaderno de notas? Rascar en la falsedad interior. O esas fábulas rapiñosas de la vanidad. La palabra trizas la irrita. Restos, mucho más. ¿Qué puede hacer? Nació donde nació. Hay un patio de cada mañana en su cabeza. Se lo quieren redactar, ponerle comas, paisajearlo a árboles y sauces, algún río que puede leer pero no escribir, y no, es un patio de la mañana de los corralones.  Caballo percherón atado a carro para comprar en el Mercado de Abasto de Berutti y French. Harta de los poetas impecables. Que le quieren llevar la mano. Hay una anti-proclamación Gloria. Hay un detestar los escrúpulos de la moralina y de los juicios severos. Hay un detestar Gloria de la pose maníaca y enfática de los gritones. 

Horribles días de trabajo del pasado, hoy me despierto con ese recuerdo, fábrica, guardapolvo gris, refábrica cinco y media de la mañana, libro contable donde anoté entrada y salida del cacao, el café y el combustible, y ahora, la paciencia que tengo que tener con los becados por la familia o el estado, poetas, o novela de la poesía, o lirismos de las gestas de alguna revolución, o límites que me ponen estos ratones, qué puedo hacer, tipos que me dan reconsejos que van a consejos, toda una travesía del cómo debe ser mi orientación. Tengo que buscar refugio en otro lado. No los soporto. Me levanto, me voy a la ventana, me quedo en el balcón.

El Paso de Noroeste era una distancia de la infancia y un refugio persistente, de expresión geográfica a colección secreta de libros. La ensoñación, se sabe, reprofundiza y restituye la ensoñación.

Gloria y su libreta de tapas verde repollo donde anotaba su confrontación con el museo de ideas generales. Porteños y provincianos. Y el nombre de todos los traidores. Luis Cardoso tenía paciencia heredada. Se contenía. Y las pobres viejas de Avellaneda tomaban el té en el Café Maipú, solitarias y enclenques lo miraban al solitario, ya habían comprado en liquidación la lana para tejer. Están ausentes y asustadas y alguna evoca a una hija algo perdida, ese clásico de barrio, doloroso. La gente pasa. Hay una indiferencia climática casi. Esas viejas ya casi están a las puertas de ex-padres. Que es intensidad de ex-hijos. Gloria, del otro lado de la calle,  en su trabajo, sigue en la libreta. Notas asesinas en hora desértica de clientes. La literatura no es para gente que trabaja. Solo notas. Las señoras esqueléticas son la línea transmisora entre Luis Cardoso y ella. Gloria mira las grietas de la pared del café y las mira desde su mostrador, las mira conversar, las mira mirar a Luis Cardoso, las mira recordar otra existencia. Viejas agrietadas de la tarde de Avellaneda. De la luna atorranta que en unas horas llegará. Y entrará por la callecita arbolada que sale del puente. Pero faltan unas horas. Las apañoletadadas viejas siguen con sus fábulas del siglo diecinueve.

El cielo está cebrado de rojizo y anaranjado. Y nosotros en esta mesa, acosados por las hordas de la moda, de la corrección, de la pasión denunciadora. Elia lee una biografía de Rembrandt y escribe un artículo. No darle lecturas a la miseria traidora.

Celia, fabriquera, se compra una mesa por monedas y una lámpara de mesa. Teje bufandas y medias. Encapsula el tiempo, hace re-memoria de la soledad perdida 

Hugo Savino

Ph / Henri Cartier Bresson