Macedonio Fernandez, máximo de individuo, mínimo de Estado / Luis Thonis.

“Los privilegiados se habían dado cuenta desde hace bastante tiempo de que la base más segura para la oligarquía es el colectivismo”

George Orwell, 1984.

“No veo dilema forzozo en mi primera pregunta, pues el ‘determinismo económico’, el ‘ materalismo histórico’ ya cursaron su curso”.

Macedonio Fernádez, El disconformismo individualista( Gaceta del Foro, 1920)

Hay un Macedonio Fernández que por décadas silenciaron los ideólogos. Metafísica, política y estética son los aspectos más frecuentados en la obra de Macedonio Fernández. Menos se habla sobre su pensamiento sobre el Estado, omitido por la hermenéutica que rescribe la historia y la literatura, según el curso interminable de materialismo histórico en la mano. Macedonio escribe: “El Estado debe ser meramente el mínimo renunciado de libertad, porque el mayor bien psicológico y económico es la libertad, o porque el bien por coerción casi nunca compensa la degradación psicológica que la coerción inflige a la persona coercida y a la coerciente, la que se traduce en degradación de la persona económica de ambos, del hombre como creador de valores”

Con Borges tiene en común la exigencia liberal de un mínimo de Estado en lo político, pero en lo literario, la diferencia con él es ostensible entre el lugar del sujeto que enuncia y la actitud respecto de los géneros. Borges respeta estos de antemano e inventa desde ese punto de partida. Incluso cuando hay un cruce genérico, esa instancia va de la mano del juego de las simetrías invertidas que sostiene a sus narraciones- sea del traidor que es el héroe, sea del Judas que es Jesús- según una lógica precisa: dos elementos se revelan uno, el mismo que, por otra parte, no es. Para Borges se trataría finalmente en tanto que para Macedonio Fernández se llega al no ser a fuerza de querer ser en demasía: el zapallo que se vuelve cosmos o la manzana devuelta a su estatuto empírico, en tanto cosmos que no se puede ver ni nombrar. Todo esto redunda en posiciones distintas ante la guerra: la forma típica de combate en Borges es el duelo, unas de las primeras víctimas del abolicionismo, pero en cuanto a la guerra total, que se inicia desde la primera guerra mundial y las teorías de Ludendorff, todo cobra un aura wagneriana y se resuelve en una paz indiferenciada, la banalidad final que corona la épica más entusiasta se revela tautológica; en Macedonio, por el contrario, la guerra se vuelve el último recurso para sostener una forma de vida y de civilización y, en ese sentido, continúa a Sarmiento y Alberdi, quien escribió que sin la existencia de Inglaterra no hubiera habido libertad en el mundo. Ambos se sitúan de modo exterior e irónico a la Universidad que todavía no se había convertido en la madre de los nihilismos que apuntan a democratizar la nada y un descerebramiento que deriva en la religión negacionista, la forma actual que Macedonio anticipaba como maximalismo.

Macedonio en la década del veinte está en retirada y desigualdad de fuerzas ante los avances del nacionalismo y el socialismo, que tuvieron en Lugones a un creyente, tentaron al mismo Borges y terminaron en el golpe de 1930- a partir de lo cual los desastres institucionales se resuelven con la presencia cada vez más autoritaria y dirigista del Estado. El golpe fascista de 1943, omitido a menudo, fue decisivo en un cambio de paradigma. La Argentina a diferencia de Brasil que participó en la Segunda guerra mundial, pasó al eje nazifascita y hoy se sufren los efectos. Desde entonces vivir del comercio se convertirá en una empresa cada vez más difícil por obra y gracia del Estado Providencia que, según Macedonio, “comercia y ara, fija los precios de las mercaderías y salarios, arbitra huelgas como juez forzoso, legisla las ventanas y los muros, las velocidades y las tarifas, las diversiones, los vicios…”, amén de una enumeración interminable en la que se ve cómo va usurpando las funciones propias del individuo y volviendo obligatorio lo que no es sujeto a derecho, logrando que cualquier cosa pueda serlo: esta liquidación del derecho por el derecho mismo, con la cual se expropia al pueblo de sus bienes con el beneplácito del pueblo mismo, es el eterno artilugio de los tiranos, y una demagogia que no reside sólo en su persona sino en un conjunto de ideólogos parano-psicópatas que con una mascarada universitaria o doctoral pueden probar cualquier cosa. Hay que aclarar que este estado nunca rigió en la Argentina como en Europa que permitió medio siglo de bienestar y un satisfacer con exceso las necesidades elementales. Nunca se pudo salir de una trama corporativa y luego de sucesivos golpes el Estado se vuelve terrorista y de una ambición cada vez más depredadora. Vive a expensas de la población y sueña separarse de ella.

La lectura en acto de Macedonio pone en evidencia los sofismas de la Nomenklatura actual, que extiende la lógica prebendaria del capitalismo a todos los sectores de la sociedad sin la cual no se explican las elecciones donde volvieron los mismos que tenían que irse.

Emisión de moneda e inflación estatal son dos constantes de un Estado Benefactor que se caracteriza por empobrecer económica y psicológicamente a quienes debería servir. La antítesis del mismo es el mínimo de Estado que responde a la necesidad de fortalecerlo con una administración limitada y meritocrática que a su vez es controlada por los poderes republicanos. Esto no ha acontecido en la Argentina: los golpes de estado han expandido el Estado y en ese sentido, como vaticinó Alberdi, el liberalismo ha sido una forma de corporativismo entre otras, que además de apoyar a los golpes de Estado y dictaduras ha acentuado en la última década una política basada en la especulación, cuyo ejemplo descarnado son los capitales de corto plazo o golondrinas, favorecidos por un Estado que ahuyenta las inversiones genuinas y incumple los mismos contratos que firma.

Suele afirmarse que desde el golpe de 1976 hubo un proyecto satánico para destruir la industria nacional y endeudar el país en cifras astronómicas. En esa secuencia se pasa por alto la guerra interperonista que hubo entre 1973-1976, la formación de las tres A por Perón y López Rega y la política de Celestino Rodrigo. La cosa viene de antes: desde el mismo peronismo que retomó la Carta del Laboro de Mussolini y agotó en pocos años los saldos en millones de libras esterlinas que había en el Banco Central. Perón hizo girar el país a ese segundo occidente- el antiliberal y antioccidental, el del comunismo y el del facismo, que van a combinarse en el peronismo setentista- en que la cultura argentina todavía está atrapada: tal es así que el negacionismo es nuestro maximalismo actual.

Macedonio sin ser profeta, lo atisba muy precisamente. Mira sin ninguna fascinación los totalitarismos sangrientos generados en Europa que recorren el siglo XX, nazismo y estanilismo- además de los nacionalismos fanáticos,  pasan por el franquismo, el facismo y la república de Vichy hasta llegar a nuestros días- y toma partido por el mundo anglo-norteamericano vinculado al estado de derecho y a la democracia imperial. No se puede hacer un pacifista de Macedonio Fernández que no ignora que hay cosas más importantes que la paz y peores que la muerte.

A veces la guerra es el único recurso que queda para defender a una civilización que el autor define como el mal sin maldad: “Yo soy un hombre de la civilización, un egoísta bueno; así, en el ejemplo que propuse: no soy tan bueno como para retenerme de hurtarle al viajero que estaba adormilado el rico sombrero que se ve junto a él en el asiento: pero sí bueno como para alegrarme mucho de saber después que el sombrero no le gustaba y lo habría arrojado por la ventanilla un rato más tarde. En cambio, el malvado, que los hay, se alegra de hurtar ese sombrero y de haberle causado un buen disgusto a su víctima”

En esa ética, de filiación anglosajona, no se trata de hacer de lo otro objeto de una máxima universal sino de no causarle disgusto.

Es una voz singular, excéntrica, de un sujeto huérfano y aristócrata, democrático como Churchill por defecto. En lo político no ignora que el Estado, con los pretextos más demagógicos, avanza cada vez más hasta destruir no sólo a la sociedad sino a la misma civilización: “Soy antiestatal: toda civilización verdaderamente avanzada es antiestatal”

El mejor ejemplo de esto lo constituye el máximo de Estado del marxismo leninismo, que será el siniestro ideal de no pocos intelectuales: “la clase obrera, reducida a la esclavitud, no ha tenido ningún derecho en los socialismos concretos en los cuales se manipuló, “educó” y destruyó toda forma de arte y literatura, además de la vida de los artistas, sean Mandelstam o Virgilio Pinera entre tantos. Tampoco se trata de abolir el Estado: las sociedades sin estado son sociedades de guerra permanente como demostró el antropólogo Pierre Clastres. El marxismo históricamente terminó con el asesinato de Rosa Luxemburgo que en su crítica a Lenin en cuanto a la supresión del voto de los sindicatos,  la libertad de prensa y las garantías individuales llevaría a una nueva forma de despotismo. Nadie en el mundo occidental y democrático, por otra parte, les creyó a los que vinieron del mundo comunista o como George Orwell comprobaron quiénes eran: mediante mil sofismas stalino-sartreanos fueron neutralizados hasta la caída del Muro. Después, hablar contra el comunismo era ensillar un zaino viejo, algo anacrónico, hacerle el juego al satánico neoliberalismo y sus intereses prosaicos. Así, esa forma superior del revisionismo, el negacionismo- que pasa por alto que hasta ahora todo régimen comunista realizado culmina en el Gulag- fecundaba el estiércol con sus comisarios de El Mundo Diplomático en concurrencia con los poetas stalino- montoneros (que aceptaron premios menemistas) y la gran franja de una izquierda subvencionada, ladina y cajetilla.

Macedonio no está desencantado ni desconsolado. No llora utopías perdidas. Enterado de que en última instancia la justicia la hacen los vencedores, está en posición de combate: prefiere ser una irónica digresión en el espacio que el reflejo educado de una nomenklatura. Con simple contundencia, observa la lógica concomitante a un siglo leninista: “Advirtamos que no damos tropezones con las palabras ‘comunismo’ y ‘fascismo’ porque todos los estados son actualmente comunista-fascistas, dos modos de errarle a lo único bueno: mínimo de Estado” (Consejo de un confusiano a un maoísta : “No olvidar llevar el barbijo junto con el Libro Rojo”)

Para neutralizar o borrar simplemente frases como la anterior hay especialistas universitarios que tienen como objeto descerebrar a la gente al ritmo de los ideólogos parano-piscópatas. Se trata de adecuar a Macedonio a la lánguida revuelta de la izquierda caviar y subvencionada: no pueden analizar el Estado y la función que ha tenido en el cambalache argentino porque constituyen una pequeña oligarquía que se alimenta de versículos donde los mismos adulan a los mismos.

Es evidente que estas citas del libro Teorías (Corregidor, 1974) no aparecen ni por asomo en la mayoría de los trabajos universitarios que se han encargado de hacer de Macedonio un casi- socialista, del mismo modo que falta poco para volver a Lucio Mansilla un escritor antiliberal o a Héctor Murena, que caracterizó al marxismo como plusvalía del terror, director de la revista Contorno.

Son operaciones propias de un medio cultural argentino que nunca asumió críticamente la mitología nacional-popular-cubano-maoísta-guevarista de los años setenta y que tuerce la historia para que se la lea desde la hermenéutica heideggero-sartreana-derrideana

Macedonio atisba un universo hobbesiano: la propia jungla convertida en ley mediante una piscología de las multitudes crédulas de las que, como sucede con los personajes de Beckett, al sujeto sólo le cabe ser un expulsado. Se hubiera reído despectivamente de los estribillos de Toni Negri: las masas tal como la imaginan lo que Borges llamó las crédulas universidades. Masa, pueblo, estado, nación: no hay lugar alguno para que alguien pueda enunciar alguna cosa, y la censura palpita cuando se utiliza la libertad de expresión para ejercer lo chabacano. Las garantías individuales, la libertad de expresión, el derecho a no declarar contra sí mismo son formas de la soberanía del estado de derecho. Cuando esto está ausente o restringido surge una vertiente anarquista del autor que alienta un partido político que se presenta a elecciones para que Nadie gobierne: no postula que se vayan todos sino que nadie se presente. Sin embargo, Macedonio no cae en el idealismo anarquista. El anarquismo se revela siempre como una soberanía impostada: todo anarquista lleva en sí un autócrata como todo marxista a un estanilista. Macedonio contempla el universo con los ojos de Hobbes y ante la alternativa de la ley de la selva o la jungla sin ley, concluye: el mundo es un almismo.

No todo culmina en Hobbes: en ese estado de naturaleza donde se da la lucha de todos contra todos surge una pauta de diferenciación y discernibilidad. No todos son iguales y apuntan a lo mismo. Es que no luchan sólo los hombres sino que hay una guerra de relatos. Algunos, incluso por métodos bárbaros, luchan por la civilización: aquí, ante esa diferenciación, podemos recordar con Leibnitz que Dios logra a veces los mejores propósitos por medios no del todo buenos. Macedonio quiere y afirma en la guerra de relatos una composibilidad que está en favor de la civilización y no de los nihilismos contemporáneos que coexisten con los totalitarismos. El almismo supone no un vago espiritualismo sino una extrema singularización del cuerpo. No un sí mismo o ser consigo sino un almismo, es decir, una tautología feliz que la filosofía es impotente para deshacer y que da lugar a a una aventura: la del arte que aprende a jugar con las tautologías en el límite mismo de lo imposible. Algo que no puede traducirse al lenguaje de una sola vez, que pasa por la metafísica, la política y la novela y, ajeno al pacifismo de la época, toma partido por la guerra- el bando anglonorteamericano- antes de que Hitler abra las condiciones de una época que opone al Oeste contra el Oeste, a Europa contra Europa: y esto en el interior de las débiles democracias fascinadas por las providencias del estado total.

Macedonio ve con una claridad inusitada el horizonte de la guerra. No era un pensador de tipo universitario que dice lo que el público está dispuesto a escuchar. Macedonio, en un país que suele enamorarse con gula de los dictadores, bien puede dialogar con Alberdi y con Murena. Autor es una palabra decisiva en sus escritos: toda la revuelta está ahí, en un escritor que está en contra del autor porque es autor de un personaje, que se revela comediante de su propio ideal.

La manzana se convierte en un ejemplo de almismo: “La manzana que no veo, toco, huelo, saboreo, no existe, es decir, cuando la toco, etc.. sólo existe la sensación táctil, térmica, etc., que yo siento; es decir, que “se siente” meramente, que “es ”estrictamente, pues no habiendo más que ser que lo sentido, esta modalidad es indenominable, no es modalidad, es ‘indecible’, porque nombrar es separar, discernir es otra cosa, y no hay ‘otra cosa’ que lo sentido.”

En este pasaje enfrentamos el modo de pensamiento de la metafísica clásica: no es aristotélico en tanto el ser o sustancia- manzana- no es separable de sus atributos. Algunos reconocerán el sensualismo de Condillac o el empirismo de Hume, una de sus referencias ineludibles. La sensación que se siente a sí misma, sea una manzana o el mismo universo, le sirve para formular otro problema: el de la inadecuación entre lenguaje y pensamiento, donde la “solución final” es el recurso que plantea el otro como diferencia. Cuando la solución final se vuelve el lenguaje de un estado que quiere terminar con el sujeto que habla, tenemos las experiencias máximas de exterminio del siglo que son el nazismo y el comunismo.

Macedonio acepta al lenguaje como instrumento de comunicación y que el pensamiento está hecho de imágenes y sensaciones. Es el punto de partida para una experiencia exterior, “eterna” que desconcierta vanguardia y museo y sobre todo a los filósofos. El lenguaje filosófico se constituye como un drama laberíntico en torno al Ser que puede rastrearse desde Platón a Heidegger y que se atenúa en el planteo de Wittgenstein de los juegos de lenguaje. En los juegos de Macedonio, el Ser se disuelve en la santa comicidad de ayuntamientos imprevisibles y no ignora que el tiempo, la causalidad y el espacio- tres elementos que reconocen sus escritos de corte metafísico- no tienen existencia en sí mismos sino que son construcciones de falsos problemas. Pensemos en la historia entendida por el liberal Guizot como lucha de clases, a la que los hegelianos y Marx dieron un sentido teleológico: cuánta sangre ha corrido en torno a la ilusión de un final feliz, largamente “superado” por Hollywood.

Lo propio de la fenomenología- que parte de Hegel, pasa por Marx y culmina en Husserl y Heidegger- es creer que hay un lenguaje de las cosas: por eso se ha podido plantear que la economía iba en una sola dirección, la del comité central que fija caprichosamente los precios de las mercancías, soslayando el mercado- las demandas, los precios, las expectativas que son la economía misma- y que esto era un paso hacia la sociedad perfecta de mañana que era el campo de concentración de hoy. Lo mismo acerca del sujeto: cuando Lenin afirma que el sujeto no es un individuo sino “representante de determinadas ideas” sólo le cabe esperar lo mismo que los marineros de Kronstadt que querían soviets sin bolcheviques, es decir, representantes de la nueva clase. Es postular que toda vez el sujeto tiene una intencionalidad y anular la zona más fértil de lo involuntario: cuando como el pintor se obra sin obrar. Macedonio capta algo que escapa a la jauría universitaria que quiere sumarlo al embrutecimiento nihilista. Es la división interna en Occidente que por un lado se soporta desde los griegos, pasando por el judeocristianismo que tiene un lugar respecto a la concepción de la soberanía de la tradición anglosajona que limita el poder del Estado respecto del individuo y el Occidente de base franco-alemana- Rousseau y Hegel- la que filosofa con el objetivo de imponer el pensamiento único (que proyecta contra sus enemigos) y cuya realización política es el estado total: Lenin y Carl Schmitt- no olvidar la entusiasta oración que escribe a Hitler- son los teóricos del estado de excepción- comunista o nazi- donde la eliminación del diferente es ley fundamental. A través de Alberdi, Macedonio suma a la Argentina a la tradición anglosajona: se lo puede leer en todas las letras en Teorías.

La inadecuación de las palabras y las cosas afecta a los sistemas filosóficos que, cuando se convierten en ideologías, hacen lo contrario de lo que predican, pero no resultan estériles para el humorismo. Macedonio tiene algo de estoico y evoca la ataraxia como ausencia de preocupaciones. No busca salvarse como propone el estoico ni ayudar a los otros como predican las ideologías altruísticas, que obran a menudo contra el prójimo cuando no se ajustan al esquema. El otro es siempre la hipótesis de una lectura posible-imposible. El mismo es el lector de ese almismo sin causa y sin traducción simple: literatura. El tiempo, el espacio y la causalidad son refutados- reducidos a la nadería- por constituir la misma metafísica. Razonamientos que tienen en Macedonio la forma de un regreso al infinito y la negación de la causalidad: los fenómenos no son causa uno de otro, la sustancia aristotélica pasa a ser espinozista- el ser está en sus mismos atributos- y la metafísica ya no trata de “la busca de las causas del Ser sino del asombro de existir”

El suyo es un asombro antiheideggeriano, sin fijeza o nostalgia de origen y mucho menos temeroso de la chingada hermenéutica. No formula la existencia en términos de ser o de no ser sino en la posibilidad de enunciar esa nadería de muchas maneras. Polemiza con el determinismo y abandona el tema de la causalidad a la Ciencia. Lo hubieran interesado el gato de Shrondiger o la actual teoría de las cuerdas en el universo y la dark energy.

El almismo habla de la impotencia de la fenomenología, perpetuamente retardada respecto al ser que habla y a los efectos de la ciencia. El fenómeno- aparición- tiene el lugar de un acontecimiento único, con dos efectos irreductibles: la pluralidad y la diversidad, vinculadas a la libertad- individuación y singularidad- antes que con determinismos como el materialismo histórico al cual la fenomenología termina subordinándose en un sonambulismo pleno. Lo propio de un materialista histórico- Sartre, ex fenomenólogo- es ver que la Corea de Norte totalitaria de Kim Il Sung ataca a Corea del Sur e “interpretar” este hecho en partitura en clave: satisfacer la demanda que necesita un público de creer que es el imperialismo norteamericano el causante de la provocación, contra todos los datos históricos y todas las evidencias. Lo mismo ocurre con Chomsky que prologó al doctor Faurisson- que niega la existencia de las cámaras de gas en el nazismo- y luego atribuyó descaradamente el genocidio camboyano a Estados Unidos que se había retirado de la región en 1973. Esas creencias forman parte de las mentes rectoras de nuestra época: los mitómanos y los paraideólogos psicopáticos que no tienen que emplear demasiadas piruetas para instaurar mentiras superlativas, en el fondo supuestas de antemano. La historia se vislumbra como un velo sin rasgaduras desde el texto sagrado del marxismo leninismo: al ser una filosofía insuperable sólo cabe superar desde ese método que deriva en un descerebramiento máximo. Macedonio no compra este buzón precisamente porque no teme equivocarse. Sin espiritismos ni ocultismos: para Macedonio no hay ningún misterio en la realidad. Un color o un sonido son todo el ser en plenitud y por eso éste es perfectamente inteligible en cada estado de cosas. Este antideterminismo reaparece en sus reflexiones políticas. Macedonio parte de Spencer que extrema el pensamiento liberal tradicional, ejemplificado en la fábula de las abejas de Mandeville de la cual de los vicios privados derivan las virtudes públicas, es decir, en términos de Maquiavelo un ser no necesariamente moral pude servir más a la república que el más puro de los moralistas que a menudo anticipa un tiempo de devastación para la ciudad. La cuestión no reside, por otra parte, en el egoísmo personal sino en el sistema político que fecunda diversos actos individuales. Spencer agudiza el planteo de Mandeville: ya no es sólo que el individuo mediante las garantías individuales se protege del Estado sino que se constituye contra él, vale decir, radicaliza esa posición ante los avances y abusos del mismo. El siglo veinte vuelve a poner en escena el problema de la soberanía: el estado se presenta ante las masas y quiere todo el poder para sí, encarnado en la figura del Gran Hermano, garante de la fraternidad horizontal y asesina de los súbditos.

La fórmula de la soberanía para Macedonio es la siguiente: máximo de individuo, mínimo de estado. Casi resuena humorísticamente ante la nomenklatura actual que tiende cada vez más peligrosamente a monopolizar la política y pasar de ahí a la cultura, proyectando cada vez más sus hábitos sobre una sociedad acostumbrada a la violación de la Constitución y al unicato. Hay que leerlo en un contexto histórico y pensar que Macedonio escribía en una Argentina próspera que recibía a europeos hambrientos y estaba entre los primeros países del mundo. Sin embargo, Macedonio escucha la estridencia de los nacionalismos que comienzan a sonar fuerte en la década del veinte, aunque las reivindicaciones eran ante todo morales al extremo de que eran antieconómicas. Esos nacionalismos desde principios del siglo ya eran presa del antinorteamericanismo a ultranza. Había mucha ignorancia de lo que pasaba en el mundo y sobre todo en los mercados, y mucha lectura de Charles Maurras, mentor del Estado fuerte por encima de los partidos políticos. También el antisemitismo era el inevitable complemento. Salvador Ferla declaraba que la democracia era una invención de los judíos mientras ya se anunciaba el Hugo Wats que postula en sus novelas el mundo dominado desde “ el Vaticano judío de Nueva York”

Cuando la Argentina estaba situada entre  los primeros países del mundo: los yanquis nos robaban antes de siquiera de haber comerciado con nosotros, como lo prueba el discurso de Figueroa Alcorta en el Centenario.

El filonazi Scalabrini Ortiz apuntaba a un blanco más creíble: Inglaterra, que había cometido la agresión imperdonable de dotarnos de tecnología a cambio de carne y de trigo, era la culpable de que fuésemos un país pródigo, con una cultura afirmada en el talento, salarios que superaban a los europeos y con una de las ciudades más habitables de la tierra. Fue Perón quien cambió definitivamente de eje en el momento más inoportuno: cuando los mercados volvían a abrirse en una expansión vertiginosa, Perón optó por la Carta del Trabajo mussoliniana, que dio beneficios a los trabajadores pero que vació las arcas de la Nación generando las condiciones de la inflación futura, que no tardó en presentarse. Tuvo un acto con los ingleses que éstos no hubieran imaginado de algún benefactor amante del imperio, al nacionalizar los ferrocarriles a tan bajo costo que causó un festejo en Londres. Pero ya las cartas estaban echadas: la Argentina lejos de haber sido víctima de un proyecto satánico originado en el golpe de estado del 76 y proseguido indefinidamente- antes hubo un Celestino Rodrigo, luego un Alfonsín, entre otros- fue afectada seriamente al separarse de las zonas de libre comercio más activas del mundo a las cuales estamos cada día más lejos de retornar.

Estaos Unidos ya se esbozaba como el Gran Satán: en la multiracial Nueva York acontecía la irrupción de las mujeres, sonaba el charleston y otros tantos ritmos más y desde lo más oscuro del mar el jazz comenzaba a ganar, según Phillipe Sollers, la segunda guerra mundial. Esos desafíos, esas voces, esos cuerpos ligeros eran observados con pavor por el moralismo católico: lo único que falta es que aparezcan desnudas, decía la Nueva República. Los nacionalistas, Julio Irazusta o Federico Ibarguren, lectores de Charles Maurras, proponían un Estado fuerte contra la democracia.

Estas ideas de Macedonio Fernádez son apenas posteriores a la revolución rusa de 1917, que en realidad fue un golpe de estado, que desconoció a la Asamblea y en nombre de una clase proletaria cuyo porcentaje era ínfimo en un país campesino. Macedonio tiene palabras duras con el leninismo. Dante le ha enseñado que los imperios educan más que los fanatismos que se exacerban en los pagos chicos. En No existe problema social económico, un texto de Teorías, Macedonio argumenta que el error del maximalismo- así llama el marxismo leninismo y las formas radicales de socialismo- es querer hacer del altruismo un objeto jurídico-político que deriva en inflación estatal, en emisionismo- casi un pecado capital del Estado en sus escritos- y en una traición del Estado a su representado, el individuo.

Hay párrafos escritos en los 20 que anticipan el populismo de los 40: ”No presenciaremos la derrota del Capital por sus enemigos curiosamente unidos: el Trabajo y el Estado”

El maximalismo puede sustanciarse así: “la unión del trabajo y el gobierno contra el capital para suprimir las diferencias económicas e intensificar las políticas por el absoluto gobierno y la sumisión de los gobernados, que advierten demasiado tarde un crecimiento en la opresión, supresión completa de las libertades y seguro empobrecimiento”

Está escrito en Teorías con todas las letras: obsérvese lo premonitorio de esa aseveración en cuanto a que se advierte demasiado tarde el crecimiento de la opresión, algo que ha ocurrido en los procesos revolucionarios de estilo europeo o latinoamericano. En la Argentina, dice, no hay problema económico, sino un sistema institucional harto mafioso. Esto irá agravándose. Macedonio no es pacifista ni por asomo. Más bien aprieta los dientes. Pero no lo hace en el sentido de la historia que confunde al maximalismo con el progreso y con la historia misma. Más bien es al contrario: la guerra en su caso es el último acto de defensa de la libertad contra la historia que se viene. Macedonio sabe que hay cosas peores que la guerra misma, como la ideología maximalista que contribuye a las restricciones a la libertad de los países que tienen que defenderse mediante la fuerza: “La libertad que antes de la guerra era muy poca, durante ella desapareció y no sólo sino que se hace la teoría necesaria para que no vuelva más”

Para Macedonio las causas de la pobreza no están en el lujo ni en la concentración de la riqueza sino en las actividades de Improducción y Destrucción alentadas por el Estado coercitivo que, escribe, “no ha tenido nunca la eficiencia y la espontaneidad de un millonario yanqui que suprime la herencia y aun la propiedad, dando sus bienes y no sólo a sus vecinos compatriotas, sino a cualquier población de la tierra; en cambio, el Estado, como las religiones, crean instituciones de beneficencia parasitarias, adulteradas, costosas y egoístas. Así, el comunismo, si es fecundo, no empobrecedor, vendrá por espontaneidad, no por Ley.”

La historia, más que la ingeniería con solución final de la lucha por el dominio de una raza- superior- o una clase- elegida- por otra, es la búsqueda de los hombres de instituciones adecuadas que limiten al mínimo la necesidad de poder. Esas sociedades que tienden al mínimo de estado están doblemente amenazadas: desde afuera por los totalitarismos que Macedonio prefigura desde el maximalismo de principios de siglo y desde la primera guerra; por dentro, por los que niegan la existencia del totalitarismo, vociferan que la palabra “libertad” carece de sentido, justificando el estado de cosas que se vive en los totalitarismos, y ponen el grito en el cielo cuando en las democracias se toman medidas restrictivas que suelen justificar o pasar por alto en las sociedades concentracionarias. Es ese círculo vicioso y maníaco de la inteligencia europea-latinoamericana que Macedonio sortea.

Macedonio Fernández destaca a Inglaterra, Estados Unidos y a la Argentina de entonces- que en la década del veinte estaba al mismo nivel que esos países y desde el golpe nacionalista del treinta entrará en una curva descendente- como los que han adherido al máximo de individuo y anticipa que no tardarán “después de hacer frente mental y materialmente al maximalismo, en retomar su camino hacia la Libertad, que es lo único que hace histórica y historiable a la Humanidad”.

Luis Thonis / Revista Tokonoma, agosto de 2003.