Fisiología del cigarro / Honoré de Balzac

Los parisinos tienen dos cosas antipáticas: los sapos y el tabaco. ¡Renunciaría a la amante más bella antes que a mi cigarro!

Un fumador

Fumar es viajar en el sillón.

Lautour-Mézeray

Como una mujer hermosa, el cigarro también tiene sus adoradores, sus favoritos, sus víctimas y sus detractores. Seduce primero, embriaga después y a veces lleva a excesos perjudiciales a los que se le rinden. Vemos el cigarro y deseamos probarlo; dudamos, pero nos gusta; volvemos a él y nos habituamos. Poco después empieza el capítulo de los inconvenientes. Podemos ver que cada día se renuevan. Van siempre en aumento y soñamos con desprendernos de ellos. Pero entonces ya no hay tiempo: ahora el cigarro, capricho pasajero devenido en hábito, es una necesidad, y, como una amante absoluta, tiraniza aun cuando ha dejado de encantar, hasta que por fin sea sacrificada por el comienzo de una pasión más violenta que la que se apaga.

El cigarro es una fuente de placeres, todos ellos íntimos y personales. Como los licores, el rapé o el opio, el cigarro procura deleites al que los prueba y aleja a los demás. Por eso los fumadores tienen tantas dificultades para dejarlo y se exponen continuamente a los reproches de los que tienen un gusto diferente, puesto que uno de los principios de nuestra excelsa naturaleza es el de ser intolerantes con los vicios de los otros.

El hecho es que, en los países donde fumar no es una costumbre generalizada, por cada persona que fuma un cigarro encontramos cien que lo rehúyen. En consecuencia, para hacer uso de la consideración, se debe fumar en el hogar o en los lugares consagrados ad hoc, y evitar hacerlo en paseos públicos, donde, por satisfacer una necesidad egoísta, se incomoda a una gran cantidad de individuos, y sobre todo a las mujeres, que prefieren generalmente el olor del perfume al del tabaco.

En todo lo que hace un animal razonable existe un motivo que lo guía, y el hombre debe asegurarse de que este motivo siempre sea noble. Como no venimos al mundo con un cigarro en la boca, y como ningún artículo de la Carta nos obliga a ponerlo allí, no estamos, después de todo, completamente obligados a adoptar esa costumbre, puesto que, como todos saben, se puede fumar sin pipa. De este modo, antes de decidirse a adoptar el título de fumador, hace falta por lo menos una razón persuasiva para un compromiso semejante. Muchos usan el cigarro como un remedio, sea para suavizar los males en los dientes, sea para aliviar el canal respiratorio. Que fumen, está bien; que también mejoren, será todavía más propicio.

Pero como no todos los animales son igualmente razonables, hay una buena cantidad que, sin motivo aparente, se implanta un cigarro en la boca, y que, no satisfecha con oler el humo o incluso con aspirarlo hasta enfermarse, tira lo poco que no confisca en detrimento de su salud a la fisonomía de las personas que lo repudian.

Para los primeros, es el hastío; para los últimos, oler, perseverar y sobre todo ver las volutas de humo es, a la vez, un motivo de ocupación, entretenimiento y admiración. ¡Sociabilidades felices!

Para otros, como por ejemplo los adolescentes, el cigarro es una tonificación prematura, un medio de darse un aire masculino. En tal caso, harán bien en renunciar a este hábito, porque poco les servirá cuando pase de moda, y además, es mejor que apliquen sus disposiciones viriles a cosas más útiles y, sobre todo, menos nocivas para sus pulmones.

Hay una sola circunstancia en la que, dado que procura una alegría auténtica, el empleo discreto y moderado del cigarro encuentra un motivo plausible, aunque sólo para los que no son fumadores empedernidos. Se trata de los momentos de abatimiento moral en los que el espíritu, embotado, le niega toda actividad a la imaginación y empuja al alma a la melancolía. Entonces basta con fumar un cigarro durante algunos instantes, aspirar algunas veces, y rápidamente, como por obra de un encanto, la mente se desenvuelve, el espíritu se esclarece, una emoción tumultuosa reemplaza la despreocupación de los sentidos y un poder desconocido reanima todas las facultades antes adormecidas. Es decir que el humo, que produce los mismos efectos que el vino, comienza a operar, y es entonces el momento de detenerse para no comenzar a sentir rápidamente los inconvenientes de la embriaguez.

Para seguir disfrutando los provechos de esta especie de remedio, hace falta usarlo espaciadamente y siempre con moderación. De otra manera, cada intento nuevo hará perder otro grado de intensidad, y terminará por degenerar en un hábito incapaz de producir los mismos resultados. Hay ciertos países, principalmente los de temperaturas calurosas, donde fumar es una función de la cual se ocupa como si se tratara de beber o de comer, y donde no es raro ver incluso mujeres con un cigarro en la boca. Ahí, todos los lugares públicos o de reunión se transforman en fumaderos. En el teatro, cuando cae la cortina, cada uno fuma su cigarrillo, todos los palcos rutilan con los miles de encendedores, los cigarros se encienden y, durante el entreacto, la sala se llena de humo. Esto no incomoda a los habitantes, que nacen, viven y mueren en el medio de este vapor necesario para la purificación de un aire de por sí malsano, pero es desagradable para los extranjeros que no tienen el hábito. Jamás me sorprendió tanto la costumbre de fumar tal como la vi durante un viaje en México.

Invitado a una velada en lo del Alcalde, donde se encontraría toda la nobleza de la ciudad, fui hasta allí para observar las costumbres de la alta sociedad. Cuando llegué a la antesala, sentí un olor a tabaco que me sorprendió; asombrado de que les permitiesen a los criados un pasatiempo tan incómodo para esperar a sus señores, me moví rápidamente a la sala de baile… Estaba desbordada de humo, y no era más que a través de esa ligera nube de vapor como podían distinguirse los objetos. Fui testimonio de un vals muy vivo y animado, durante el cual los bailarines fumaron y cambiaron alternativamente su cigarro de mano con tanta gracia como agilidad para poder tomar la cintura de sus parejas. Éstas, embriagadas por el ardor de la danza, el olor a tabaco y el ruido de los instrumentos, se abandonaron con complacencia y parecieron saborear con voluptuosidad las espesas bocanadas de humo que lanzaban sus caballeros.

Proponga entonces un vals para las bellas mujeres de Francia y de Inglaterra.

“¡Oh, no lo creo! ¡Qué horror!”, le responderán ellos.

Otro país, otras costumbres.

Honoré de Balzac / En Les Parisiens comme ils sont. París: GF Flammarion, 2014.

Traducción: Nicolás Caresano

Ph / Marcello Mastroianni