Memoria irreversible: un libro de Laura Estrin /Sofía González Bonorino


Ojalá estos retratos, esta memoria tenga el color elocuente de la cercanía que sus figuras tienen para mí (L.E.)

Crear memoria, escribirla. Para que el tiempo no transforme los recuerdos en olvido.

Laura Estrin se resiste a hablar el lenguaje de los otros. Autora desafiante, nos obligar a desaprender lo aprendido, a ponerlo en cuestionamiento o a desecharlo, quizá, entregando viejos saberes al museo de la conciencia.

Porque Estrin desprecia lo que se sabe de antemano.

Desprecia y es despreciada, como decía Valery de Mallarmé.

Ella no aspira a ser comprendida, le tiene horror a eso, como a todo lo que lleve a la muerte del lenguaje.

Escribir lo que cualquiera puede leer es, para ella, acabar con el autor.

Cada uno de los escritores que Estrin toma en su libro son nombrados como por primera vez, entramos en el corazón de un saber que palpita, el de ella, porque esos autores le son absolutamente necesarios, “flechas que me mataron de a poco”. Estrin se juega en esos nombres.

Ella se expresa en el acto de nombrar. Ejerce el don de la lengua, no la usa, ella es / está en la lengua, y en “Memoria irreversible” los nombres son vías de conocimiento.

Los nombres de Estrin no son fijos, ni fosilizados, ni pronunciados por voz ajena, de petrificada letanía. Están en perpetua modificación, en fluido movimiento, autores que ella se apresura a traducir a sonidos, formas, colores, gestos que inauguran gestos inesperados. La visión se hace lengua.

Los nombres que L. E. trae a “Memoria irreversible” no son habitaciones, ni pórticos, ni techos ni umbrales ni columnas que sostienen el palacio de la memoria.  Son voces que tensan el aire que ella respira.

El nombre heredado no le sirve, no le es suficiente. Ella excava, busca, lee. Para inscribir su propia genealogía.

Estrin rechaza la idea de unidad. Escribe para mostrar lo contrario. Sus autores están separados unos de otros, como planetas suspendidos en el espacio. Sin embargo sus órbitas se tocan, se cruzan, vuelven a alejarse, al ritmo de una música desconocida.

No le da miedo esculpir al autor, fijarlo en la escritura, pero conoce el peligro del mito. Establece correspondencias, ligazones, enlaces, las palabras como huesos que van marcando direcciones en el cuerpo vivo del lenguaje.

Se deja ir, vertiginosa, por las pendientes del recuerdo. Ella se rescata. Queda herida, se recrea a partir de los espacios que sangran. Un viaje atemporal de extrañeza y reconocimiento de sí misma.

Volcarse en lo ausente como en una Presencia que separa.

Armar pares, el que escribe y el otro, que lo fue escribiendo a uno. Para desarmarlos después, y soñarlos, y darlos al olvido (siempre disponible) de la memoria.

“Ascasubi, Le Pera, Hernández, Cayol, Del Campo, Gardel, conviven- violentamente, ¿hay otra manera?- en mis textos.” Osvaldo Lamborghini (Conversación con Luis Thonis)  

L. Estrin es una enorme trabajadora. Trabajadora en el sentido no productivo de Mandelstam: “El trabajo auténtico es un encaje de Bruselas. En él, lo esencial es aquello que sostiene el dibujo: el aire, los agujeros, las ausencias injustificadas…” (La Cuarta Prosa)

Por esta vía, atrapo a la autora, antes de que se me escape. Está ese trabajo auténtico de encaje: L.E. retrata autores que, como Mandelstam, de una rosquilla valoran solo el agujero.

Estrin no busca la complicidad del lector. Lo rehúye, lo expulsa. No se engaña ni se ilusiona. El autor hace la lengua pero no hace al lector que no nació para serlo.

Es cierto que ella cree. No es de las que se desalienta. El autor que ella es necesita un lector para corresponderle. Una vez establecido el lazo de transmisión, ese lector será sólo de ella mientras habite su universo. Y luego, el universo Estrin quedará en su corriente sanguínea como un silencio volcánico, una visión, murmullos que quieren hacerse voz, luminosas revelaciones o inesperadas resistencias que la lectura le provoca.

L.E. estableces filiaciones. Se ubica muy lejos del adoctrinamiento literario.

No le quiere enseñar nada a nadie. Sólo le interesan los autores geniales. Los que como Francisco de Asís no temen quedarse desnudos y renunciar a lo ya dado. Para Estrin, esas naturalezas son escasas. Sin el entusiasmo que en ella es fundamento vital “toda cultura desemboca en un cambio de trajes detrás del cual sólo se encuentran los percheros.” (Simone Weil)

L.E. construye una obra que es del presente: “Memoria irreversible” no admite otros tiempos. Los nombres se abisman en esa totalidad que se abre entre el pasado y el futuro. El instante se despliega ante nuestros ojos a velocidades que nos desgarran. Se entra en una especie de eternidad. De algún modo ella construye un orden a la medida (des-medida) de sus autores.

Los autores de “Memoria irreversible” son su obra escrita. Estrin lo plantea sin dudar. No hay esa división interior exterior. Y es que cada uno de ellos es su escritura. Autores que se negaron a dilapidar su vida, a perderla en la fusión adormecedora (L.Thonis) con el entorno.

Por eso, leer “Memoria irreversible” es un acto que implica un ir hacia la desnudez, hacia la pérdida. Desaprender lo comunitario y entrar en la singularidad del oído no domesticado, como diría Hugo Savino.

Dar testimonio de eso que los hace únicos: lo más sutil (el trazo del lápiz sobre el papel) puede ser heroico: el gesto del guerrero.

Los autores de Estrin son naturalezas dotadas, que modifican el mundo, lo engrandecen.

La grandeza de un hombre no tiene que ver necesariamente con sus actos, ni con sus virtudes. La verdadera grandeza es una cuestión de dimensiones.
Muchos ni siquiera lo sospechan, pero lo que separa a unos hombres de otros son sus propias dimensiones. El hombre más grande sería aquel en el que hubiese espacio para todo, que tuviera un estómago espiritual, por así decirlo, capaz de asimilarlo todo, sin desgarros ni magulladuras, con una salud y una belleza rotundas. Es falso, es un error artificial, hablar de belleza moral. (…) Un alma verdaderamente grande va elaborando todo lo que cae en ella, para que su vida fructifique. (Lou Andreas Salomé, Rusia con Rainer)

No hay simetría. Laura Estrin no arma pares como el Adán edénico en busca de pareja.

Si todo escritor es un exiliado, como creía Tsvietáieva, Estrin nos muestra un mundo de exiliados, nombres y voces que arman una constelación de autores (mundos en sí mismos) separados entre sí por abismos infranqueables pero enlazados por el reconocimiento de la escritora, que remite nombres a nombres, (Cezanne pensó que “una forma remite a otras formas”) Ella sabe que no va a poder decir todo lo que quisiera, que la palabra no accede a los pinceles ni a la partitura. Sin embargo Estrin no duda: cree en la palabra. Y se expresa y arma su constelación de autores que, lo deja muy claro: “no componen grupo”.

Todo grupo está podrido, escribió.

“La memoria hace del pasado presente y los recuerdos parecen venir del futuro” (Laura Estrin)

Los recuerdos arman un escenario. Los nombres como máscaras. Hacer ficción para acceder a la verdad.

La memoria es una edad a conquistar. Arriesgarse a los cambios que el tiempo va a ejercer sobre los recuerdos. Hacer palabra, y entrar en el movimiento de la vida. Perder, pero para ganar después. Abrir caminos en los nombres, caminos nunca antes transitados. Parajes solitarios, quebrados, que buscan dejar surcos, ahora, en mi memoria. Laura Estrin tiene oído. Tiene manos para orientar al viajero perdido. Intento acomodarme en su mundo desacomodado. Me resisto a abandonar lo que ya era mío de esos autores. Padezco la exclusión de ese paraje familiar, huérfana de pronto. Laura Estrin crea resistencia. Ella despliega su universo, necesita expandirse. Un universo quizá frágil pero en equilibrio. Todo se sostiene. Ellos, sus genios, bebieron de la copa de la vida. Para hacerse escritura.

Estrin busca aclarar oscuridades, pero no trata de hacer de lo insondable un sistema. Pinceladas de luz: la página ilumina al lector como un animal fluorescente. Asombro y veneración.

Escucho, a través de ella, a sus autores, los hago parte de mi conciencia de existir.

“Memoria irreversible” es fruto de largas meditaciones, de traducción amorosa de lo vivido (leído) roces verbales o de la carne (es lo mismo)

El único mundo a conquistar es la memoria.

Singularidades que se abren y se despliegan como ecos carnales. Nombres que se resignifican al contacto con otros nombres, en un mundo en el que la exclusión es, en todo caso, una experiencia lectora. Esos nombres, infinitos, evocan un único nombre, inaccesible.

Como si de un único nombre, imposible de alcanzar, emanaran los nombres posibles.

Laura Estrin crea un orden.

“Memoria irreversible” es un acto de nacimiento: la autora es nacida por otros y hace nacer al lector.

La atmósfera de “Memoria irreversible” es la de un perpetuo fluir. Los espejos están rotos, las superficies planas y frías se quebraron, dejan escapar emanaciones pálidas. Los nombres son organismos vivos que entran en la urdimbre lastimada de mi mirada lectora.

La inteligencia destruye los simulacros.

Desde cualquier ángulo que miremos, vemos con los ojos de Estrin. Un modo de alejar (incomodar) al lector, quizá. Alguno, como inspector de tránsito, le exige respetar las reglas de la gramática. Otro rechaza imágenes, asociaciones molestas, por feas. Como si la búsqueda de la verdad tuviera que ver con los encantos de un bello estilo.

Ahuyentar a los que no leen. Por fuera de la “cultura libresca”, la lectura aquí es metáfora, camino sin retorno.

La escritura de Estrin arma un campo de batalla, que es como concibe la autora el campo de la literatura.

L.E. no quiere dar a conocer nada. Sus autores no están para enseñarnos. No son herramientas. Son vías de conocimiento, en el sentido del “conócete a ti mismo”, esa búsqueda intelectual que nos lleva adonde no decidimos de antemano.

Pensar la libertad, el miedo, nuestra insaciable hambre de obediencia.

L.E. no crea sistemas, eso queda para los críticos literarios. Se mueve en las rupturas, las heridas que no cierran, los choques de la conciencia contra la cerrazón del mundo, su ronroneo estúpido, su búsqueda de fusión, su horror a las diferencias.

Tampoco apela a las emociones. Ella bordea el exceso, lo hace palabra.

No se pone a prueba ni pone a prueba a sus autores.

Cada autor funda sus propias leyes. Cada texto a su propia legalidad

Ir hasta los comienzos de la memoria. Romper el tiempo, entrar en otras velocidades. Nuevos órdenes, nuevas configuraciones.

Leer a Laura Estrin supone, ante todo una experiencia. Y como tal es indivisible, reacia a las divisiones mecánicas. Analizar “una parte” de esa experiencia sería cortar el proceso de lectura, que es constante. Como la vida: imposible de interrumpir. Esto lo entendían más los lectores del siglo XII que los de hoy, un siglo de especializaciones y producción. El proceso de lectura que propone Estrin tiene que ver con la totalidad. Lejos del tiempo del reloj, que corta, secciona, amputa.

Laura Estrin tiende a la épica.

Hay una admiración intensa hacia cada uno de los retratados. Ella encuentra lo mejor de sí misma en ellos. La admiración, ¿no nos está hablando de amor? ¿Es que acaso se puede admirar lo que no se ama?  

La prosa de “Memoria irreversible” es dura, cortante, confrontativa, y es que hay que romper para separarse, tomar distancia, dar la espaldas a estos tiempos de inclusiones imaginarias,

Laura Estrin es una autora: rompe con el hábito, esa mala costumbre que es el lenguaje.

El univeso Estrin es un lugar de vida. Marcada en todo momento como propia, singular. Imposible de compartir, la experiencia se muestra irrefutable, irreversible, como una fortaleza de piedra, que me obligar a crear puentes, espejos mínimos, metáforas para entrar o hacer propio ese territorio de verdad.

Sofía González Bonorino

Publicado el 29 de junio de 2021 en Lecturas críticas, Fundación Descartes