Sobre “La tempestad” / William Hazlitt

Hay poco para argumentar en contra de que Shakespeare fue el genio más universal que jamás haya existido. Shakespeare es lo que Polonio dice acerca de los actores en Hamlet: “Los más excelentes en la tragedia como en la comedia; en la historia o en lo pastoral, en lo cómico-pastoral, histórico-pastoral, escena indivisible, poema ilimitado: para ellos ni Séneca es demasiado grave, ni Plauto demasiado ligero”. No sólo tiene el mismo control absoluto sobre nuestras risas y lágrimas, todos los recursos de la pasión, del ingenio, del pensamiento y de la observación, sino que tiene también el inagotable rango de la creación fantástica, sea ésta terrible o alegre, la misma comprensión del mundo imaginario y del mundo real, y por sobre todo preside en ambos la misma verdad de carácter y naturaleza y el mismo espíritu de humanidad. Sus personajes fantásticos son tan verdaderos y naturales como los reales, es decir, tan consistentes que, si los creyésemos existentes, podrían hablar, actuar y sentir como aparecen representados en sus obras. Shakespeare inventó para ellos un lenguaje, un modo y un sentir que les es propio: las tremendas imprecaciones de las brujas en Macbeth —que exclaman “una cosa sin nombre”—, las expresiones de Ariel, quien “hace con gracia sus labores de espíritu”, los trucos maliciosos y las habladurías de Robin Goodfellow o el parloteo grosero y las enfáticas gesticulaciones de Calibán.

La tempestad es una de las obras más originales y perfectas de Shakespeare, donde plasmó toda la variedad de su potencia. Rezuma gracia y grandeza. Lo humano y lo imaginario, lo dramático y lo grotesco están mezclados con el arte más refinado aunque no exhiban sus marcas. A pesar de que aquí le “da nombre y habitación a cosas etéreas que no son nada”, la creación fantástica de su espíritu tiene una textura palpable y entra ostensiblemente en cohesión con el conjunto de la obra. Y es que, como lo sobrenatural tiene un aire realista y hasta persigue a la imaginación con un sentido veraz, los personajes y los eventos reales participan de la rebeldía de un sueño. Próspero, un mago imponente apartado de su reino pero en torno a quien, por la potencia de su arte, se agolpan espíritus etéreos para obedecerlo; su hija Miranda (“digna de ese nombre”), donde apuntan todos los poderes de su arte y que parece ser la diosa de la isla; el principesco Fernando, arrojado por el destino al cielo de su felicidad que es esta diosa de su amor; el delicado Ariel; el salvaje Calibán, mitad bestia, mitad demonio; la tripulación ebria del barco: todos son partes conectadas de la historia y difícilmente podrían correrse del lugar que ocupan. Hasta el escenario local va de la mano con el tema. La isla encantada de Próspero parece haber salido del mar; la música etérea, el barco sacudido por la tempestad, las olas turbulentas, todo genera el efecto de un fino paisaje de fondo. La pluma de Shakespeare es, para usar una expresión suya, “como la mano del tintorero, que marca todo lo que hace”. Si bien participa de la libertad del ingenio, cada detalle suyo está también sujeto a la ley del entendimiento. También los marineros borrachos, hechos para tambalearse, participan del desorden mental y corporal, del tumulto de la composición, y ya en la tierra parecen tan a merced del destino como cuando estaban a merced de los vientos y de las olas. El ingenio marítimo de estos personajes es lo último que puede agradarnos de la obra, pero son tan parecidos a los marineros borrachos como podrían serlo, y forman un contraste indirecto con Calibán, cuya figura adquiere, en la comparación, una dignidad clásica.

Generalmente se piensa a Calibán como una de las obras maestras del autor, y con justicia. En efecto, no es más placentero ver en el escenario a este personaje que ver personificado allí al mismísimo dios Pan. En sí, es uno de los personajes más salvajes y abstractos de Shakespeare, y su deformidad, mental o física, es redimida por el poder de la imaginación y la verdad que exhibe. Es la esencia de la repugnancia, y sin embargo no tiene una pizca de vulgaridad. Shakespeare describió la mente brutal de Calibán a través de las más puras y originales formas de la naturaleza; desde la tierra en la que fue ubicado, el personaje crece descontrolado, burdo y salvaje, desaliñado por la maldad que lo caracteriza. Es “de la tierra, terrenal”. Parece excavado de esa geografía, con un alma instintivamente añadida para responder a sus deseos y a su origen. La vulgaridad no es la grosería natural, sino la grosería convencional aprendida de los otros, todo lo contrario al poder y a la disposición natural (o sin su entera conformidad), como la moda es el lugar común afectado sobre lo que es elegante y refinado, pero sin su esencia. Schelgel, el admirable crítico alemán de Shakespeare, observa que Calibán es un personaje poético, y que “siempre habla en verso blanco”. En efecto, así es como aparece:

Calibán. ¡Que les caiga a los dos el ruin rocío

que, de la ciénaga insalubre,

barría mi madre con pluma de cuervo!

¡Que los sople el viento

del sur y los cubra de pústulas!

Próspero. Sabe: por decir eso, tendrás calambres esta noche

y punzadas que te cortarán el aliento. Los duendes,

durante las horas que les toque trabajar por la noche, se ejercitarán con tu piel.

Tendrás más aguijones

que un panal, cada uno más punzante

que los de las abejas.

Calibán. Me voy a comer.

Esta isla es mía por mi madre Sícorax,

y me la quitaste. Cuando llegaste,

me acariciaste primero y me halagaste,

me diste agua con moras, me enseñaste

cómo nombrar la luz mayor y la menor

que arden día y noche. Entonces te quería

y te mostraba todas las virtudes de la isla,

los manantiales, los pozos salados, lo fértil y lo yermo.

¡Que me maldigan por haberlo hecho! Que todos los hechizos

de Sícorax —escarabajos, sapos, murciélagos— te asedien.

Porque soy tu único vasallo,

yo, que fui mi propio rey; y aquí me encierras

en esta roca dura, mientras que me niegas

el resto de la isla”.

También le promete sus servicios a Trínculo para ser librado de su servidumbre.

“Verás las mejores fuentes, te juntaré moras,

pescaré para ti y traeré la leña que haga falta.

Deja, te lo ruego, que te lleve donde crecen las manzanas;

desenterraré con mis largas uñas las trufas,

te enseñaré los nidos de urracas y verás

cómo se atrapa al rápido tití. Te llevaré

donde hay racimos de avellanas; y hasta atraparé

gaviotas de las rocas para ti”.

Al conducir a Esteban y a Trínculo a la celda de Próspero, Calibán muestra la superioridad de la aptitud sobre el mayor saber y la mayor locura, y en una escena anterior, cuando Ariel los espanta con su música, Calibán les recita, para darles coraje, un elocuente poema sensorial.

“No teman; la isla está llena de ruidos,

sonidos y músicas suaves que deleitan y no dañan.

A veces resuena en mi oído el vibrar

de mil instrumentos, y otras veces son voces

que, si he despertado tras un largo sueño,

me hacen dormir de nuevo. Y, al soñar,

las nubes se abren mostrándome riquezas

que llueven sobre mí… Lloraría al despertar

por no poder soñar de nuevo”.

Esto no es más hermoso de lo que es cierto. El poeta muestra aquí al salvaje con la simplicidad de un niño, y vuelve amable al extraño monstruo. Shakespeare tenía que pintar a este engendro animal con rudeza y sin elección en sus placeres, aunque no sin cierto sentido del placer o algún germen de los afectos. Encontramos una admirable contrapartida filosófica de Calibán en Master Bernardine, el salvaje de la vida civilizada de Medida por medida.

Como si fuera por designio, Shakespeare quitó de Calibán los elementos etéreos y refinados y los usó para mezclarlos en el molde vaporoso de Ariel. No podría existir un contraste más preciso entre lo material y lo espiritual, lo grosero y lo delicado. Ariel es el poder imaginario, la ligereza del pensamiento personificado. Cuando Próspero le pide que se apure, él responde que “se bebe el aire”. En este sentido, es parecido a la presunción de Buck cuando exclama en una ocasión parecida que dará “una vuelta completa alrededor de la tierra en cuarenta minutos”. Ariel se distingue de Puck en la medida en que siente lealtad por los intereses de quienes lo emplean. ¡Qué exquisito es este diálogo entre él y Próspero!

Ariel. Tus hechizos los trabajan tan firmemente

que, si los contemplaras, tus sentimientos

se ablandarían.

Próspero. ¿Eso crees, espíritu?

Ariel. Así me sentiría si fuese humano.

Próspero. Y yo he de sentir lo mismo. A ti,

que no eres más que aire, te ha tocado

su dolor. ¿Cómo yo no voy a conmoverme más que tú,

yo que soy uno de su especie y que siento

con la misma fuerza?

Se ha observado que las canciones de Shakespeare introducen un encanto peculiar. Sin transmitir ninguna imagen en particular, estas canciones parecen evocar todo tipo de sentimientos, como si fueran fragmentos de música a medio olvidar, escuchada indistintamente y a intervalos. Están las canciones de Ariel, que, como se nos cuenta, parecen un sonido en el aire, como si fueran tocadas por una persona invisible. Debemos dar un ejemplo de este poder general:

Ariel. A estas playas acérquense

de la mano.

Saludo y beso traerán

silencio al mar.

Bailen con gracia y donaire;

los elfos canten

el coro. ¡Atentos!

Coro, disperso: ¡Guau, guau!

Ladran los perros.

Coro, disperso: ¡Guau, guau!

Callen. Oirán

al pomposo Chantecler

cantando quiquiriquí.

Fernando. ¿De dónde sale esta música? ¿Del aire

o de la tierra? Ha cesado. Sin duda suena

por un dios de la isla. Sentado en la playa,

llorando el naufragio de mi padre, el rey,

esta música se me insinuó desde las aguas,

calmando con su dulce melodía

su furia y mi dolor. La he seguido desde allí,

o, más bien, me ha arrastrado. Pero cesó.

No, vuelve a sonar.

Ariel. Yace tu padre en el fondo

y sus huesos son coral.

Ahora perlas son sus ojos;

nada en él se deshará,

pues el mar le cambia todo

en un bien maravilloso.

Ninfas por él doblarán.

Din, don.

Ah, ya las oigo: Din, don, dan.

Fernando.

La canción evoca a mi ahogado padre.

Esto no es obra humana, ni sonido

de la tierra. Ahora lo oigo sobre mí”.

El cortejo entre Fernando y Miranda es una de las principales bellezas de la obra. Es la verdadera pureza del amor. La pretendida interferencia de Próspero, en sintonía con el mago —cuyo poder sobrenatural lo vuelve arbitrario, irritable y deseoso de confrontación—, realza el interés del amorío.

La tempestad es una obra más refinada que Sueño de una noche de verano —con la cual se la ha comparado a menudo—, pero no es tan excelente como poema. Hay más pasajes memorables en la segunda. Dos de los pasajes más sorprendentes de La tempestad están a cargo de Próspero. Uno es aquel en el que desaparece la visión conjurada, que empieza con “las altas torres, los solemnes palacios”, tan citado que hasta un estudiante del secundario lo sabe de memoria; el otro es el que Próspero enuncia cuando abjura de su magia.

“Sílfides de las colinas, de los riachuelos, de los lagos numerosos y de los bosquecillos,

y ustedes, que sin dejar en las arenas huella alguna,

perseguís el Neptuno retirado y le huís

cuando retorna; ustedes, duendecillos, que

al claro de la luna trazan esos círculos de hierbas amargas

que la oveja no quiere pacer, y ustedes, cuya ocupación

consiste en hacer brotar los hongos a medianoche, que se regocijan

al oír el solemne toque de queda, con cuya ayuda,

(aunque son débiles maestros), he atenuado

el sol del mediodía, he despertado los vientos procelosos

y entre el verdoso mar y la bóveda azulada he levantado

una guerra rugiente; el trueno de fragor espantable he inflamado,

y he henchido la robusta encina de Júpiter

con su propio rayo; los promontorios

conmoví sobre sus sólidas bases, y arranqué de raíz

el pino y el cero: a mi mando se han abierto las tumbas,

han despertado a sus durmientes, y los han dejado partir,

por mi potente arte. Pero aquí abjuro

de mi magia negra; y cuando haya conseguido

una música celeste como ahora reclamo

(para que el hechizo aéreo obre según mis fines

sobre los sentidos de esos hombres), romperé mi varita mágica,

la sepultaré muchas brazas bajo tierra,

y a una profundidad mayor de la que pueda alcanzar la sonda,

sumergiré mi libro”.

Tampoco debemos olvidar que, entre otras cosas, Shakespeare anticipó casi todos los argumentos utópicos de la filosofía moderna.

Gonzalo. Si hubiera de colonizar esta isla, mi señor…

Antonio. La sembraría de ortigas.

Sebastián. O de zarzas o malvas.

Gonzalo. Si yo fuera rey, ¿saben lo que haría?

Sebastián. Prohibirías la embriaguez, dado que no hay vino.

Gonzalo. En mi república dispondría al revés de cómo se estilan

todas las cosas: no admitiría comercio alguno, ni nombre de magistratura;

no se conocerían las letras; nada de ricos, pobres

y uso de servidumbre; nada de contratos, sucesiones,

límites, áreas de tierra, cultivo, viñedos, no habría metal, trigo, vino ni aceite; no más ocupaciones; todos, absolutamente todos

los hombres estarían ociosos; y las mujeres también, que serían castas y puras;

nada de soberanía.

Sebastián. Y sin embargo él sería el rey.

Antonio. El fin de su república justifica su principio.

Gonzalo. Todas las producciones de la naturaleza serían en común,

sin sudor y sin esfuerzo. La traición, la felonía,

la espada, la pica, el puñal, el mosquete o cualquier clase de súplica,

todo quedaría suprimido, porque la naturaleza produciría

por sí propia, con la mayor abundancia,

lo necesario para mantener a mi inocente pueblo.

Sebastián. ¿Nada de casamientos entre sus vasallos?

Antonio. Ninguno, hombre. Sería una república de holgazanes, putas y bribones.

Gonzalo. Gobernaría con tal acierto, señor,

que eclipsaría la Edad de Oro.

Sebastián. ¡Dios guarde a Su Majestad!”

The Tempest” en Characters of Shakespeare’s Plays. Cambridge University Press, 2009.

Traducción: Nicolás Caresano

Ph/ Tony Karp: La Tempestad / Roddy Mcdowall (Ariel) , 1960