Melpómene, el diario de mi viejo / María Wernicke

Me alegra inmensamente –y es poco decir– que la edición del diario de mi viejo sea una realidad. Para mí, una deuda saldada.

Agradezco eso a los editores, Andrés Monteagudo y Esteban Bertola, a Gastón Mazieres por tipear, a Azul De Fazio por el diseño. Y hoy, a ustedes por venir a acompañarnos, a Guillermo Saccomanno por sumarse a esta presentación, a la Biblioteca Nacional por albergarnos, y al FNA por haber premiado a Editores Argentinos, cuando Melpómene era un proyecto de edición.

El viejo murió deseando que se publicara. Tarea nada fácil para mi madre que, además de haber sido su compañera, había sido su correctora.

Los primeros años sin él, fueron difíciles. Cuando papá murió, ella tenía 35 años y yo 10.  Ella trabajaba y me criaba, se ocupaba de la casa y del enorme jardín, y duelaba. Así y todo, se ocupó de los libros de Enrique, de presentarlos a concursos, de ir a recibir algún premio, de dar entrevistas para hablar de él y su obra, autorizar puestas en escena de los sainetes, ir a los estrenos, ir a Argentores. Sentarse a revisar Melpómene, era otra cosa.

A partir de la nota de Jorge Asís publicada en la revista Crisis en el año 1975, hubo mucha gente que se acercó queriendo saber qué pasaba con Melpómene. Fue en esa época en la que numeramos cada página del diario y mamá se ocupó de hacer fotocopias para poder corregirlo y registrarlo.
Como su correctora, mamá no quiso delegar esa tarea.
No tengo claro en qué momentos lo fue haciendo, de a tandas. Corrigió los años que compartió con él y algún otro año más.

Si bien hubo alguna posibilidad de edición, nadie se animaba al diario completo, proponían parte, selección o tomos. Y la respuesta siempre fue no. Cuando hubo una propuesta viable, mamá se enfermó y se detuvo todo.
Se culpó hasta sus últimos días por no haber podido terminar de corregirlo.
Sé que hizo lo que le dio el cuero.
Cuando me llegó el turno, ya sin ella, escaneé el diario –parte con ayuda de Juan, mi hijo– y lo registré.
Después, salí a ofrecerlo, y al primer No como respuesta, me congelé.

Mil dudas. ¿Dónde, con quién? Tenía claro que no quería delegar la edición en su totalidad, quería ser parte de un equipo, trabajar a la par, hacer con otros lo que habríamos hecho junto con mi madre.
Andrés fue una de las tantas personas que se acercó a nosotras, por mail, por teléfono, preguntando por el diario. Y lo hizo a lo largo de muchos años.
Si bien él había prologado la edición Obra poética, de Serapis, no nos conocíamos. Así que el primer paso fue juntarme con él, vernos las caras, conversar.
Poco después, le propuse un nuevo encuentro, para hablar concretamente de Melpómene. Quería saber cómo imaginaba el trabajo de edición y también plantear mi deseo: nada de selección, nada de tomos, nada de censura, ser equipo, no quedar afuera a la hora de tomar decisiones. Coincidimos en todo.

Algo curioso. Ni Andrés ni Esteban leyeron el diario hasta después de haber firmado contrato. Ahora que lo pienso, unos lanzados.
Sé que esa misma noche, cuando les entregué los archivos, Andrés empezó a leerlo. Creo que lo devoró.

A partir de ese momento: la vorágine.

Semana a semana, iban llegando los archivos con los textos tipeados. Un trabajo titánico a cargo de Gastón.
La verdad es que no sabía en qué me había metido. No tengo el entrenamiento de un editor, soy lenta como lectora, y mucho más si se trata, no solo de leer por placer, sino de comparar lo tipeado con el original, estar atenta a la concordancia verbal, a la construcción de una frase, a los errores de tipeo, a fechas, tildes…

En principio, yo había planteado que la corrección de todo el diario se hiciera siguiendo la línea de lo que había corregido mi madre.
Andrés y Esteban acordaban en parte, pero no en todo. Si bien las correcciones de mamá eran muy discretas, en algunos casos lo hacía del mismo modo que lo había hecho con las novelas y los cuentos.
Ellos plantearon tocar lo imprescindible, no intervenir. Entendía que al tratarse de un diario, la escritura era otra cosa. Aunque acordaba, me costó. Temía traicionar a mi vieja. Tuve charlas mentales con ella, tratando de saber si lo habría entendido, si habría estado de acuerdo, y tomé una decisión: usar el criterio que proponían los editores.

Hoy creo que la vieja estaría contenta y, sobre todo, orgullosa del trabajo que hicimos.
Recién en plena tarea, me di cuenta de que, además, estaban mis emociones, de que no era la lectura de «un» diario, sino «del diario de mi viejo».
Creí que porque ya lo había leído no me iba a afectar. Como si me hubiese vacunado y estuviese inmunizada. Qué ingenua.
Ahora pienso que tal vez, si no hubiese tenido esa ingenuidad, no habría podido lanzarme a la tarea.

A lo largo de ese trabajo, Andrés, Esteban y yo, construimos una relación. Por mi parte, al principio, con enorme timidez, con alguna que otra certeza, y pie de plomo. Tenía que confiar en ellos. O había confiado cuando firmamos contrato. Me faltaba confirmar que había elegido bien.
Paso a paso, me fui relajando, comprobando que no me había equivocado.

Sé que aporté mucho (entre otras cosas a descifrar la letra manuscrita del viejo), y también sé de la paciencia que me tuvieron. Hicieron que me sintiera cómoda, tanto que no me guardé nada, opiné sin pruritos, hice esas preguntas que solo hacen los que no saben y siempre recibí respuestas claras y respetuosas. Aprendí a escucharlos, aprendí de ellos. Tenían formación, conocimiento y buen criterio. Lo tienen.

Vuelvo a la lectura del diario, a lo inesperado, a lo no previsto.

Como ya había leído por primera vez el diario completo a mis treinta y pico, estaba convencida de que sabía con qué me iba a encontrar. Error. No sabía. No soy la misma lectora de entonces. No veo la vida como entonces.
Esa primera vez hubo páginas con las que discutí, me emocioné, me enojé, me burlé o me reí. Aunque eso me volvió a pasar, hubo largos tramos, años, que leí como si nunca hubiese leído, con plena curiosidad, incluso con cierta distancia.
Registré sus cambios de humor de otra manera, su facilidad para pasar de ser el gran Enrique al que duda y desconfía de sí mismo.

Descubrí el paralelo entre la escritura de sus poemas, cuentos, novelas, incluso sainetes, y la de su diario, el crecimiento y los cambios a medida que pasan los años, algo sobre lo que antes no había reparado.
Aquella primera vez, hubo un momento en el que tuvimos la misma edad, él escribiendo, yo leyendo. Esta vez, siempre fui más grande que él.
Esa primera vez, no empecé por el principio. Al igual que hizo Ana, mi hija, cuando tuvo su ejemplar, me tiré de cabeza al año de mi nacimiento. Busqué a mi padre, a mi madre, me busqué. Y no fue fácil. Primer cachetazo. No había versión edulcorada.

Me encontré con mi viejo, ese tipo sin pelos en la lengua, frontal, dolorosamente frontal. Refiriéndose a mí, dice «renacuajo» o » la hija de Rosita». Lo pude digerir cuando pasé a ser «María, María Sofía», cuando claramente me convierto en personita para él y siente que puede compartir cosas conmigo.

Al llegar a esos años, aparece la complicidad que estableció conmigo a la hora de ir al río, plantar begonias, estrenar la pileta de lona, trepar al roble.

Leí apasionada, incluso las páginas que no me traían buenos recuerdos, porque detrás de muchas de sus cartas, para mí hay días enteros, vivencias, cosas que no dice y recuerdo, cosas que escribe, no dijo y a pesar de la edad que yo tenía entonces, percibí.

Y otra vez lo inesperado. 1958, 1960, 64… Me empecé a angustiar. No entendía por qué hasta que me di cuenta de que no quería que el diario se terminara. No quería volver a perderlo.

Como dije antes, por más que me propuse ser objetiva, solo pude hacerlo para detectar errores. Lo demás, fue leer el diario de mi padre, algo que de objetivo no tuvo ni tiene nada.

Y, FINALMENTE, EL DIARIO PUBLICADO POR EDITORES ARGENTINOS.

El día que tuve en mis manos el primer ejemplar, recorrí los pasillos de la FED con el libro en brazos, mostrándoselo a cuanta persona me cruzaba, contenta y orgullosa.
Una de esas personas me dijo: “¡Cuánta exposición!, ¿no?”. A lo que a la velocidad de un rayo contesté: “¡Sí! Pero mi viejo era mi viejo, no soy él”. Esa velocidad para responder me provocó desconfianza, me hizo pensar.
Tomé consciencia de que ya no era el diario íntimo que había leído. Era público. Y empecé a preguntarme cómo leerían a ese Enrique los lectores de sus cuentos y novelas, los que lo admiran, cómo lo leerían quienes no lo conocieron.

De los que lo conocieron, quedamos muy pocos, algunos amigos que eran más jóvenes que él, hijos, nietos, bisnietos de. También me pregunto cómo, qué leerán ellos. No porque aparezcan nombrados bien o mal, sino porque creo que en el diario aparece algo de Enrique que muy pocos conocieron.

Crecí con lo que conocí y vi de él.

Después, con lo que me fue contando mi vieja, más lo que me fueron transmitiendo sus amigos, o conocidos, siempre llenos de anécdotas desopilantes, que me hablaron de ese Enrique generoso con la puerta siempre abierta, del hacedor de soldaditos, del borrachín.

Creo que muy pocos conocieron al Enrique que se desprende de su diario. Desconocido, incluso en parte, para mí.
De ahí mis preguntas ¿qué y cómo lo leerán otros?

María Wernicke
Leído en la Presentación de Melpómene (Diario 1936-1968)
11 de septiembre de 2026
Publicado por Editores Argentinos, agosto 2026

Ph / Enrique y María Wernicke, en la casa familiar, uno o dos años antes de la muerte del escritor.