VIERNES SANTO (Bach – Richter, Matthäus-Passion) / Sofía González Bonorino

 

Ocurrió un viernes santo, el 15 de abril de 1729. En la iglesia de Santo Tomás, en Leipzig, fue interpretada la Pasión según San Mateo bajo la dirección de su compositor, Johann Sebastian Bach.

Seguramente, muchos, envueltos en religiosidad, hoy recordaron la crucifixión de Jesús de Nazareth. Ese judío que se enfrentó a su tiempo, llevó el desierto a Roma, y mandó a los dioses paganos al destierro.

Heine cuenta lo que escuchó de boca del marinero Niels Andersen acerca de un ballenero ruso que fue arrojado por la tempestad a una isla desconocida. Rodeada de gigantescas montañas de hielo, el suelo era estéril, y una enorme cantidad de conejos corría de un lado para otro. A este lugar tan extraño, la tripulación lo llamó Isla de los Conejos.
Después de una larga caminata, los marineros encontraron una cabaña oscura, único indicio de presencia humana. Cuando entraron, descubrieron un hombre sentado que los miraba con ojos brillantes desde las tinieblas. Estaba arropado con pieles de conejo. Era decrépito y miserable. Al ponerse de pie, los asombró la imponente figura del anciano. Altísimo, tan alto, que su cabeza chocaba contra las vigas del techo. A pesar de la decrepitud, sus rasgos conservaban la armonía de sus formas. Era hermoso, este gigante vencido.
Pronunciaba con dificultad palabras en lengua griega, mezclada con muchos arcaísmos. Supieron, mucho después, que era el antiguo dios Zeus, hijo de Crono y de Rea, en otro tiempo dueño y soberano de los dioses. Sólo con fruncir el ceño temblaba el universo. Víctima de la fatalidad, porque- dice Heine- ni los inmortales se libran de ella, él habitaba, desde tiempos remotos, esta isla, cuyos baluartes de hielo servían de protección ante posibles enemigos. Los mismos que no dudaron en despojarlo de sus legítimos derechos. Los marineros aseguraron que el anciano no veía ni tenía trato con nadie. Las ballenas, que aparecían una vez al año, eran su única compañía. Subsistía por la caza de conejos. Una vez por año, cuando los inmensos bloques de hielo formaban una masa compacta, hordas de salvajes llegaban en trineo hasta las costas. Traían las más variadas mercancías, objetos de primera necesidad que él intercambiaba por pieles de conejo.

El tiempo de los dioses no nos pertenece. Estoy segura de que la isla de los conejos está, imposible de descubrir y de abordar, en algún lugar del mundo, probablemente, como sostenía Heine, cerca del Ártico.

Aunque arrancado para siempre del Olimpo, aunque excluido por fuerza de la cruz, Zeus, griego de nacimiento, respira. Ojalá los coros de la Pasión lleguen a sus oídos, todavía no fosilizados. Y su enorme y cansado corazón se inflame de vida. Y al escuchar la oración de Bach, de piadosa y celestial belleza, se consuele del poder perdido y se reconcilie con su suerte.

Sofía González Bonorino

ph/ Karl Richter / Munich, 1967