Natalia Coluccio: Trifulca / Laura Estrin

No les presento un libro, les presento una obra.

La poesía de Natalia es un apax -eso hubiera dicho Nicolás Rosa.

 

“Las dos cosas que prefiero por encima de todo: el canto y las palabras.

(Es decir, los elementos y la victoria sobre ellos)” (Tsvietáieva).

Enorme originalidad tiene la poesía de Natalia Coluccio, no podría pensarla cercana a ninguna otra. Muchos versos, algunos líricos como “la tarde me pasea” o “piedrabuena tiene sus nombres/ como quien extiende calles” y Natalia ve las calles con sus propias creencias y en Loria, un inédito, anota:Colombres tiene el silencio largo, las casas bajas. Imaginamos el hogar”. Versos que son frases que hacen fundamentales escansiones, con palabras justas aunque a veces el sentido se escapa encabalgado en sonidos que pueden llegar a un sistema breve de repeticiones pero armando siempre saltos sonoros: algo rítmico enhebra todos sus versos. Digo que el poema se anuda en una línea de ritmo propio. El poema va pasando ante nuestros ojos. Miren como pasan y suenan los últimos versos de un poema de Trifulca: “la tumba fue un diálogo/ para mí una perla parca/malentendido en boca de otro/ la amenaza fue/ inútil/ una humorada fuera de tono”.

Siempre que hago esta clase de descripciones me acuerdo cuando Tsvietáieva le dice a un crítico: no me cuente lo que yo hice, dígame qué le pasó a Ud. con eso… Pero yo sigo contando que la poesía de Natalia tiene también otros saltos, aforismos breves, saberes de dolor, de “años aburridos”, de fuerza, efectos grises (como el “parque gris” en el primer poema de Trifulca) y golpes de gracia en el cierre de los versos que parecen volver al inicio. Y en el inicio los poemas tienen nombre, tienen un título que funciona como primer verso y es la llave del sentido.

El poema es la atribución del título, la línea de versos que es el poema abre y dice el nombre. Y ella es una serie de fuerzas, decepciones, brillos que le hacen espacio, como en el que se llama “punto de vista” de Golpe en la cabeza, el libro anterior a Trifulca. O cuando directa escribe: “creer / cómo creer en lo que escribo / es un recuerdo / todo lo que escribo es un nombre”.

Y todo esto, tan distinto a lo que hoy circula como literatura, hace que la poesía de Natalia Coluccio sea un apax. Puedo ir con Kant -si quieren-, que dice que si la poesía no tiene un motor activo, vivificante, no es autónoma. Pero mejor lo repito con esa palabra que usaba Nicolás Rosa si se enfrentaba a libros distintos, difíciles de enhebrar a otros: La poesía de Natalia Coluccio es un apax en lo contemporáneo. Y claro que la pongo en la guerra entre lo moderno y lo contemporáneo, en Trifulca Natalia escribe: “las armas se conocen/ en el momento justo”.

Estoy diciendo que Natalia por entre los elementos, por entre los días y los tiempos comunes, toca lo eterno y acá tejo a Baudelaire y Meschonnic. Lo digo de otro modo: lo que tiene efectos siempre es moderno, se diferencia de lo vacío-vacuo, de lo tonto-niño de lo contemporáneo, esa “cualquier cosa” que hoy se llama poesía.

Y si quieren –vaya permiso retórico- sigo con Kant que afirma: “Una poesía puede ser muy linda y elegante, y carecer de espíritu… En sentido estético, se llama espíritu al principio vivificante del ánimo. Pero aquello mediante lo cual ese principio aviva el alma, la materia empleada al efecto, es lo que pone idóneamente las energías espirituales en vibración, es decir, en un juego que se sostiene por sí mismo y que a su vez robustece las energías que requiere”.

Kant es difícil de seguir, les pido disculpas, pero ese “espíritu vivificante” me importa, es esa impronta original y contundente que en una obra sigue viviendo a través del tiempo, que sigue en combate afectando. Así son algunos apax: obras solas, auténticas, nuevas, fuertes. Natalia Coluccio escribe en un libro anterior: “-la poesía siempre espera-”, la poesía viene del futuro, claro, lo dijo la rusa. O “viene de antes, de mucho antes” –como anota en Golpe en la cabeza. Pero también puedo ponerlo con otro verso de Natalia: “si razono es porque siento”. Y hay un mucho de lógica, de razón espacial incluso, puesta a andar en sus frases como cuando escribe: “dicho sea/ de paso no me gusta/ esquivar el golpe de la mente/ con el cuerpo” o ya en Trifulca: “lo que raudo pasó sin ser por la conciencia/ difícil aterriza en la palabra”.

La poesía de Natalia Coluccio es un apax en lo contemporáneo. Repito. No hay marcas temáticas o modos de época en ella, por ejemplo no hay femenino menor y soez en su mundo. Y es contundente pensarla en ese contraste: ella es distinta en medio de toda una poesía de costureritas débiles y ñoñas y algo asquientas –palabra, esta última, de Milita Molina. La poesía de Natalia Coluccio sale de la época, se distingue, aunque llevar lleva tiempo, tiempo de reloj, tiempo de conversación -como anota por ahí.

La poesía de Natalia Coluccio no cuenta pavadas, se pierde entre las cosas que registra, que ve, que anota. Parece no ser más que la impersonalidad de una oreja. Pero así compone un registro al borde de lo improvisado que por supuesto no rechaza la evocación  -como afirma Hugo Savino escribiendo sobre Kerouac.

Al parecer su anotación no rechaza nada, Natalia registra libre. Y cuesta definirla, hasta Milita Molina se quedó algo muda con sus poemas pero pudo acercarme lo que hace muchos años mascullamos juntas, algo que esta obra pone en jaque: ¿Pero a quien le importan nuestras cositas? Natalia escribe en Golpe en la cabeza, el libro anterior a Trifulca, el que hoy presentamos: “para quién soy alguien?/ para quién no?”.

Y estas son las cositas-de-Natalia, los abalorios que elige uno a uno, los elementos que Tsvietáieva pone en nuestro epígrafe. Y como lo hacen los buenos autores, sus dijes elegidos son palabras, frases, versos, calles (ella escribe: “fuera de cualquier excepción/la calle nos permite a todos”), así enhebra la ciudad, los barrios, las avenidas, los reflejos, los colores. Y escribe: “y unas sombras mancharon las nubes/ los colores se van con el tiempo” y “los recuerdos tienen su precio/ aunque vengan de colores”.

Esta poesía tiene lugares: Plaza Once, Parque Patricios, Lugano, Flores, Ciudad Oculta, Avenida del Matadero, Temperley y algún linyera: vidas de afuera para la única vida que tenemos, la de adentro, aunque, leo por allí, “ninguna vida es secreta” (que es un verso de “Celino” de Golpe en la cabeza) pero en “demasiado” de Trifulca vuelve a que solo va “de un interior a otro interior”.

Y sigo diciendo que no le encuentro tradición ni genealogía a esta obra pero es evidente que algo la pone a escribir, no ha renunciado a hacerlo en todos estos años. En Loria, un libro donde se despilfarra originalidad, ensamble de cosas, apuntes, distintos elementos y registros dice: “escribo prácticamente todo el tiempo.”

Vemos que en ella la poesía anda sola. Sus poemas no han renunciado al arte, a la belleza o a la historicidad radical –como la llama Meschonnic- que desdeña la pavada berreta y la vanguardia estúpida. Como la singularidad inasible que trae Loria, inédito imposible para todas esas mil empresitas que ahora llaman editoriales independientes y son talleristas monótonos de idioteces.

La poesía de Natalia Coluccio es un apax en lo contemporáneo. Y si hacemos un esfuerzo suplementario eso nos permite leer su novedad, quiero decir, leerla en relación con los no-libros. Recuerden que como dice Christian Ferrer hoy le dicen literatura a cualquier cosa mientras la poesía es eso que anda, que pasa, que canta, que significa sin detenerse, sin pedir permiso, sin pedir tradición, sin pedir nada más que todo. Y no hago ningún juego de palabras. Natalia en Loria dice: “esto intento para que el presente no se ahogue en las manos… Los objetos se repiten porque vuelven los pensamientos. Tenso una imagen: el arrebato. El color de la historia imaginada… Escribo para que me sea dado el silencio. Trato de escribir y leo. Me editan y voy a recibir los libros en la continuación de Loria. No son poemas, me digo, son mapas. Palabras para recordar. Son palabras que uso para recordar (…) Voy a seguir escribiendo como si no hubiera perdido nada”.

Loria es un libro ardido de singularidad, extremadamente nuevo, donde escribe: “De vivir la experiencia sin experiencia. Podría remar un funeral. Agarrar la experiencia por el espinazo y contemplarla. Llevarme a pasear. Sobras de la vida se pasean. No son la muerte y pueden verse los costados”.

La poesía de Natalia Coluccio es un apax, difícil de agarrar frente a toda esa trama facilonga que anda suelta, esa porquería editada y leída circulante, frente a tanta inutilidad servida. Trifulca, igual que sus libros anteriores, como Aire, viene a no mezclarse, viene a alejarse, Natalia anda sola. Ya lo dije.

Su poesía es elíptica, hermética (por allí escribe: “digo poco/enumero minutos en el aire de bar”), sus frases son casi rasposas, palabra que traigo de su obra y la enaltece: ella va agrupando sonoros términos, sentidos propios, versos cortos, seguros, sin abrir más que mucho los ojos que parecen ser los que en ella escriben junto con la oreja. En un poema anterior a Trifuca se pregunta: “nos vemos?// si para jugar con lo que tenemos /vamos por más de lo que miramos… vemos los motivos/ y los llamamos de distintas formas” y ya en el libro que hoy presentamos escribe: “reduzco la velocidad/ a un viaje/ en el arte del camino/lo importante es mirar”.

Leer poesía es una gran libertad y un atrevimiento, enseña a leer todo lo demás, porque uno siguiéndola va quedando en ritmo de entender, de pensar, de seguir escribiendo. Natalia va anotando en Aire estos versos que leo mezclados: “tengo la sospecha confundida”, “la verdad es que estoy simple”, “ideas no hay grandes ideas. Sino frías o calientes”. Y sigue en otras frases así: “gris,/ está para prender las luces/ una lloviznita/ tapiza el cielo/ y los grises aturden/ en las manos en los suelos/ una bruma de aire/ acaricia la vista.”

Natalia se sabe y yo creo que la poesía es uno de los grandes saberes, ella escribe: “autoconocimiento / algunos jugos empachan / algunos caminos atrasan”. Les leo más: “lo contrario de la seguridad es la ausencia -la justicia poética nunca existió-” o “me aprovecho del recuerdo” o “los furibundos siempre están abriendo el traspié / que abre el sentido”. Los poetas, eternos ofendidos –como lo cree Baudelaire- somos los furibundos, los enojados, los nerviosos, y ¡cuánto nos deben, por eso: que nos aguanten!

Trifulca y toda la obra de Natalia es, en ese saberse, trágica, dura o contundente -como deletreaba Nicolás Rosa-, en otro poema dice: “canto/ canciones que barren/ una desgracia” o “en la armadura el entusiasmo / una mordaza”. Y encima sabe que “lo importante es hablarle al aire” –como escribe en un verso- porque solo hablándole al aire, a las paredes, se afectan las cosas, “cuando hay frío las cosas pasan” –dice en otro lugar. Incluso creo que solo de ese modo, hablándole al aire, se trasponen los elementos hasta llegar a otros ojos y a otros oídos. Y eso solo lo puede hacer la lírica, como cuando ella escribe “remendar un ruido“ o “sonorizo las manos” o si supone un “tractor de memoria”. Y la lírica sucede también cuando los poemas se hacen apuntes de verdad, como en: “pero no obedezcas”, “hoy nadie confiesa nada  / queda el poco bueno o solo” o “el momento llega cuando uno lo conoce”.

La poesía de Natalia dice ´no´: “mañana no sigue”, como “no” es el nombre de un poema. Poemas trágicos –dije- “digresiones, que me gustan,/ para no caer/ en lo que no tengo” -escribe y apunta en otro lugar: “si algo existe /está vacío” o “hablo/ como si/ el dolor pudiera escucharse/ desde adentro del que habla”. Y la tragedia es drástica en el ´no´, miren estos versos: “desde once/ del viaje al teatro/ donde las palabras hicieron un pino/ una revolución? no”.

En Golpe en la cabeza, el libro anterior a Trifulca, la salud y la enfermedad hacían escala, leo: “de la vida trabajosa/ de la vida de los sanos” o “el peso de la salud” o “una enfermedad/ la incertidumbre permanente”. Es vida estética entrecortada la que acá cuenta, es la salud de la enfermedad de la literatura lo que escribe: “no toda enfermedad es pasajera” –se llama uno de sus poemas. Y es vida religiosa además: “me comparo con el que reza” –escribe un poema y hay otro que se llama “confesión”. En Trifulca hay “bendiciones con burbujas/ sagradas en el sentido de/ resentidas”.

Hablo de poesía de decir sincero (como cuando anota: “así es/ así suena/ verdad o no/ esta historia” o “hasta ayer, me desboqué/ me saqué la verdad de encima”), poesía de recuerdos (cuando escribe: “evita la memoria una imagen del recuerdo”), de recuerdos como culpas, de “horas de esperar” –dice Trifulca– “para escribir distinto a la muerte” –dice su libro anterior.

Su honesta palabra pasa por saber que no inventa, es el dolor, el recuerdo, la que la pone a recordar. Ella escribe: “la educación y las promesas/ caducan a los diez años/ si la honestidad vuelve/ la amistad se mantiene”.

La poesía tiene un saber singular, Natalia escribe: “el poema me remata en cuestión de horas/ y se parece a todo/ los grises no salen a defender extremos” porque como termina el último verso de Golpe en la cabeza: “cuando entendés, ya no hay vuelta atrás”. La poesía sabe y la poesía se dice a sí misma, se sabe. En Trifulca escribe: “escribo/ para decir después/ que no escribo/ para poner la cabeza/ a todo lo que suena/ escribir/ para escuchar”.

El sentido y el saber, también el saber de gustar, el tam -como dice justo Meschonnic en idish-, se han perdido en la contemporaneidad. El continuo anotar, el enhebrar de los versos de Natalia desdeñan ese olvido, desdeñan el contentamiento de lo poco y de lo feo que hoy se hace canon. En Trifulca dice: “la charla/ se calza ni una chispa/ tanto amor es atroz… adentrarse alargarse/ la alegría pudre/ y sirve la mesa”. Natalia Coluccio en sus poemas sabe de “la fragilidad (que) no le corresponde”, sabe que “cantar no es un secreto” y que “la peor amenaza / es que los muertos no estén del todo muertos” porque “las frases conectan los miedos” y hay dolor en el espíritu.

Evidentemente, citándola, dejo que la poesía se diga a sí misma, se entienda sola, Natalia, que anda sola, escribe: “si hay refugio posible es la soledad de las palabras” y casi desdiciendo a la rusa sigue así: “no tengo/problemas con las medidas/ sino/ con las distancias”. Tsvietáieva había dicho que la literatura era cuestión de medidas. Pero entonces en Natalia Coluccio, en esas distancias de plazas, de calles, de negocios vistos desde el balcón de un 36 o desde un aula ocupada, los motivos se amontonan, se hacen collage disgregado como en el recuerdo de “la panamericana (que) resume viajes”.

A veces es la mañana, a veces es la noche en sus poemas pero siempre son deshoras en el cuaderno. Ella dice certera: “hago historia en contramano/ buscando/ lo que suena a mal/ y viene para bien”. Natalia anota que ara en el desierto con palos, con ruedas mansas, con sus propias ganas lo suyo propio. Ella escribe “casi todos los males”, lo trunco, lo desconfiado, “la policía del lenguaje”, “la cuerda floja de una sensación pasada”, formas del decir que escucha, la salud y el dolor, la fiebre, el analgésico, “la mañana (que) contrae el ayer”.

Natalia se pregunta “¿cómo se sale /de tanta soledad?” y también se dice que “conocer la diferencia es saber/ que todos nos parecemos /cuando fracasamos”.

Natalia Coluccio escribe una poesía distinta aunque venga de la historia de ahora, en el uso raudo de algunas palabras. Pero la soledad, la perversión del oído, lo que la atraviesa lo hunde todo como cuando en “bar” de Trifulca dice: “frasecitas de moda/ la cita en el bar con la/ cerveza artesanal y cerveza / algo enferma/ tosía, se encorvaba// no sabía si era fiebre o angustia// si algo existe, te atraviesa.”

Natalia Coluccio cambia el tono de la época porque dice algo. Dice que “la concentración es imposible/ en la mente y en las personas/ la unión es ficción/ la relación entre palabras y personas/ la percepción de las palabras y/ las personas de las personas// un hilo conductor”.

Natalia dice y dice bien que “la cantinela sonroja una imagen”, que “si hay un infierno/ a la entrada hay sol”, sol que hace correr a la gente “si algo lleva al infierno”.

La poesía hilvana y sutura. Une y define, leo: “no apurar el corazón que da taquicardia/ no bajar las ganas/ que dan tristeza”. Poesía distinta, dije, que “separa/ un dicho del otro/ no siempre/ tiene un sentido, pésame/ los sonidos”.

En Aire leo: “el pasado en forma de fracaso”, en Trifulca  encuentro: “toda construcción disimula un fracaso”. No existe subir -afirma por ahí-, solo ver y anotar: “porque yo,/ quiero detenerme a mirar” y a escuchar anotando frases en cursivas, grises, “cuidando las decepciones”.

Tentada estoy de leerles el final de uno de los últimos poemas de Trifulca para terminar esta presentación, y lo hago: “este poema/ es un rezo/ o una torre/ o como dos torres/ derramadas de palabras/ y más tres/ ojos/ como si pudiera verse /después de tanto caminar”.

LAURA ESTRIN, mayo,  2019

Ph / Henri Cartier Bresson