La visión en el oído (Jack Kerouac, Visiones de Cody) / Hugo Savino

La visión en el oído

[Jack Kerouac, Visiones de Cody]

 

Primera Parte

 

 

Jack Kerouac : «Hay que estar loco para querer ser escritor en este país.»

 

Jack Kerouac: «Porque lo que hago es tomar a toda esa gente que realmente conocí, y darles diferentes nombres, y  cuando luego reaparecen en mi vida reaparecen en el próximo capítulo.»

 

Hay un viejo restaurante denver. Y Cody y su padre lo frecuentaban. Fecha: otoño de 1951, la estación en la que Jack Duluoz se pone a pensar en Cody. Es «el culo del mundo» del tiempo, donde se sueñan los poemas en prosa. Kerouac busca los sueños remotísimos del pequeño Cody. Viejos temas dados, que Kerouac destruirá.  Y sobre los que improvisará.

 

La visión escucha en la mismísima «garganta del Tiempo.» Un «diminuto SKULL de algo» que murmura, lo «asmático sin nombre». Los intervalos del viento que traen las voces de tipos con las gorras de viseras encajadas hasta las orejas.

 

Y está el evocar. Que atraviesa la cronología: dama del metro con manos enguantadas y anteojos franco-canadienses, como la tía de Jack Duluoz, Cody con traje de «imitación» literaria, ¿mejor que mi traje color café con leche heredado de mi primo Lalo? De Denver a Banfield. Ni el traje marrón y simple de Cody era para las cafeterías de New York ni el mío para lo florida y paraguay. Dos promesas incumplidas en el hilo del tiempo. Cody es mi resentimiento. Mi hostilidad.

 

Jack Duluoz: «Imposible evitar los enigmas.»

 

Y Jack Kerouac en 1952 a John Clelon Holmes: «Lo que ahora empiezo a descubrir está más allá de la novela y más allá de los límites arbitrarios del relato… para entrar en los reinos de la Imagen revelada, la FORMA SALVAJE viejo, la forma salvaje. La forma salvaje es la única forma que contiene lo que tengo que decir – mi mente explota para decir algo sobre cada imagen y cada recuerdo…»

 

Antes del errar: «un gran sentimiento inmortal y metropolitano de pertenencia a la ciudad que descubrí (como cada uno de nosotros) cuando era un chico… directamente en el corazón de los brillantes resplandores.»

 

En el comienzo están los colores, y el olor de los colores, y un «hace mucho tiempo». El marrón-naranja chillón o el marrón, a secas: «El lugar es tan marrón que cualquier luz allí parece marrón – Es adecuado para las tristezas  nocturnas del invierno y me recuerda sin palabras a las viejas ventiscas cuando mi padre tenía diez años, del «88» y a los viejos obreros escupiendo y al padre de Cody.» Los colores. Algún verde y un amarillo en un techo, diluidos hasta el olvido. Y «esos tipos dolorosamente pobres en sus vestimentas inconcebibles.»

 

«Veleta de un vago verde moco pálido.»

 

¿Sé leer lo inconcebible? Contra el lector inventado por la pastoral filosófica que reescribe la historia.

 

Hay una «letanía de la impostura» (Louis Chevalier) que expulsa al meteco Jack Kerouac.

 

Lo que va a molestar de manera permanente en Jack Duluoz y en Cody es la decisión de ponerse en huelga ante la sociedad. No se conoce una fecha precisa del inicio de esa huelga. La envidia social cree que así vinieron al mundo. En huelga. Un malentendido que no tiene arreglo, «ya que ambos le rendimos un culto al abandono». O a la perla rara.

 

Jack Kerouac: «En alguna parte en el camino sabía que habría chicas, visiones, todo, digamos ; en alguna parte en el camino me darían la perla rara.»

 

Siempre habrá un académico que querrá denigrar a Kerouac. Eso tampoco tiene arreglo. Para bien de Kerouac.

 

Siempre habrá un escritor idólatra de la ficción que intentará darle una identidad, positiva, a Jack Kerouac, para que se estrelle contra un espejo, pero no hay definir que pueda detener su ritmo. Los lectores incumplidos seguirán robando sus libros en las  librerías.

 

«Miklos Zsedely: ¿La molestia es que haya una trama en el relato?

 

Jack Kerouac: Para verificar todo esto, y yo sé que en general es verdad, bueno, uno debería escribir no-ficción, es decir, con notas al pie, con notas al pie.»

 

Un  escritor que se volvió libre se hace muchos enemigos, y va perdiendo poco a poco a sus amigos. Sobre todo a los que entran en el terreno de la prosa oficial. No tiene arreglo. Ni «matando a los hijos de Brutus.»

 

Jack Kerouac a Fernand Seguin, en la entrevista de Radio Canadá: «Con mi amigo irlandés, sí… ah… como sabe, la historia de On the road no es la historia de dos beatniks, es la historia de un ex jugador de futbol…»

 

Por las calles de Nueva York. Vagabundear. Un Proust bajo el brazo. Por las dudas. En defensa propia. Ese Proust es cita en el bolsillo. Hay también un subterráneo. Y está el alba de las ciudades. Infinitamente alba. Y los ruidos que se suman  hasta la cacofonía. Pero siempre algún chirrido, «el asma sin nombre de la garganta del Tiempo.»

 

Y una primera visión: para Cody fue esa fastuosa cafetería llamada Hector, en 1946. Techo color tabaco oscuro.

 

Visiones de Cody es una evocación de las promesas cumplidas e incumplidas. Y un viaje a lo incumplido.

 

Y Cody mirando por la vidriera de Hector, mutado a restaurante, «(con su zapatones gastados de Denver, su traje de “imitación” literaria que había querido usar para que lo aceptasen en las cafeterías de Nueva York que él pensó que serían marrones y simples como las cafeterías de Denver, con comidas ordinarias) –»

 

Y está la muerte y todos corren hacia ella. Cody evocado salido de Jack Duluoz evocado los dos bajándose de un tren que lleva a Evelyn.

 

Y están los viernes de curda. Señales de la recurrencia de la puntuación alcohólica.

 

La ciudad está dividida. Marmotísima a veces. Los que dominan y la plebe. Visiones de Cody es una novela que se hace en la plebe. Con la plebe. No la representa. No moraliza. Lejísimos de eso. Son dos en huelga ante la sociedad. Ante la plebe misma en caso de que esa plebe quiera algo más que vagabundear.

 

Allen Ginsberg: «Por eso Jack siempre me pareció extremadamente riguroso, como un maestro zen, y completamente solo en su originalidad, y a causa de eso siempre dudé en cuestionar sus juicios a posteriori.»

 

Kerouac plantó a sus dos personajes en «una escena humana».

 

Jack Duluoz : «hoy sé que la paranoia es la visión de la realidad, y que la psicosis es la visión alucinada de la realidad, que la paranoia es la realidad, el contenido de las cosas, que la paranoia es insaciable.»

 

Acá todos caminan en alguna dirección: viejas solitarias, irlandeses escatólicos (traducción de Brice Matthieussent), el mismo Duluoz, un tipo que terminó su trabajo y va en metro rumbo a su casa, o un cretino que pasa y se hace el importante. Distintas direcciones.

 

Kerouac escribe Visiones de Cody en forma de poemas en prosa. La invención Baudelaire sigue trabajando.

 

Pasa «un taxi amarillo que engendra un rasgo amarillo», en el oído.

 

Jack Kerouac era un católico que leía Finnegans Wake. Y sabía escribir una lámpara inglesa a la manera de Charles Dickens. No se encandiló con ningún realismo mágico.

 

Pasan «dos pobres viejas solitarias de Lowell criaturas del tiempo en los bosques de la noche de Nueva York que no encuentran el restaurante justo», perdidas, y pies cansados entran en un local griego pocilga que encuentran al paso, y «capitularán en Nueva York», y la tristeza infinita e incurable de esta humillación nunca podrá ser contada de regreso a Winchester o Fergus Fall. Hay un encallar de viejas de provincia que «surgen de los bosques de la noche para descubrir Nueva York resplandeciente» y encallan donde pueden, «son las criaturas en bruto del tiempo y de la tierra» destinadas a la aventura trunca del restaurante soñado. Perdidas en una cuadrícula.

 

Y pasa Lee Konitz. Jack Duluoz lo sigue. Lo escucha en su caminar. Toma notas. Duluoz siempre anota. Escribe con notas. Lee se encuentra con su amigo Arnold Fishkin el baterista de Tristano, «el bajista tristano» traduce Brice Matthieussent, y se van los dos juntos. Seguir a Lee Konitz es buscar una fuerza de soplo, no es una idolatría. Es un alimentar de notas en cuaderno. Son los sonidos de Lee Konitz transformados en líneas, los sonidos de Lee Konitz reunidos por Jack Duluoz. Leyenda repentina. O como el poema, Legendario cada día.

 

Dos «incurables pasajeros sentados como Cody y como yo.», que leen a Proust.

 

Thoreau : «La cabeza llena del pasado y de sus vestigios.»

 

La sombra del Dr. Sax trepa por el «edificio rojo antiguo – ladrillos rojos 1880 –  tres pisos» una vez que los empleados se fueron a cenar a «la mazmorra del Tiempo.»

 

Kerouac es un Rembrandt con cuaderno de notas. Camina y retrata. Retrata patios traseros silenciosos, edificios de ladrillos rojos,  a un hombre que lee el diario, a una vieja en el metro, a otras dos viejitas con cara de perdidas en Nueva York, los baños del metro aéreo, el caminar de los transeúntes, un edificio que le evoca la eternidad, a W.C. Fields, se hace un autorretrato pensando en Cody, pinta a una mujer que tiende la ropa, en un rincón del cuaderno anota la «irritación soñadora» de ella mientras cuelga las sábanas y a su marido que llega de esa injusticia llamada trabajo.

 

Kerouac no hace alegatos realistas, escribe no-ficción, en Visiones de Cody hace poema en prosa. Sabe que es «imposible evitar los enigmas». Y que están «las promesas incumplidas».

 

Está el jardín desierto, el de un otoño, fin de la tarde de un sábado, es casi una figura bíblica, y la pregunta es si alguien los rondará, un alguien preciso. Yo al menos sé que habrá una ausente para siempre, ausente del frío que empieza y ausente del desierto que nunca atravesará, ausente del cielo azul o del gris encapotado de Jack Kerouac.

 

También se ausentará del perro de Néstor Sánchez.

 

Y está lo que «desaparece del paisaje americano» y anotarlo para que no desparezca, para no olvidarlo, una casa de granjero o un tipo que se sube a un Essex para ir al pueblo.  La nota es acumulación de línea.

 

Jack Kerouac también escribe los fantasmas vacíos de las visiones que conserva de cada uno. Ese cada uno que desespera a sus celosos enemigos:  «Yo no invento nada.»

 

Gato escaldado, no tenía cátedra para vivir. Necesitaba vender. Algunos escritores norteamericanos post-modernos, intoxicados de realismo mágico latinoamericano e imágenes reconocibles, escritores que escriben para la humanidad en general, y cumplen muy bien con su deber, consideraron que Jack Kerouac no se «renovó» a post, lo tenían como un refractario a la modernización. Solo que lo que ellos entienden por moderno, que siempre es el mismo gesto del progreso en arte, no es lo que entiende Kerouac. Para Kerouac lo moderno es lo que está activo en el presente. Pero había que borrar a este católico conservador que lee el Finnegans Wake, a Balzac, y a Shakepeare y dice que Céline es su maestro.

 

Louis-Ferdinand Céline : «sé lo que digo… estoy en vísperas… les hablaba de la edición, ¡de la estafa que es!… ¡y del abominable gusto del público!… yo que sin embargo estoy acostumbrado a las disecciones y a temas muy avanzados, el corazón me flaquea cuando pienso en los libros y en las críticas… no hay peor ciempiés peludo, en el fondo de las Sargazos, que los lectores muy advertidos… devoradores de excrementos dialécticos.» (Norte)

 

A veces da la impresión de que no es Bird el que vive, sino Max Nordau.

 

Un recuerdo insiste y se filtra y la visión lo oye y empuja a la obsesión por la memoria.

«la soledad… la sensación (como dice Proust que Dios lo bendiga.)»

 

Inspiración absoluta es oído absoluto, cadena de cordones franciscanos del recuerdo.

 

En su guerra interior teológica prefiere “al pobre san José, terrón de arcilla en las manos de Dios […] viejo santo vagabundo de los pajares y las rutas del camello.»

 

Hay un escritorio marrón oscuro en el primer cuarto de estudio de Jack Duluoz, ventana a la izquierda, evocación de barrio canuco y de un domingo de los canadienses. Esta la catedral. Y «el vitral [que] se obscurece a fin de acompañar las conmociones exteriores, refractándolas en el interior de la catedral y para los fieles arrodillados que no soportan el resplandor ordinario de la vida, absorbidos en sus meditaciones rancias  y sus angustias culposas –» Los fieles de Kerouac  rezan en sordina la letanía de sus miedos, «mujeres discretas y casi invisibles de Lowell.»

 

Luz de la noche y luz del día, y una escena, una más, de las infinitas, que hay que anotar: «Estos vitrales también refractan la NOCHE, ya que ahora no distingo nada salvo los recuerdos oscuros de aquello que, pintado por Rembrandt en el crepúsculo, era un tonel de cerveza rubia en el fondo de un pub dublinés, en la juventud de Joyce, todos los contornos tan vagos que uno pensaría que es gente encerrada en una habitación oscura, que lleva armazones de anteojos fosforescentes, y que participa en un drama tan trágico que la luz del día no puede alcanzar – solo aquella, interior, de la noche –» Y están esos curas, como están esos filósofos, que le hablan al foro, a nadie, divulgadores de la fe marmota: “El cura habla: ahora cita la mierda de Viejo Soldado de McArtur – mezclando las verdades teológicas con los titulares de hoy, bla bla bla,  ahora me voy, cansado, a mis propios pensamientos y no tengo dónde ir salvo buscar mi camino.»

 

˝Todo me pertenece porque soy pobre.»

 

Kerouac puede anotar, «condenado como está a ese papel de vigía universal» desde la imagen de la soledad extrema de un tipo que come una hamburguesa o lee un diario hasta la cacofonía de los que dominan y sus pajes. No hace política, atraviesa lo político.

 

Allen Ginsberg: «De una forma divertida no tenía una posición, siempre era él mismo, era su propio carácter, reaccionando. De hecho, estaba contra la guerra, a la manera de un pueblerino. En una programa de televisión con el periodista conservador pro-guerra Willian F. Buckley, Jr., en 1968, dijo de los políticos del sur de Vietnam, “Todos esos tipos, lo único que intentan hacer es robarnos nuestros jeeps.” Es una declaración muy arquetípica pero realmente verdadera. Puso toda la cuestión de una manera muy inteligente como para que pudiera ser entendida por todos, muy diferente a la de una dialéctica newyorkina ambigua.»

 

En Visiones de Cody Kerouac radicaliza su politeísmo. Va sembrando el camino con sus dioses. Literarios.

 

En estas escenas de poemas en prosa una mujer come sola, «me rompe el corazón […] por eso no puedo frecuentar a las mujeres», es una mujer hooper que de repente le coquetea a un oficial de marina y se transforma en mujer dekoonning, ahí mismo, mientras come sentada en su mesa. La escena entra en el sugerir y está el peligro de que caigamos en el comentario. No hay más nada que decir.

 

La visión, el cruce de calles y sus semáforos, los peatones perdidos, perplejos y medio provincianos, los rincones perdidos del espacio norteamericano, todo eso exige una anotación rigurosa. Libreta en el bolsillo. No-ficción. «Tomo notas acerca de ellos, conozco esos secretos.»

 

La nota kerouac es una suerte de versículo bíblico, es una expansión de detalles en su manera de escribir, y no en estilo. Es una unidad rítmica. Sus enemigos no quieren  entender que Kerouac huele «el colectivismo sin colectividad» de Osip Mandelstam, sin haberlo leído. Es que los dos trabajan en el problema que plantea un poema. Que se escribe o se lee. Y se lee y se escribe. Les da urticaria porque dicen con toda claridad que la filosofía estética nunca escribió un poema. Max Nordau, el santo patrono de los estetas, vigila los desvíos.

 

Yves Buin: «El “Mississippi verbal” de Kerouac (la expresión es de Brice Matthieussent).»

 

Hugo Savino