Locas / Lucía Mazzinghi

Anna fue, Livia es, Plurabelle será. ¡Ho, habla, sálvanos! Cuentauncuento de tallo o piedra. Junto a las riverrantes aguas de, acahiciantes aguas de. ¡Noche! Oscurolenguas. J.J.

Se acerca dios en pilchas de loquero y ahorca mi gañote. J.F.

Mi hospicio en primavera

tiene de todo

porque no tiene nada. S.

 

Cae la lluvia acá en Mazorra en la Salpetriere, cae no cabe en el hueco de una mano se expande se arrincona se enfurece ahoga a las crujientes cucarachas acaloradas es la muerte no es la muerte la moneda del Tiempo rueda gira y grita pasan las estaciones húmedas chisporroteantes heladas florecidas la lluvia no cabe no no no los hospitales los viejos hospicios Bethlem Bellevue acumulando espejismos y grietas y huesos los manicomios ay los manicomios Klagenfurt Rockland La Castañeda creer entrever querer creer entrever creer querer y quedarse mirando un punto fijo mientras todo sigue su curso el agua cayendo lavando las sombras comiéndose los contornos de las cosas el antepatio mojado un trueno voz fulgurante toca la tierra que tiembla y se encoje luz espectral ay los manicomios Pranginn Pilgrim Portone ecos de voces resonando vibrando estallando hundiéndose entre muros como latigazos desesperado crepitar de dientes amarillos risas huecas vuelve la lluvia acá en Greystone en Mora en Vilardebó cae liviana moja y nada importa sola no notas tan notastansola seguir aunque no existan respuestas seguir seguir con preguntas vacíos esperas desolaciones con ardores destartalos más preguntas la lluvia gris del Tiempo y las sombras comiéndose los contornos de las cosas.

Y polvo, polvo cayendo también, pardo polvo gris cayendo suave cayen.

Entremuros. Entramadas. Completamente, radicalmente, sistemáticamente.

Aferradas a una voz, salir de lo eterno, hermanadas en el desconcierto, aferradas a una voz, es el canto de la errancia, aprender la lengua de los fuera de ley. ¿Es ella? ¿Quién es ella? ¿De quién es ella? ¿Por qué es ella? ¿Cuánto es ella? ¿Cuál es ella? ¿Cuándo es ella? ¿Dónde está ella? ¿Cómo es ella? Lo que quierella, escribe, escribella, después del colapso, del desgarramiento no queda más remedio que reconstruir cada pasillo, cada ventana, cada palabra, cada visión, buscando esa luz secreta que viene del negro, una burbuja en un charco, sola, primitiva, iridiscente.

Risatadas retumban en el desierto de azulejos helados, en francalengua suelta de ataduras. Queman. Lenguas carnales en movimiento continuo, el lenguaje falla, falsea, frasea, revienta impúdico, muestra las costuras, voces tejidas en falsas promesas, sangre imperfecta y caliente. Desojar desatar descular desgajar, hilos de luz, cielos invertidos, estruendosas risatadas. Restallantes. Tocan la tierra que late y tiembla. Nada cuaja con nada, en carne viva, algo, algo en reposada quietud de que aferrarse.

Locas de deseo.

La boca llena de agujeros de cama 29. Un setenta por ciento de piezas dentales perdidas en el pozo del Tiempo, el viento ulula a través de los huecos. Su mirada de basilisco es un balazo en mi frente, a pesar de la comba de su espalda y los dedos frágiles se sostiene firme en el fogonazo de sus ojos, desgarrón en la envoltura lisa de lo conocido. Pálida casi lívida escupe palabras como si descargara golpes en cadencia entrecortada, revienta cabezas a fuerza de ritmo y contrarritmo, un contrapunto tramado en soledad, una soledad que suelta tarascones como un perro rabioso. La calle le manda mensajes. La tele. La radio. Se resquebraja la carcaza. Mira con recelo a los de limpieza oscuroseres misteriosos que empujan sus carritos tintineantes sin quitar los ojos del celular.

Cama 38 bañada en la luz blanca de la mañana busca en el espejito redondo, busca busca recalcitrante su doble esquivo, intenta convocarlo vanamente, idéntica y a la vez irreconocible. Un salvoconducto, cierta vida soplada sobre el espejo, sombra íntima, amante secreta, ojos vidriosos, fulgores metálicos, pelo partido en el exacto medio, la boca siempre un poco abierta y un haz de luz rebotando en su frente sebosa.

La pestilencia de las ropas metidas en bolsas de consorcio debajo de cama 31 se desparrama por la habitación y toma el pasillo como un furioso río amarronado, un hedor podrido picante adhesivo, putrefacto hedor que grita todo su desprecio.

Dymphna de Gheel: santa protectora de los lunáticos. Locura incesto pasión desamparo exilio y muerte: todas esas lindezas juntas. Gira y empuja el viento de mar, barre con todo al borde del mismísimo abismo. Cae de rodillas Dymphna, con los brazos extendidos a los costados las palmas hacia arriba en posición de entrega sacrificio virginal resignación. Damon, loco padre desesperado furioso impotente ve rodar la cabeza de su hija por la piedra hasta detenerse justo frente a sus botas manchadas de tierra y sal seca, las dos manos todavía empuñando fuertemente la espada sangrante, pesadilla de amor incestuoso locura y muerte. Ella es quien ha abrazado a Zelda, a Lucía, a Camille y a las millones de locas que han muerto en manicomios desperdigados a lo largo y a lo ancho de este mundo.

No puede decir en qué ciudad ni por cuánto pero cama 37 vivió un tiempo en Estados Unidos. Cuando volvió se dedicó a hacer traducciones para una empresa hasta que dejó todo para cuidar a su madre enferma, fue acovachándose de a poco, cada vez más ensimismada, distante, ida, tic tac tic tac la cárcel del Tiempo.

Se festeja un alta. Desparramados sobre las mesas: budines, galletitas, gaseosa, jugo, vasitos descartables. La presa: un budín marmolado. Cama 46 lo mira de reojo, lo estudia agazapada como un animal nocturno, un frío animal de tinieblas, secreto mudo y peligroso. De golpe suelta el zarpazo a una velocidad indescriptible, los dedos juntos, curvos, atrapan un pedazo de budín, la miga se compacta ante la presión de los dedos y es llevada a la boca que engulle ininterrumpidamente dos tres cuatro porciones. Es la mirada la que paraliza a la presa, el instante previo a matarmorir, fascinación, terror, zarpazo y dentellada. Después se sienta en la punta de la silla, inmóvil, encorvada hacia adelante, la pera contra el pecho, el estómago trabajando, las manos fláccidas sobre las rodillas, en sus venas el avance insidioso de la muerte, los ojos fijos en el suelo, persiste en su decisión de callarse, una calma mineral esconde vientos de furia y mala suerte. Una herida le sangra debajo de las medias de nylon, herida eternamente abierta por la diabetes. De depredadora a presa sin solución de continuidad. Quién devora a quién. La Madre, devoradora por excelencia.

Desertar del cuerpo. Cáscara. Envase.

Cama 35 vacía el contenido de su cartera sobre la mesa: bollitos de carilinas, un anillo con una calavera y otro con una piedra violeta, frasco de colonia, la llave del candado del loquer atada a un piolín. Cargador de celular, dos cigarrillos machucados, encendedor, monedas de uno y dos pesos, una empanada, un sobre de papel con algunas pastillas celestes adentro y una estampita de San La Muerte, santo pagano de los desahuciados enarbolando una guadaña refulgente entre sus manos flacas. Perdí mi rouge coral dice mientras mete todo dentro otra vez. Va a salir con su hermano a comer un choripán al puesto de la esquina envuelta en el humo espeso y perfumado que sale de la parrilla e inunda la cuadra. Gotea la grasa chirriante y cae sobre las brasas, salado humo ennegrecido, sagrada hermandad. Me pide que ponga Amanda Miguel en el celular mientras hablamos. Cada tanto nos quedamos en silencio y tarareamos, silencio tarareo y así. Él me mintió, él me dijo que me amaba y no era verdad. Una cucaracha marrón sube lenta por la pared desnuda, su caparazón lustroso suelta reflejos rojos.

Cama 23 enflaquecida por un amor quebrado a destiempo. Miedo vacío rabia tristeza un dolor que llega abrupto y pega la estocada. Si estabas atenta podías escuchar cómo se me partía el corazón dice con un dejo de voz. Perdida. Repodrida. Se quita el pulóver. Marcas blancas, empiezan en las muñecas y llegan hasta un poco más arriba de los codos. Muestra sin pudor, se regodea en el tajo oscuro de su muerte fallida.

Vagambuló por calles estaciones comisarías playas pedregosas y más comisarías y calles y plazas en el comienzo del otoño, al sur de la provincia de Buenos Aires con el océano atlántico salpicado de fulgores verde y plata y gaviotas chillando frenéticas. No soportan ver a alguien sentada en un banco durante tres horas seguidas mirando a los pajaritos y hablando con el Señor. Me llevaron a la comisaría, después al hospital y de ahí en ambulancia derechito para acá. Desorbitada, los ojos sin relieve, imposible reconstruir ese tiempo de fuga, quedan algunos jirones, el vértigo, la niebla y bendiciones a rolete. Débil risa, una sombra viene envuelve va viene son varias, la risa se convierte en salvaje y repentina como un trueno, pido perdón dice cama 28, perdón por los errores cometidos por las generaciones pasadas, errores que se transmiten, tarde o temprano alguien paga por ellos. Imágenes larvadas, sombras resonantes se meten en todas partes, rozan, se deslizan, confunden la cabeza, los cuerpos, aparecen a veces bajo la forma de un chirrido, ella busca frenarlas, hace lo que puede, hay un silencio de paz y un silencio fatal dice, sombras sí, aunque también bendiciones. Amén.

Un grito que no se desgasta, iniciático y ancestral, se incrusta en el cerebro, provoca una sacudida nerviosa y escalofríos. ¿Llamado? La época de los grandes vientos traerá la palabra. Encogida como un murciélago en la esquina de su habitación, cama 22 oscila entre el sueño profundísimo y el aullido. Bella y salvaje y dolorosa y desquiciada.

Cama 37 me traduce Kaddish de A.G. Le pago con cafés y medialunas en el bar. Se traba con la palabra oblivion. Tiene letra de maestra jardinera. Me gusta, es un canto de alabanza ¿no? le canta a la madre muerta (una hondonada de silencio repentino). ¿Cómo hablarle si no está? Por las noches algo me dice procurá acomodarte, no morir (segunda pausa, más corta) ¿es ella? Cae un silencio pesado sobre las cosas. Abandona unos días. Da vueltas. Ante mi insistencia, retoma. Avanza media carilla. Se frena. El mediodía se le clava en el esternón y en los pulmones agotados. Extraño a mi mamá, cada día, cada segundo la extraño dice, y suelta un sollozo seco que le sale de muy adentro, como una rama de paraíso que se quiebra de repente, pide perdón, se muerde el labio de abajo, se compone, me pregunta si tengo mamá.

Cabeza de perro, hocico húmedo y aliento fétido, el pelo lleno de serpientes ondulantes, gordas y espesas gotas de sangre en lugar de lágrimas: hijas de la sangre caliente de un pene cortado y tirado a la tierra con odio y desprecio. La implacable la celosa la vengadora sobrevuelan la oscura noche del mundo con alas de vampiro, no reconocen la autoridad de nadie, enceguecidas de ira castigan y enloquecen en la misma proporción, hacen restallar los látigos de cuero que silban y cortan el aire y la carne, mordisquean la carroña, desgarran el tejido misterioso del que están hechas las almas solitarias.

¿Cómo, cómo decir? ¿Quién? ¿Qué? ¿Hasta cuándo? Reconocer no es lo mismo que identificar. Me lo enseñó la loca del grabador, cama 49 contra la pared. Llegó incluso a entrar en mis sueños con su risa de lechuza, de veleta chirriante, su remera alguna vez verde chillón, hoy pardo deslucido.

Cama 26 pide nebulizaciones o un paf. Sofocada y fervorosa pide abrazos y promesas. Lánguida y lasciva, ronronea, palpita, pone boquita de enamorada, ojos de. Una chifladura que promete un poco de aire, desdramatizante morochaza, las carcajadas le explotan como petardos. Gime y gimotea. Reinventa el amor.

Escucho pasos, pisadas cada vez más rápidas en la calle recta que bordea la Iglesia del lado del muro. Cama 43 con signos evidentes de miedo en los ojos, me mira sin dejar de correr, titubea, se frena, cambia de dirección y se agacha detrás de un auto estacionado. Se lleva el dedo índice a los labios y me hace el gesto de que haga silencio. Me doy vuelta, miro para atrás: nadie. Nada. Calle vacía. Le puedo oler el terror. Toma aire, recupera el aliento y vuelve a correr desorbitada. Huye de sus propios demonios. El camino es tan alto y tan desierto. Cruje la hojarasca. Detrás de la puerta entreabierta de la Iglesia, un santo mira imperturbable cómo se desenrolla la mañana y como el miedo le come el alma a cama 43. El carro se bambolea peligroso en el pavimento emparchado, gritan las ruedas oxidadas, anuncian el desayuno desde lejos. Entre los ladrillos de la parrilla semiderruida crece una plantita, resiste el verdeamarillento entre el rojo y el gris desvencijados.

El siseo del tabaco recién prendido en la pipa de cama 59.

El torpe andar de la prometazina, el robótico paso del haloperidol, la velocísima expansión adiposa del valproato. Carne reblandecida, gestos mecánicos, shac shac chancleta contra baldosa, un regusto agrio en la boca, temblor leve de las comisuras. Cajas de plástico con compartimentos repletos de cápsulas pastillas botellitas y ampollas. Todas obligadas a tragar pastillas o recibir inyectables.

9-13-17-21

Charlotte Perkins arrastrándose por el suelo con el hombro siempre pegado a la pared, da vueltas y vueltas a la habitación amarilla, con todo ese empapelado amarillo desgajándose a su alrededor y el olor amarillo flotando en el aire y sobre su cabeza inundada de loco amarillo da vueltas y vueltas buscando atormentada una salida posible.

Mangueando acáyallá cama 51 consiguió los cuarenta pesos para comprarle una porción de pasta frola al chico de ojos sin pestañas y piel quebradiza que todas las mañanas viene a vender tortas y ensaladas de fruta con una caja de telgopor colgada del cuello. Migas instaladas en las comisuras y bordeando los labios.

Santa Dymphna de Gheel…

Ora pro nobis.

Un grupito se junta en el pasillo. Algo trama la reunión de consorcio comandada por la idea fija de cama 48 que hace flamear un papel frente a sus narices mientras monologa. Argumenta. Presiona. Convence. Quiere que firmen.

El agua del mate nunca alcanza la temperatura adecuada. Filtro y aureola de rouge. Bolitas de pan mojado y hebras de tabaco barato sobre la mesa. Un brillo fijo en el ojo, una suerte de desvalimiento infinito rodea a cama 29. ¿Escucha? ¿Ve? Unas pocas frases frenéticas en tinta negroazulada enchastran un papel de recetario. ¿Escribe cartas poemas notas? ¿Lleva un diario? ¿Un registro de los movimientos del personal de limpieza? Pita con la misma intensidad con la que mira. Silencio salpicado por un silbido entrecortado del tipo asmático. Un caos peligroso, potente, le fermenta adentro, desde el calor de la sangretinta pasando por bucles y circunvoluciones, hacia afuera. Cuerpo trazo. ¿Cómo se escribe si no es de esa manera? La conquista es lenta.

¿Soy linda? Pregunta cama 24. ¿Soy linda? ¿Soy linda? insiste mortificada.

El enfermero de los sábados perdió la cabeza por cama 40. Ella se hace la distraída pero de a poco le va sacando lo que quiere. Su marido viene a verla día por medio. Parece un tanguero: bigotito recortado de retrato sepia y pelo engominado negrísimo pegado al cráneo cual lenguetazo. Del bolsillo de atrás le sobresale un peine de carey y los mocasines brillan que son un primor. Se desvive por contentarla pero ella está empecinada en convertirlo en el causante de su infelicidad, hace todo lo que está a su alcance para que lo sea, siempre al acecho de alguna duda o tropiezo para caerle encima y destrozarlo. Lacrimarum vallae. Enamorada de sí misma, se seca el sudor no con la palma, con el otro lado, lánguida como desfallecida, el pecho agitado finge pena, llora a raudales, exige pruebas de amor mientras lo cuernea con todo lo que tiene patas y le pasa cerca.

Locas de frustración.

Resuena en el tono de su voz, casi imperceptible, un odio acumulado durante varias generaciones. Amasado. Encirculado. Reconcentrado. De albañal. Su culo gordo se desparrama y cae como cascada por los costados de la silla que aguanta como puede. Cuando se levanta la cuerina del asiento conserva el hueco de su culo por un lapso de no más de cinco segundos hasta que la materia vuelve a ocupar su lugar en el espacio.

Cama 39 me cuenta que durante una época se golpeaba la cabeza contra la pared o rompía a martillazos las ventanas de su casa para escuchar el crujir de los vidrios astillándose debajo de sus zapatos. Algún sonido, un sentido de qué agarrarse. Todo el barrio estaba muerto, ni pajaritos ni música ni viento ni voces ni siquiera la bocina del tren.

Espero triunfar, si no es hoy, mañana dice cama 27, aunque todos digan que estoy chitrula. Pasé un montón de años encerrada en mi pieza escribiendo, trabajando en estas letras. Escribe febril y luego me dicta, soy una dictadora, vos te diste cuenta desde el principio y te reíste. Te pregunté por la cruz, acá no cargamos cruces me respondiste y yo supe que este es mi lugar.

Palabras tintineando como piedritas dentro de una lata. Rajadura hendidura escritura insensatez. Los ojos fijos en la libreta, pasmosamente triste, beat, tic, el botoncito de la birome tic tic un racimo de sonidos, el mordisco del Tiempo en el oído. A veces no estoy tan segura de poder mantener la distancia. Apoyo el oído. Late. Vibra. Escriturra de blabel. La extraña la íntima la solitaria música de la locura cacareada por una gallina que a pesar de las alas cortas decide saltar el corral y meterse en la basura. Algunas plumas quedan enganchadas en el alambre, ella igual mueve oronda su culo semipelado, picotea, pic tic, caída de ojos gallináceos y boquita fruncida.

Inhibidores de la recaptación de serotonina contra la cantinela indestructible de la queja.

Envuelta en una manta roñosa, sudada, desorbitada, cama 22 aúlla como una bestia herida, estira las manos para agarrar el aullido que sale de su boca como un viento poderoso mientras avanzan lentas las sombras por la pared que mira al sur. Una sombra le roza la mano, se le erizan los pelos de la nuca. Un sudor agrio le cae por la frente, orejas humeantes, entrechocar de dientes, bruxismo crónico. Hace no con la cabeza. Trepan los fantasmas como enredaderas azuladas como lenguas de fuego helado, llamaradas de odio. Siente terror ante los tormentos del infierno. ¿Es posible? ¿No está ya en el infierno?

Una tristeza queda boyando.

Dónde pongo mis pertenencias dice altanera y con sonrisa volcada a mueca de desprecio. Le habla a la enfermera con aires de patrona de estancia, sus ojos destilan un odio triste y profundo, el andar desdeñoso oculta todas sus inseguridades. La enfermera le indica sin mirarla: cama 55 al fondo.

El humo del palo santo sube fina columna gris sube vertical y luego se desparrama e inunda todo. Flota aún cierto olor a pelo quemado, un cordón de lana roja olvidado debajo de una cama, un montoncito de cenizas, alguna ceremonia puede haber tenido lugar en este sector, magia negra, conjuro, limpieza, ajuste de cuentas, brujería. El poder del destino. Es tan fuerte la necesidad de creer.

Cama 58 dice que son todas gilas. Frunce la nariz y se pasa la lengua por encima de los dientes cuatro cinco hasta seis veces seguidas, tics de drogueta, cobardía y miseria. Viene a esconderse de la cana, a descansar de la calle. Hay un miedo generalizado. La tensión crece, se va poniendo brava la cosa. Te voa comodar la jeta gila de cuarta le dice a cama 32 cuando la cruza en el pasillo, tevoaserpoyo.

Santa Dymphna de Gheel…

Ruega por Frances Farmer y por Janet Frame.

Los ruidos se van aquietando, el trajín. El tedio se adueña de la hora de la siesta. Ni ganas de enloquecer hay. Calma chicha. Los gatos toman sol en el parque con las panzas contra el piso caliente, dormitan un sueño de cinco mil años, sol y piedra, vientito y modorra. La culpa es del siroco.

En lo único en lo que piensa cama 21 es en tirarse boca abajo sobre su cama y llorar, con los brazos colgando a los costados llorar mañana tarde y noche en un limbo oscuro e ininterrumpido, las lágrimas son un río que arrastra peces de colores, yacarés, boas constrictor, al borde del río de las palabras. La apodaron La Llorona, naturalmente.

Todas locas con Ricky, latin lover, se deja sobar, le gusta que se peleen por él, que le guarden la silla, que le escriban cartitas adornadas con besos de rouge rosa estridente. No puede creer su suerte.

Hoy ando medio descompaginada dice cama 35. No se quiere levantar; a las voces se le suman los pinchazos de una otitis mal curada. Me pide que haga algo, le estrujan el corazón, alguien se lo aprieta con el puño. La frazada apolillada de color dudoso sobre el plástico azul que recubre el colchón, ausencia completa de sábanas, marcas de cigarrillo, manchas irreconocibles, un muñeco de peluche aplastado debajo de la cabeza como almohada. Una tanga enroscada en el caño de hierro blanco gotea en silencio. Inscripciones en la pared, su nombre repetido unas diez veces con marcador rojo, algo sobre el diablo, la reina de Oruro, fotos recortadas de una revista y pegadas con cinta: Amanda Miguel y su mirada intensísima, ojos carbón prendido, Maluma y Becky Gé. Dos manzanas mordisqueadas y un recipiente cuadrado de plástico transparente con restos de compota de peras. Una fila eterna de hormigas espera con paciencia su turno para el festín. Compota de esperas.

Cama 25 busca algo en el tacho de la basura, húmedo de tanta yerba vaciada. Busca y rebusca, pasa el peso de una pierna a la otra en un rítmico balanceo imparable de ojotas con medias blancas de algodón. Cama 56 se burla socarrona, le imita los pasos estragados, la hostiga hasta que se ahoga y la risa burlona se le convierte en tos de perro. Las pupilas le estallan de merca mal cortada.

Acá el pucho es plata. El que tiene puchos es rico. Maneja los hilos. Los tiempos.

Dos jugadores de ajedrez mueven las fichas de plástico en cámara lenta, parecen sacados de un cuadro de Cezanne, ensimismados echando humo por los costados de la boca, los codos apoyados sobre la mesa, las cabezas caídas, narigones y con el ceño fruncido, pocas palabras, lo justo y necesario. Cama 36 les ceba mate con ojos cruzados pero manos seguras. ¿No es más divertido el chinchón? pregunta aburrida mientras se mordisquea las uñas y escupe pedacitos de esmalte fucsia. El ojo derecho se le pianta, se niega a seguir.

Ya le sacaron dos hijos. Cae y recae. Esta vez quiere que sea distinto. ¿Qué te quitaron? ¿A vos qué te quitaron eh? vocifera cama 29 con desesperación y congoja y odio. Un silencio se me acomoda en un costado, entre las costillas, ahí queda. Una ausencia tenaz.

Cada tanto cama 31 afila colmillos, se peina las cejas con saliva y lleva a alguna distraída a su nidito de amor de sábanas hediondas.

Una ventana abierta después de la tormenta. La santa rita explota en destellos fucsias. Ir conquistando su confianza, sin urgencias de ningún tipo, buscarla en el escaso metro cuadrado que es su mundo. Disponerme, soportar el rechazo, ir y volver, abrir el oído y esperar. Aprender a callarme, a no impedir . Los ojos vidriosos pegados a un punto fijo y lejano. La marca del dolor en su boca torcida, una congoja encriptada en la sonrisa a medio camino, el cráneo puntiagudo apuntando al cieloraso. Cama 49 en estado lunar rasca la costra pegada en el fondo de la olla de la desolación. Inclinada sobre su visión, algo le canta adentro. Batímelo mujer de ninguna parte, ¡arremangate y soltá! El bálsamo de la huida, la razón infinitizada, fundir y refundir palabras y argumentos, abrir y esperar que la voz rompa estalle haga sonar su propia música, con intervalos regulares de silencio y un jadeo asmático como telón de fondo.

Lloró a lágrima viva, pataleó gritó maulló aspiró escupió rompió desfalleció cétera cétera, siempre consciente de los otros, relojeando por el rabillo el mejor lugar para no golpearse al caer. Su marido se agarra la cabeza, cama 40 no tiene piedad. No es lo mismo soñar que morir. No da lo mismo. El teatro, la farsa, ese es su lugar, ahí se acomoda, eterno subterfugio, palabras chatarra, culto a la sinceridad, Bovary baqueteada y en chancletas habla mientras se acaricia las puntas del pelo, cada tanto se lleva un mechón a la boca, lo chupa, lo mordisquea. Neciasitada. Adornadora. Ojos de trágica. Todos los trucos.

Cama 30 dice que escucha un sonido como de entrechocar de piedras mojadas en la orilla de un río y palabras zumbando como tábanos. Dice que tiene frío, un frío metido en los huesos que se expande y la invade, un frío de hielo de piedra de muerte. Luego cae en un mutismo anonadado con frecuencia lentísima de parpadeo y un titilar de labios casi imperceptible. Afuera los árboles se asfixian abochornados por el calor de diciembre, filtran el zumbido de la ciudad. Un sol inclemente mancha todo. Yo intento flotar sobre el río enchapado de las palabras.

Todos vamos a morir.

Anna ha estado está y estará besando las piedras frías de su lecho por siempre, bella y plural en su cauce oscuro.

 

Lucía Mazzinghi

ph/ Barcelona, 1979  / Humberto Rivas