Todos vamos a morir / Lucía Mazzinghi

 

Escribo esto porque todos vamos a morir. Jack Kerouac. Visions of Cody.

 

ENERO 2019

 

Así crudo y cortito lo dice, claro y preciso, escribo en la soledad de mi vida con los ojos fijos en mis manos trágicas. Kerouac hablescribe en un continuo que es su obravida, la mente fluyendo el corazón roto mientras la lluvia duerme suave sobre la piedra, solísimo, harto de la parafernalia que se generó a su alrededor, arroja la corona de rey de los beatniks por la ventana de un auto que cruza Denver a toda velocidad y se pierde en la noche de sus visiones, se hunde en ellas, con la libretita y el lápiz en el bolsillo de su gastada camisa de franela, sus amigos ocupados en mitines y lecturas, en militancias y revoluciones, él se corta solo, más solo imposible, con los ojos fijos en el hilo blanco de la ruta que lo lleva ¿a dónde? ¿a dónde? no importa a dónde, si no qué y cómo, importa que está solo y completamente mandado a la escritura, aferrado a sus notas, a sus visiones, escuchando el gemido de América en el flap flap del viento contra la lona impermeable que cubre la carga del acoplado de un camión que culebrea semidormido. Cuando sea viejo reinsertará los verdaderos nombres de las personas sobre las que escribió a lo largo de su vida y dejará un largo estante con todos los libros que componen su obra y fue largando por entregas como hizo Joyce con FW hasta conformar lo que llamó la Leyenda Dulouz, su gran sueño, su visión transcripta y recién ahí sí: morirse feliz. ¿Qué cuenta la leyenda? ¿De qué va la cosa? El mundo de la acción, la rabia y la locura pero también de la suave dulzura, todo visto a través del agujero de la cerradura que es el ojo de Jack Dulouz, el alboroto de su vida, el ruido y el vacío, los amigos, la música, la cerveza dorada el café negro los cielos rojos, la ruta, el desierto, los trenes, las fogatas, la soledad, la compasión, la voz la voz la voz. Vamos a morir, todos, tarde o temprano, lo que cuenta es la visión pasada por ese agujero, empiezo a escribir este diario porque si no sigo tocando y retocando la novela y la voy a arruinar de tanto meter mano, escribo porque vamos a morir y para distraerme de las voces de esas locas bellas y salvajes que suenan todo el tiempo en mis oídos y me tienen en trance, escribo para no comerme las uñas, no abrir la cerveza número mil y para que quede registrado en algún lado ese olor mezcla de pucho y mandarina, de encierro y extravío penetrando mis fosas nasales, mis poros, mi piel, el hospicio impregnándome, la locura, la desolación, esa cantinela de la que no puedo escapar.

 

Decidimos pasar unos días en el campo. En el auto: Calamaro, Babasónicos y un poco de bossa, en la ruta me gustan las canciones para tararear, mate, bizcochos salados, la pampa lisa y seca nos envuelve, jugamos el juego de las preguntas, qué serías si no fueras persona, qué harías si te regalaran un millón de dólares, qué elegís dulce o salado día o noche ser ciego o sordo, cuál es el mejor invento de la historia, contá tres deseos, tres fracasos, tres cosas que te llevarías a una isla, cinco nombres de mujer que empiecen con A, cinco deportes que impliquen agua, cinco árboles con flores blancas, cinco nombres de bandas metaleras. La conversación se va apagando como se apaga un fuego, quedan restos de palabras calcinadas con tufillo a humo, algún chisporroteo. Después: silencio. Lou Reed, siempre Lou, suelto, solo, proyectando su sombra corrosiva sobre el flower power, raspando las cuerdas de su garganta y de su guitarra hasta que revienten de dolor y oscuridad. Hay papeles de sugus por todos lados, libros, dibujos, lápices, cartones de jugo, una muñeca colgada de la mano dormida de J. Atrás van quedando los árboles brutalmente podados y con la mitad del cuerpo pintado de blanco que hay en las plazas de todos los pueblos perdidos en la inmensidad pampeana, ventosos pueblos de vacas mascando con el culo apuntando al sol mientras un rastrojero rechinante levanta polvo y canta la canción del verdor que se extiende, el Tiempo arañado por miles de cardos con flores color flor de cardo porque no son exactamente violetas ni tampoco lilas, son color flor de cardo. Enero, estación suspendida, nubes amontonadas en el fondo, aire electrificado, frenamos en un montecito de eucaliptos a estirar las piernas un rato, cambio la yerba, las chicas corren y asustan a una garza de pico largo que levanta vuelo, el hilo de un río muestra en sus bordes plásticos y celofán, tapas tapitas tapones, un girasol desdentado, peludo y reseco, el envoltorio de un paquete de spaghettis Don Vicente, lata oxidada, botella de coca cola y lata de nesquick. Falta lluvia. Le cuesta florecer a la verbena. Todos arriba, seguimos. Galpones de chapas ardientes crujen y crepitan, silobolsas como gusanos gigantes duermen al sol, piletas IGUI paradas al costado de la ruta, muertas de sed, el celeste chillón desteñido y reseco. La resolana nos deja ciegos. I. mira por la ventana ensimismada, ¿qué piensa?, el silencio se agranda, el secreto, el misterio de su mundo interior que nos va separando, qué rápido crecen. Trago polvo y cenizas, el aire quema, arden los pulmones, se abre la memoria lejana, fogonazos, pampa inmensa, apaisada, infinita como el mar, pampa crujiente como un pan, amarilla anaranjada marrón parda pampa.

 

Se me cierran los ojos, es difícil ver con tanta luz.

 

Cruzamos el pueblo desierto al hachazo de la luz del mediodía. Cantidad de habitantes según el último censo: 1469. Cantidad de perros: debe arañar los 1000. Motitos también. Camino vecinal. Eucaliptos a la vera. Madrigueras con bichos diversos: cuises liebres mulitas víboras algún lagarto. ¡Mirá! ¡Mirá! ¡Gallinas! ¡Gallinas! La escuelita N6 flanqueada por dos sauces cerradísima en esta época del año y más allá un rancho desvencijado con un gallinero dirigido por un gallo negro pendenciero y gritón y al lado un chiquero de cerdos grismoteado gigantes. Un pibe con shorcito de fútbol y en cueros nos saluda trepado al alambre con una gallina apretada contra el pecho. Tierra y piedra y un sol rotundo caen sobre las cosas, la piedra y el árbol, restos desperdigados, la gallina Belinda pic picoteando, clo cloqueteando. Ellas también van a morir. ¿Existe animal más estúpido? Quién es más pusilánime: ¿la gallina o la paloma? Respuesta: la paloma. La gallina conserva el milagro, la maravilla del huevo. La paloma ha perdido su antiguo brillo asociado al espíritu, queda el gorgoteo ese que hacen con la garganta, el inútil picoteo infinito y las alas llenas de piojos.

 

Horizonte hasta el cansancio, hasta el hartazgo, hasta que te das vuelta como una media y surgen las preguntas, el estado de pregunta, las dudas, el vacío, la pérdida. La montaña no te da esto ni a palos, es demasiado pintoresca, demasiado imponente, es la pampa salvaje con su cielo inmenso la que te pone en estado de resonancia. Chispea, crujidos de electricidad en el aire.

 

El sol se hunde en el espejismo de agua, incendiado, gigante.

 

Aunque dije que no iba a tocarla, traje la novela impresa y unos cuantos libros: los diarios y poemas de Casas, Magnetizado de Busqued, el FW versión Zabaloy para hacer listas de palabras, un libro sobre Lucía Joyce y un par de libros de Celine que conseguí por una módica suma en mercadolibre. Lucía Joyce pasó sus últimos 40 años internada en el Hospicio Saint Andrew´s, en Northampton, Inglaterra. Cuando murió fue enterrada en el cementerio del hospicio, al lado de la tumba de la irlandesa Violet Gibson quien fue encerrada en 1926 por intentar asesinar a Mussolini mientras caminaba entre la multitud en la Piazza del Campidoglio. Me encanta encontrar estos datos perdidos en la inmensidad inabarcable de internet, rescatarlos del más absoluto olvido, anotarlos, conectar, el padre, la muerte, Irlanda, Italia, el hundimiento, la locura.

 

Perros, muchos, todos distintos, raza perro de campo, piolas, avivados, obedientes, rápidos y fibrosos, hay uno solo medio tonto medio pesado con los pelos llenos de ramitas y abrojos.

 

La víbora sale todos los días a la misma hora a tomar el sol de la siesta, estira su cuero amarillo y verde y negro lustroso sobre la piedra caliente y se queda inmóvil durante un rato largo con los ojos sin párpados completamente cerrados. Nos hicimos amigas, le pusimos de nombre Anacleta, cada tanto nos medimos por el rabillo, ella saca su lengua bífida y me corre un escalofrío por la espina dorsal pero sacando ese momento aterrador, convivimos en paz, mantenemos la distancia justa. Aaa-na-cle-taaa toma sol en tee-tas cantan las chicas poniendo todo el acento en la última palabra y se matan de risa.

 

Teta pito caca culo pis: carcajada infantil asegurada.

 

Me gustaría que hubiera gallinas para poder estudiarlas de cerca. Me gustan las entradas de la gallina en Locas. En un primer momento pueden parecer disruptivas pero tienen su sentido, en especial como homenaje al FW y a la gallina Biddy Doran picoteando pedazos manchados de papel escrito y cacareando letras sueltas con las patitas hundidas en el barrosabornaranja. Meses enteros rastreando a la gallinita en el FW, todas las marcas rojas pertenecen a Doña Turuleca: gallina juguetona y musical perfora tímpanos con pico de hierro, carcajea, recombina, escribe, salva y enloquece, dice no cuando es sí y sí cuando quiere decir no. Doran en gaélico significa exilio. En la vieja balada irlandesa sobre el velorio de Tim Finnegan, aparece Biddy O´Brien alabando el cuerpo muerto de Tim. Cuerpo y letra en el exilio. Otra vuelta para la gallina que es más que caldo que calma, más que ponedora, es una y múltiple, también están la gallina negra de Poe y la que pone Kerouac en la choza color miseria de Tristessa picoteando con ojos drogados la tierra reseca debajo de su cama, esa escena sola alcanza para entristecerte un mes entero. Tristessa es Esperanza Tercerero y es también Billie Holiday, la virgen María, Hope Savage, Maggie Cassady y Mardou Fox, una y todas, como ALP, como la gallina.

 

¿Perón removió a Borges de su cargo como bibliotecario para nombrarlo inspector de gallinas y huevos en 1946? Sí, lo hizo. Otro dato sacado del océano infinito que es internet.

 

Releo lo que escribí. Este diario se está convirtiendo en un muestrario de animales y bichos. Me hundo en Celine. Con la segunda pava de la mañana encuentro este grito de guerra. ¡Encuentren el pálpito, carajo! ¡Transpongan o es la muerte! La torre de blabel, de blablá, babeante bíblica babosa baladí contra la lengua domesticada, programada, eficiente, frita y refrita. Son corderitos tan cartesianos, que lo que no esté bien entendido, admitido, del todo conforme. ..¡pura y simplemente no existe!…¡solo lo que está bien entendido cuenta!… Oír oír oír, Celine, ti prego, oír y transponer el habla hospicio, don de lenguas locas.

 

La cocina a oscuras, inundada de raid para matar las moscas post almuerzo.

 

Los eucaliptos crepitan achicharrados por el calor. Medio floja, medio dulce, enceguecida de luz, cierro postigos, busco el fresco de la oscuridad, un respiro. Las chicharras pasan diecisiete años viviendo bajo la tierra y solo se asoman un mes para ver la luz del sol. Atraídas por el canto de los machos, salen de sus cuevitas y se aparean durante cuatro semanas seguidas, apenas comen, obviamente no duermen, cantan y se aparean, se aparean y cantan al sol y al desenfreno, y luego mueren, agotadas pero felices, canto que se hace cáscara, orgía de final trágico, ritual que se repite cada diecisiete años exactos, chicharras previsoras, se preparan pacientemente para el amor… ¡Pronto moriré! gritan moviendo sus alas transparentes con bordes naranjas ¡pronto moriré! ¡pronto moriré!, se desgañitan enloquecidas de amor y de espanto.

 

Mima. Con estos kilos de más que cargo, la silla de la cocina es bribona dice entre risitas que se le escapan por los dientes picados. Se sienta sobre un cuero de oveja apoyado sobre un pedazo de eucalipto gigante hachado con forma de trono, apoya los pies sobre el caparazón de un tatú. Reina sobre su rancho, molino, tanque australiano, montecito, tres hijos, dos nietos y cuatro perros. Le da chupadas fuertes al mate dulce y me ofrece una canasta con tortas fritas recién sacadas de la sartén.

 

Un ímpetu extraño me empuja. Arranco mis caminatas una hora y media antes de que caiga el sol. Camino y camino, voy trazando diferentes direcciones, me oigo respirar, acompasar el paso y el oído, entrar en ritmo. Calculo las distancias por el color de los montes. Atravieso un bosque de chañares petisos y fuertes con uñas de jabalí marcadas en los viejos troncos resecos. Las puntas afiladas y desnudas de las ramas amenazan a las nubes. El té de corteza de chañar te abre los pulmones y cura las alergias. Sigo por un lote sembrado de maíz. Semiescondido entre las plantas el esqueleto de un caballo blanqueado por el viento el agua y el sol. Me guardo en el bolsillo un diente reluciente del tamaño de una ficha de dominó. Retomo el camino, mis huellas marcadas en la tierra, babas del diablo flotan y se pegan a lo que encuentran, la sombra de un molino gira con un chirrido suave. La laguna explota de verano y bichos: garzas, flamencos, patos barcinos, cisnes de cuello negro, teros en los pastizales rompen el espejo con sus gritos amenazantes, protejen sus huevos, multiplican los soles. Los teros siempre están en otra parte. Perdida en la lejanía, disuelta en la música, la tarde ardiendo en cobre y rojo y verdeazulado. Brian George Saint John Le Baptiste La Salle Eno. El viento deshace lo que queda.

 

Invoco a los espíritus protectores de estas tierras. Los grillos serruchan el Tiempo. La forma de un relámpago es el camino más rápido que ha encontrado la luz para dar su estocada y retirarse. Muestra y se va. Es todo tan rápido que no se puede imaginar.

 

Siempre hago una pasada por la biblioteca del pasillo que tiene los Corín Tellado chiquitos y me llevo alguno para releer.

 

Casas me parece un bodrio. Empiezo lista Zabaloy: ¡Gozograntido! Risoñante brumitad escribicidio literasura chirrería chisporroteada trotacalles encantilado agitolvido cruelficción.

 

Explicar FW es como querer explicar un perfume.

 

H.S.: todo el Finnegans Wake, es una cebolla. Si uno le va quitando capas, en el centro no hay nada. Pero, en este caso, uno la pela y la resonancia está en las capas que caen. Resonancias que se encadenan. Resonancias de las resonancias. Todo el cuerpo-lenguaje está puesto ahí. Resonancia siempre incumplida. Plurabelle siempre será que será.

 

Joyce: buscador del nido del mal en el seno de una buena palabra.

 

Caminata larga a la laguna del fondo. Acá el viento arranca y no para. Es un soplo de fragua. Lloran los sauces a ritmo acompasado con las ramas caídas barriendo la laguna barrosa. En el centro los patos giran en círculo antes de hundir los picos en el agua buscando qué comer. En la orilla algunos pescados mueren boqueando, sus lomos centellean y crujen, secos por el sol y la sal. El polvo formando una nube y envolviéndome, por momentos borrándome, el polvo subiendo y después cayendo como un manto sobre mi cabeza achicharrada. Bulle el mosquerío sobre un bulto maloliente.

 

Pan salame y queso con mate. Viento norte caliente sucio sacude las moscas, se cuela por los chifletes, enloquece. Leo, hago notas, tengo tiempo. ¡Qué bendición tener tiempo! Un chimango grita contra el viento. Retiemblan vidrios y ventanas, polvo arremolinado en los rincones, se doblan las acacias y los álamos plateados hacen ese ruido como de agua que corre. Me gusta el olor a zorrino y el tintineo latoso que hace la tapa de la pava.

 

Poema de vientos

Williwaw Tuvalu Lakawa

Siroco Arashi Matanuska

Blizzard Sonora Nashi-Nashi

Pampero Biruji Sudestada

Zonda Levante Maledetto

Rok Pulche Monzón y Tramontana.

 

El placer de soltar la rienda. Todo se desvanece alrededor excepto el viento y el cuero áspero entre los dedos y algo animal de músculos y tendones, de ligereza y ausencia de miedo. Olor a potro. Sonido de cascos amortiguado por la tierra, quebrando los tallos huecos de los cardos secos. Cuerpos sudorosos tragados por el polvo suspendido, las colas agotadas espantan tábanos a lo loco. Laten los flancos, la espuma del roce con el cuero es caliente y tiene los bordes amarillos. Hay tres alazanes jóvenes y flacos, con jopos como los que usan los adolescentes porteños, un zaino, un tordillo plateado, un gateado y un bayo nervioso que ya le hizo morder el polvo a tres o cuatro, el freno le tintinea, larga humo por los ollares, tiene ojos esquivos, ojos de traición. Mi preferido: el lobuno, sucio lobuno de crines con abrojos y galopes largos. Buscamos rastros de pumas zorros o jabalíes. Cuidarse de las jabalíes hembras, dicen que son las más feroces. ¡Cómo si me fuera a dar cuenta si es macho o hembra! Alguien dijo que hace unos días le pareció ver un avestruz, sus plumas grises mimetizadas entre los tallos de los cardos. No sé si hay avestruces en esta zona.

 

Susurran las casuarinas, cuentan secretos. Árbol que habla le decían los indios.

 

Los bordes de las nubes son cintas doradas ardiendo de luz, la última resistencia contra la oscuridad es sangrienta y aterradora. La lucha es cuerpo a cuerpo, el loco pulso de la belleza y el horror. Después cae la noche como una cortina de metal azul húmedo. Azul Ming. Clanc. Pasa el fantasma de todos los veranos muertos. Deja un halo frío y vacío como el gualicho, una leve inquietud inespecífica algo que te eriza el espinazo. Hacemos un fuego inmenso.

 

Cuántos fuegos hipnóticos hicimos en el baldío cerca de la casa de mi infancia. Millones. Nos pasábamos el día ahí, de espaldas al Tiempo, el baldío era refugio, escondite, cancha de fútbol, lugar para tirarse panza arriba a ver pasar las nubes comiendo Stani masticables sin parar o mandarinas dulces al sol de la siesta. Trepábamos al roble, tirábamos con el aire comprimido a latas, botellas, pajaritos distraídos, hacíamos casitas encima o debajo del árbol, escondíamos tesoros en pozos hechos con una pala de jardinero robada de alguna casa. Ahí diseccionamos bichos de todo tipo, hicimos guerras de bombitas de agua en carnaval, festejamos antes de ir al obelisco, gritándole a los pájaros, a los yuyos y a las cenizas viejas que éramos campeones del mundo con goles del Tata Brown, Valdano y Burruchaga. A la tardecita hacíamos fuego y nos sentábamos alrededor: con los ojos chinos de humo contábamos chistes, historias, secretos, hasta que se hacía de noche y ahí virábamos a historias de terror cada vez más tenebrosas. Antes de irnos le echábamos tierra al fuego, más el pis de los varones que hacía sisear las brasas. Volvíamos pedaleando como nunca, envueltos en el olor de los limoneros y el jazmín de leche, las sombras de las ligustrinas eran bultos fantasmales, ladridos, croar de sapos en las zanjas, ulular de búhos en plena cacería, la rotonda con el farol torcido, la piedra blanca bajo el jacarandá, ¡a salvo! Cruzaba el portón con el corazón a punto de explotar.

 

Si no existiera ese baldío, lo inventaría.

 

Si entrara otra vez a esa casa, haría pozos en el jardín para ver si algo de ella quedó enterrado ahí. No me animo, soy la única de los cinco que no lo hizo. No quedó nada, estoy segura, porque todo ahí es ella, mi infancia perdida.

 

Piratas estaño sopera miel lucero. Lola mares pasto limonero.

 

El olor de la carne en la parrilla me despierta un hambre atroz. Carne que come carne. Este es mi cuerpo, ésta es mi carne, mi sangre ahí ardiendo entre tanta oscuridá: la grasa goteando sobre las brasas crepitantes. Ttsss psss chisss, profetas del veganismo: abstenerse. Las vacas mueren en silencio, no hacen escándalo como los chanchos. El interior abierto de una vaca, armazón colgado, vísceras violetas, cortes con veinte tonos diferentes de rojo, grasa blancuzca, amarillo verdosa, goterones de sangre oscura caen a la tierra y la convierten en barro espeso. Bacon decía la gran belleza del color de la carne.

 

Una bandada de mariposas amarillas vuela al ras del suelo.

 

Releer Mansilla con el ojo atento a las rastrilladas y guadales, a las cañadas y fogones hechos de leña de chañar o algarrobo alpataco ardiendo en la sobriedad triste de la pampa vasta. Y los nombres: Laguna Alegre, Monte de la Vieja, Zorro Colgado, Laguna del Pollo, Mula Colorada, Laguna Del Bagual, Las Totoritas, el Bajohondo, el Machomuerto, inolvidables, simplísimos, bellos y sonantes nombres. Cuando estoy frente a un pretencioso siempre me acuerdo de un comentario en las crónicas que escribía para el diario Sud América: había vuelto de Europa y se quejaba de los tontos que van a Europa baúles y vuelven petacas: y comment se llaman éste chose Bianchi que ponen les galin? Por no decir huevos. Qué estúpidos podemos llegar a ser los humanos. Qué infatuados. También: El Entenado con ese río liso y cimarrón, los indios hechos de barro y luz de luna, de indigestión caníbal y orgías alcoholizadas, las barrancas cortadas a cuchillo contra el agua calma y detrás: una planicie infinita confundida con el cielo. China Iron y La espada de pasto, la difunta Correa, nuestra Ginger de tetas abundantes. Ginger Jane es el nombre que le pusieron al más antiguo y completo cadáver humano del mundo (otro dato rescatado de FW). Sus huesos estuvieron secándose bajo el sol inclemente del desierto durante cinco mil seiscientos años aprox. Ahora descansan en una caja de vidrio reforzado dentro de un museo en la neblinosa y fría ciudad de Londres.

 

Repasar todos los cielos de Mastronardi, las cosas recortándose contra las diferentes horas del día, la saga de la Luz. Mi riqueza está hecha de vacíos anota en su cuaderno, década del treinta. Nadie elige títulos como él. Tratado de la pena. Luz de provincia. Tierra amanecida. Conocimiento de la noche. Registro la epifanía Mastronardi que relata Petrecca: en el patio de la casa de sus abuelos maternos, un 7 de octubre de 1909 (día de su cumpleaños) miró con tanta intensidad el cielo de la tarde que le quedó grabado para siempre el color de la luz. No dejó de perseguirla y escribir sobre ella durante toda su vida. Termino de anotar estas palabras bajo el sol rojo y violeta de un atardecer de sábado caluroso en la provincia de la pampa república argentina américa del sur, occidente, planeta tierra, sistema solar, vía láctea, Universo.

 

¡S.D. te invoco!

 

No quiero morir, no.

 

Lucía Mazzinghi

Ph / Georges Seurat, Árboles