Elia (VI) / Hugo Savino

 

Sucesión de mañanas en el resplandor y en el arranque el mate, y después, ese después de todos los días en las voces que creía conocer. Las del tiempo a medio camino o las ausentísimas. Y después, más después y un insistir, aquí, en esta cueva del tiempo.

 

En un lugar del mundo hay alguien sentado o dormido ante un tambor que hace de brasero, brasero invisible para los que discuten acerca de construir o no una peatonal en pleno centro de la ciudad para que los educandos paseen a su bebé.

 

El hermano del guarda-espalda se sentaba en la sillita baja, en la puerta de la papelería-librería y  miraba el mundo. No necesitaba largavista porque solo vigilaba esa esquina precisa, Lavalle y Paláa. Rabo del ojo a los que iban de la calle Constitución, por Lavalle, hacia la Avda. Mitre, pero los perdía de vista antes de llegar a la mitad de la calle Lavalle. Miraba más intensamente a los que iban por la Avda. Paláa desde  Alsina hacia Mariano Acosta. Pero ya cuando pasaban Berutti los iba perdiendo de vista. Pero también rabo de ojo medio cerrado a los que caminaban por Paláa desde Mariano Acosta hasta Alsina. A estos últimos los veía muy muy bien,  hasta que doblaban a la derecha por Alsina hacia los Sietepuentes o por la izquierda hacia Avda. Mitre. Pero era algo que le hacía un nudo en el estómago porque sentía que entraban en el hoyo del día. Pero se disipaba rápido porque a las doce del mediodía, en sentido inverso, ¿queda claro?, desde los Sietepuentes, por Alsina hacia Avda. Paláa, donde doblaba a la izquierda y empezaba a caminar por Avda. Paláa, muy despacio en dirección hacia la sillita del hermano de matón, venía un ex-jugador de Independiente, sombrero marrón,  que había sido una gloria del futbol amateur. Y le decía buenos días y toda su reminiscencia se organizaba hacia el futuro inmediato de la cena donde le dirá a su hijo que el veterano o viejo jugador lo volvió saludar. Calesita de los saludos.

 

Hay secretos de fabricación que solo se transmiten de uno en uno, como el maquillaje blanco de un clown. Lo inventó el clown Alexis y se transmite de clown a clown y en el medio nadie sabe de qué va.

 

Pipa e´Moco, viejo del umbral, hápax de Avellaneda.

 

Elia evita la guerra de los otros. No se deja meter en esa red. Ir por los santos detalles. Entrar en el océano de los detalles.

 

Los atorrantes, los vagos de camino o de calle golpeados por la policía. Es ronda de vagos contra ronda de policía.

 

No conozco la libertad de no hacer nada.

 

Gloria: nota de cuaderno: «Lentísimo aprendizaje, concentrado, doloroso, el de dejar que la gente haga su papel, que lo desenrolle, que hable, que suba al escenario. Y que se aleje en su papel. Todo va mejor cuando la gente puede representar ese papel que aprendió. Hay que dejarlos aunque a veces lleve horas.»

 

Tradición de entrar en la valija del tiempo, o borrar más lo borrado, o abrirla, o seguir la tradición del tiempo, hay varias, o  escribir debajo del tiempo, o repetir lo repetido, o leer el rollo heredado, y escribir abajo del Puente el poema de los perdidos. Y no lo que se espera. Escribir el poema de la madeja propia. ¿La queja de la radio que sale de las ventanas es la queja del Tiempo ido, o del Tiempo que se irá?

 

Cuando Gloria camina con Pipa e´Moco y cruzan a los borrachos dormidos saben que no esperan nada, o si esperan, es que algún policía barrial los haga circular, los mire de soslayo, declare inapropiada esa asociación. Los juntó la ley de la soledad secreta incontable, masticada en lo rincón de lo que se anota.

 

Barracas es muy vieja, sin cantilena de chimeneas, ahí, desde ese vacío medio escarlata medio rojo chillón medio  ombligo del vacío, Lola le manda mensajes a Elia.

 

La luz que viene del río alegra la esquina.

 

Y el río, ahí,  amarronado y aceitoso tiene sus orillas y brilla en la mañana de otoño. Es el testigo o la marca de lo que precede. Canto de lo que precede. Ningún olvido se lo tragará.

 

Poemas del resentimiento que se escriben en la calle de la lluvia. Elia se hace su propio Monasterio, ahí, en el medio del barrio, contra la manía monolingüe del rejunte de los falsos abrazos, se inventa sus propios dioses ¿desde cuándo? y sus propios santos.

 

Escena dickens: Estábamos en la mesa de encuentro y hoy  se profundiza la ausencia del ausente y yo esperaba llegadas que no llegan en esa casi noche de figuras invernales que no entran al café.

 

Y hay lo mismo que me repudre, lo tradición letanía de literatura argentina y lo mismo que se pone en movimiento y se quiere comer todo.

 

Luis Cardoso: Gloria no me olvidarás. Que la eternidad no te coma.

 

Escena dickens: Los aplastaron los metieron bajo el poder de la limosna y ellos escondieron la cara los desheredados.

 

En la esquina a doscientos metros del riachuelo, en nuestras cadenas familiares, ahí sentados ¿de qué nos acordábamos en los silencios del pasado? No había tiempo, los perros guardianes del yugo nos buscaban en sordina una confesión final, la que no queríamos dar. El chucho de hablar de más, el chucho de tentarse e incluirse, de no saber callarse.

 

Escribo esta crónica que no me pidió nadie y que ya tiene sus detractores y la soledad está en cada una de sus frases es una construcción que le debe mucho a otras construcciones es la crónica de esa leyenda del patio y mi mano derecha la escribe en libretas y cuadernos y es una repetición de muchas escenas de otros libros y de detalles exactísimos de situaciones del pasado que nunca escribí y hay insultos y una defensa de mi locura contra la pesada locura de esos cosos que reclaman lugares esos faustos berretas medio canas medio mendicantes pero hoy este cielo azul perfecto de este lado del Puente es lo único que me interesa y sé ahora sé que este río riachuelo no es el Concord de Thoreau pero no importa cada uno tiene sus inundaciones el Matanza desborda en Avellaneda todavía no salí de aquí franeleo con mi sueño de felicidad pero tengo que irme cada uno de nosotros tiene que irse solo mi manera la que tengo ninguna otra y no tengo la virtud por excelencia de este gallinero de artistas ciudadanos esa que es desenvolverse bien en la vida sacarse el saco y subir a una tribuna así que como aburro lo pongo todo acá y espero no salir de mi sucucho para calmar a los falsos amigos que te reclaman para dejarte tirado solo por la manía de saber qué hacés en tu retiro.

 

Elia investiga dos vientos: el Bora y el Nordet. ¿Habrá libro sobre vientos? Es lo vagamente indeterminado de sus pensamientos. Calores del Bora que ponen de malhumor a las mujeres.

 

Los eternos proyectos de repaganizar el gallinero literario inventan el mejor escritor de su generación cada cinco años. Lo dijo el monstruo, repaganizar sin ídolos es imposible. Y después descubrís la devoción mentirosa, y la lectura mentirosa más la manía gallinera de la clasificación, y es una liberación, y ya no vas ahí donde lo tuyo nada vale, es un largo aprendizaje de clandestinizarse, de no contar nada de lo que uno hace, no abrirle la puerta a la gallina mañanera, familiera, tentadora, tribu de desesperados del reconocimiento, mendigos de publicación, jóvenes editores que chapotean en la lectura de manuscritos, egresados de la corrección y el consejo que quieren tu cabeza Elia, para colgarla en el Cabildo, cruzada patria del editor, el poeta y el novelista joven para disciplinar el desacato, domarlo, bajarle el copete, hacerle pagar el don del lenguaje. Clásico y fatal. La desesperación del degüello que aprenden en las clases de parodia.

 

Y hago unos pocos ejemplares en Lonesome traveller press y pasamos a otra cosa, impreso en papel barato, letra calibrí, despoetizante, de pocos ejemplares, una intimidad lectora de un horizonte vago, desconocido, perdido, no comercial, libre del delirio de la marginalidad o de la exclusividad, de escuchar mis ecos, solo mi estupidez, ahí, el ridículo del poema al aire botella al mar, ese consuelo, todo el inmenso sainete del laborioso que rasca en la poesía. Prefiero los bebedores de agua a los borrachos, cómo me aburren los borrachos y su apología del vino. Cómo me aburren las apologías del orgullo, de la timidez, del pudor, del justiciero, del que sabe leer, del matón intelectual, del trabajador, del artista de vanguardia.

 

Mesa de encuentro: de soledad a soledad, de notas divisibles y múltiples a notas indivisibles y fijas, todo a líneas que se cruzan y hacen saltar puntos luminosos imperceptibles, imperceptibles. Todos ahí, en la ventana de soledad.

 

Y la luna está ahí colgada en Avda. Pavón y Mitre. Sola, atorranta, enceguecedora, reverberante, en esa noche de puntos luminosos y con Jasus en el medio mirando a Irma que ardilla carriego nerviosa manda a todos a la cama. Una escena posible en algún vacío.

 

Lo dejo en la estacada, al lector. No siempre. Me pierdo. Pero también me quejo de cierto abandono, sé que está el lector vengativo, elogia y somete a una disciplina de estilo, algo así, quiere más de lo mismo, la fosa de piojos de Claudel.

 

Gloria, aire de perla que ningún mar se tragará, se levanta en el hueco del tiempo de ese día preciso del otoño. Empieza la ronda irreal de su trabajo. De su herida para la eternidad. Que ya no es irreal. Una melancolía que hay que llevar en silencio. Disimular. Gloria no se suma. A lo lejos el chuf-chuf de un tren de carga que va hacia el viaducto de Sarandí. Es un vaguísimo ruido matinal.

 

Desayuno y tostadas y mermelada y el camino del yugo, la ronda del dinero. La ronda del realísimo. La ronda del sueldo apenas contante y sonante, karma del mostrador de la relojería joyería, karma ancestral de familia atrapada en el círculo de la víbora patrona que paga apenas, el estanque de ranas verdeclaro y croantes estuvo siempre lejos.

 

Y no contará Elia, si se hace poeta, con ese lector agitado y devorador que solo quiere la persona, que se escriba como persona para él. Es lector de personas. De escritor payaso que le confirme su chifladura lectora del mismo libro en cada libro. Es el lector tipo rebelde siempre dispuesto a escribir su oda al patrón, si uno le rasca la textualidad, lo evoco en su agitación, en su entusiasmo, en su exaltación de la equidistancia, de la medida, las palabras se hacen chatísimas en su cantilena, se caga tres veces en la línea, en la imaginación, se abroquela en su obstinación conferenciante, pero sabe algo, sabe buscar el alma de poeta que todos llevan adentro, esa delicadeza criminal, esa furia dormida del mendicante de elogio, perdido en su poema imposible que espera ese lector académico entre loquito y aburrido, suspiro de lugares comunes con los que bendice al futuro Elia si se anima a poeta. Es un futuro posible.

 

Callecita de Avellaneda, barrio evocado, ahí te quedarás en las zapatillas de paño imitación escocés, y está bien.

 

Gallinas putas ponedoras gallinas italianizadas necesito esta libertad de evocación gallinas.

 

Presencia de la luz de la mañana, del viento de la carestía de la vida, poco pan blanco, azúcar racionada, mucha papa y pocas verduras. Trajes regalados, traje color café con leche, la figura del pariente pobre corre de generación en generación, es lo única hoja al viento que va de generación en generación, no se puede despintar de la historia familiar esa fábula realista, la fábula es incontenible relato de la sobremesa, sainete heredado.

 

En el sol raído de la tarde. En la esquina lluviosa de Paraná  y Sarmiento, buscando una ferretería. Pero eso fue después.

 

Las piezas donde vivimos –  los olores  – los roperos, altos, marrones, espejos de luna. Paredes gruesas, poquísimas ventanas. ¿Todo perdido termina en un sucucho? No necesariamente. Pero sí.

 

Mesa que conviene a estos rezagados de todo, a estos ausentes del teatro de lo amigable. Decididos a aguantar la acusación de misógino. Mesa de anti-Faustos. Mesa de la comunión de distintas negaciones. Mesa de los anti-mandatos. ¿Non serviam? Y sí. Solo hay mentiras seculares. Mesa de los cautivos. Que buscan el paso. Ni dar lecciones ni recibir.

 

Nota de Gloria: «Tengo que aceptar esos períodos intermedios en que no soporto nada. El mundo solo quiere hablar.»

 

Los maniáticos de la exclusividad no leen. Chapotean en la vigilancia y en el desprecio de los lectores que no tienen.

 

Familia de relocalizados. Familia de remendados.

 

¿Dónde está Raquel?

 

Elia escribe ofensas.

 

Constitución es el puerto de salida. Infinitos trenes que entran y salen, infinitos sueños del Elia que se asoma al hall  y vuelve al barrio. Paso tímido hacia las luces del centro y camina como una sombra delgadísima, armonizada y flota en el sueño del irse, una noche en esa esquina recortada.

 

Trajes guardados en naftalina.

 

Y el nacimiento está ahí – marca en el orillo – marca en el cuerpo – marca más marca. Escribí, un poco megalómano es verdad, que no acepto invitaciones a escribir en revistas de tipo escolar, pero igual cada tanto algún figurón me tienta, pasa por ahí, me ve solo y leyendo y se le ocurre que puedo escribir en su revista de jóvenes a los que les dictan la letra. Le da curiosidad, esa curiosidad de cana de la cultura, que quiere asegurarse de no perder nada. Futuros profesores de algo. Futuros censores. Me quiere joder, poner en la fila de los mendigos de centímetros en revista.

 

Nota de Gloria: Hoy me resulta insoportable la gente que tiene más plata que yo.

 

Floro llegaba al café Maipú y se iba a un rincón, agarraba una silla, bajaba la cabeza, leía el diario, y cada tanto escuchaba las voces de la mesa. No creía en ningún hilo de la salvación.

 

Enagua corta era la moda, si la lleva. A veces sí, a veces no. Y miedo al delirio de soledad. No a la soledad. Por eso nunca se agarró a ciertas palabras. No al alma, al alma femenina, al coinqulinato con las amigas a la hora del té, o a los destellos del alma confesante, y menos amigas del alma. Nadie va a entender por qué la insistencia en ciertos libros. En el recuerdo, solo heroínas, evocadas en las notas, esperanza de esas secuaces, evocadas en las conversaciones de la mesa, y la obstinación Gloria en no te reconozco secuaz a casi todas las sensibilidades intrigantes. Tampoco iba a ocuparse de esa ruina balzaciana que son los hombres. Además sabía que nadie te desdeña directamente.

 

Todos estos tipos entraron en el  camino que está por debajo  de la línea de cualquier comunidad o colectivo, eso que románticamente llaman la mala senda, y sí, ahí entraron, y ninguno tenía intenciones de desandarlo. En este café poeta, artista, héroe del trabajo, no quería decir nada. Nadie esperaba nada porque no había nada que esperar por debajo de cierta línea. Solo abrazo del camino equivocado. No sufríamos el síndrome de no estar nunca a la altura de algunas nociones literarias.

 

No había casitas obreras para nuestras familias. Era lo único nuestro. Ese no tener. Tampoco éramos un fenómeno único, y nadie vigilaba lo que hacíamos. No sufríamos de esa impostura literaria. Solo descarnadísima y alegre soledad levítica. Voluntad de ostracismo.

 

Arpías burguesas de las ilaciones barriales mirada de berrinche tic a Belcebú intriga de los celos en el alma liebres chismosas de la esquina usina de difamaciones todo fundado en hipótesis falsas deducciones sobre hechos no comprobados. La malicia que sale de las grandes hipótesis no comprobadas de las lecturas borreguiles, esa piel de víbora de la confianza traidora.

 

El verosímil marmota vive en el retinte de lo hecho, nunca ve a todos estos que avanzan callados, de a poco, en cuadernos y notas, solos, toques contra la melancolía, contra la falsa excelencia, contra el deseo monolingüe de la bestia nacional, las bandas de la piojería difamadora, notas secretas de una urgencia sin declamación.

 

Elia copia una cita: «Reconozco el viento de mi región.» ¿De qué región? Elia está en la trenza rememoriosa del agrandamiento de los hechos, de la deformación, cadena de comadres, tíos, primas, sobrecarga de leyendas y cronistas de familia, caravana de rememorantes, todo teñido y reteñido en las cocinas de Barracas con incursiones a Avellaneda y estadías en Sarandí.

 

Y la otra caravana, la de las costureras catorce años. Flotando en el mar de los talleres. Bocados del lobo artista, fragmentos de la humanidad, modelos de la pintura burguesa del sentimentalismo, remiendos de algún poema modernista. Ráfaga de costureras con pretensiones desitalianizantes.

 

Carta de Lola: Oh Elia, no caigas en el elitismo artista burgués, te acecha el manco erudito, ese tentador.

 

La idea del soplón rondaba la mesa del encuentro, ese que orienta las historias, ese que los ponía de mal humor. Era uno de los miedos, el soplón era como un chucho callejero que llega, sonríe,  y se sienta y lleva y trae. Gloria tenía esa figura en la cabeza. Salía de sus lecturas. Gloria re-spinozizaba la mesa. Descifraba y contestaba las calumnias y difamaciones de la ronda conventillesca de la esquina. La línea del tiempo se ovillaba y desovillaba en su voz, no se lo entregaba a nadie que no hubiera pasado la estrictísima prueba. No aceptaba creyentes, no vivía de adivinaciones y vaguedades de la ilusión. Ella también tuvo madre de la aguja, el hilo, y el coser botones, el dobladillo, el ganchillo, y el enhebrar para el zurcido. No estaba para sahumerio de la poesía Gloria. Ni de los sentimientos de la franela. Pero nunca trabajó de amargarle el alma a la  creyente de la ilusión. A la poeta sibila. Solo la mantenía lejos. Nunca trabajó de reivindicar nada. Ni lo suyo, que es la deserción a re-deserción. Solo ahuyenta a las cartománticas de la poesía. Escriban o no. Sean hombre o mujer. Tampoco iba a hacer novela con las gallinas sueltas que cloquean en el patio de Sarandí. Tero y gallina se lo deja a Elia. Gloria se preserva de la polilla que se come la tela. Pero no vive solo de ahuyentar la polilla y el piojo, remienda su memoria en otras memorias. Se mete en su madeja de rememoria. De deserciones.

 

En esta mesa no hay convocatoria elísea del relato chamuyero, ni invocación de esencia, no, no hay cacareos del ser, no. Hay ojos, están los ojos verdes de Gloria que salen del humo de esa hora concurrida, y te miran y te tragan a vértigo si no te agarrás del borde de la mesa, vieja hora de las costumbres insistentes.

 

Ahí está Gloria, colgada del ensueño o del cielo de la mañana, o de la lejanía que apenas si llega a la subida del puente. Tedio del tedio de los comentarios, tedio del tedio de los reproches y re-tedio del que hay que escapar. Y la vanidad de la queja, ahí, en la punta de la lengua, ahí, al borde de la confesión. Se anota esa frase, la de pájaro  asesinado en pleno vuelo. La otra figura es la del conejo que se fue por el agujero de la cerca del jardín.

 

Gloria vive las intermitencias de las ausencias. Se re-escucha el susurro de su propia queja, se lo guarda en el bolsillo, con las citas, recorre la línea de la deserción.

 

Y Elia, mustio empleado de corretajes que todavía no tenía el concepto de la herida del trabajo sin defensa. Un día lo conquistaría y no le servirá de nada, y se lo quedaría para él, cita en el bolsillo. Solo en voz baja a Lola cruzando una calle.

 

Los vaivenes de amasijo laboral desataban la furia celosa de la mesa. Uno por uno perdían los estribos ante la juvenilia de la otra vereda, de la otra orilla. Ellos: pelagatos, y pelagatos lector es pelagatos ofendido. Carga con el drama del mundo. Cree que le deben algo. Y más pelagatos si ambiciona el elitismo burgués, ese de Teatro Colón, o de pequeño auditorio de música contemporánea que viene envasada con el crítico adentro. La voz de su amo en remasterización.

 

Gloria en el aprendizaje de escapar del susurro mujeril de la obligación, escribe notas con escenas de venganza, no lo puede evitar. Escapar de la hora amodorrada del té, de la vocación catequismo militante, del estribillo del himno de la inclusión, del entusiasmo poético, de la reivindicación memorial, de la horda domesticadora.

 

Barracas. No aprendí nada todavía.

 

Siempre el sueño de un camino secreto. Un Paso del Noroeste que lleve lejos. A una lejanía de la lejanía. Sueño de la infancia. Sueño de trenes. Reemplazados por sueño de buses grandes que descubrí en las novelas y en el cine. Cadena de buses y camiones que te llevan al Paso del Noroeste.

 

Colores: plata azulado – azulado verdoso. También vienen de una novela.

 

Es verdad que en toda la calle de las casas de inquilinato se comía algo más que papa y manteca. Mucho más. Eran épocas de bonanza.

 

Una mañana de principiante radiante. Por Caseros. Ya te describiré esa mañana y esa calle que va en subida, la contaré lo más fielmente posible, es un paisaje de árboles tilos tranquila, la golondrina ahí, en la rama, con su orientación intacta, el jilguero de María perdido en el espacio de los 50,  leo estos cuadernos del infierno todas las mañanas, con el mate, y los contrasto con esa calle de felicidad. Es horrible, pero al menos aprendo a no compararme, esfuerzo supremo para salir de la imbecilidad comparativa.

 

Cita en el bolsillo de Gloria: de su heroína del rencor: «el carácter mentiroso de la actitud didáctica.» (NM). De su heroína que escribió en la imposibilidad de elegir. ¿Se entiende? No. Todavía en esta marmota comarca de ficciones nadie aprendió a leer.

 

Eran tiempos de libreta de teléfonos en la cartera, espejito y rimel, y ella espaciaba las llamadas, había tedio de teléfono en Gloria antes del teléfono, tedio de la comunicación te cuento mi vida, había silencio de confesión. Y Luis Cardoso se caía de amor en ese bacará de presente clandestino. Vida mía escribe Luis Cardoso, no regreso, ya estoy, aquí, colgado de tus ojos. Aire melodrama barato de los fracasos del amor.

 

A los rumores cada vez más alejadísimos y aún alejados prefiere sus citas en el bolsillo, una para cada día: «Hay  que ganarse el derecho a tener borradores.» (NM). Y hay que escapar de la vociferación anunciadora de porvenir. Las edades de plata solo la viven las bellezas de cuello de jirafa.

 

De la nada a la nada pasando por la esquina, lo más rápido posible.

 

Y los rasgos evaporados del pasado, Elia los re-intriga con  notas, que le pasa a Lola y Lola con viñetas a Gloria y a Orlando, y Orlando a Luis Cardoso, y Gloria no le muestra sus libretas a Luis Cardoso, detesta el amasijo de la pareja lectora, franela de elitismo burgués y pegajoso. Y Pipa e´Moco le cuenta más pasado a Gloria y Gloria lo deja en estado de recuerdo. Y lo escribe, eso sí. Ninguno de ellos muestra sus casas, no dejan que se vea su contenido, ni a cuenta gotas, el terror era abrirle la puerta de sus vidas al lenguaje administrativo. Lola sabía vivir la hora eufórica de la mañana alimonada cielo azul y sol arriba. Gloria sufría del que se acuesta tarde se levanta mucho más tarde y ahí estaba entre las 10 y las once la hora escasa de clientes, sentada a la espera. La calle era pura gentileza a esa hora. Gloria desviaba una frase y la anotaba. La esquina del café Maipú todavía a esa hora de la mañana era un paraíso y en un rato la mesa del encuentro hará su primer café. Las pibas del pecado duermen. Y los caballos de retorno recién caen por acá a eso de las ocho de la noche. Otro rincón. Otra mesa. Mesa de voz muy baja. Se teje otra memoria. Apenas saludos de mesa a mesa.

 

Gloria estaba en la orilla del trabajo sin defensa.

 

Hugo Savino, 2020

Ph / León Ferrari, Serie de errores (detalle),  1991