Susana Szwarc: Decir la suerte/ Laura Estrin

 

“En Bujara hay rosas, en Napalpí también.

El viento, por un instante sin espinas, la estremece.”

(Susana Szwarc)

“Pienso en la gente que mira y no ve. Y yo no sé cómo otros no ven. Yo veo.”

(Néstor Groppa)

Veamos lo real:/por ejemplo el río/-de acá hasta acá/ podríamos inventar/ una puerta para la casa/ pero no-/veamos cómo/ porque sí/ un viento”. Primer poema que esta obra trae. Así empieza y luego: “Veamos después/ algo más:/ la lluvia”. Los poemas dicen. Siempre dicen, dicen mejor. Son el diario, la bitácora del  poeta que mira y dice. “Leyendo no supimos de la llegada del invierno. Hoy hace frío.” El poema anota. Pero el poema de Susana Szwarc entrevera: “Que entrevea./ Lenta llega la música/ el ojo es violeta/ el cuerpo está partido”. El poema de Susana Szwarc pone como piedritas insomnes ropas, migas, aire, algún color, “la sombra como encaje”, pone las cosas que soportan el tiempo.Y pone el tiempo: “Abril /Cae el hilván en tierra”. Y las cosas en sus poemas no se apaciguan pero hacen leve pausa, se quedan un poco ahí: “María/ con un bosque en la mano para apaciguar” o “en su pausa de madre”.

Las cosas que Susana Szwarc pone en su poema son algunas palabras, la provincia, la madre, algunos libros. Mujeres que andan con baldes y barren. Soplan los días y los relojes. La madre es una presencia continua. Y continuo es el secreto que no puede reconstruir la vida que de esas cosas se arma.

En la poesía de Susana Szwarc hay algo cortado, una especie de montaje, algo, un poco, surreal, es una poesía inaudita en este tiempo de formas fáciles. [1] La domesticidad que aquí se anota es reliquia: “/Lo que se obstina en permanecer/ es aquella ceremonia”. Lo cotidiano es también breve creencia, señal y ruidos. Sigo sus palabras anotadas aquí, el silencio anotado: “Uno canta la muerte del otro./El silencio no existe./De ese silencio surgen intermitencias,/fogonazos.”

Susana anota el tren: y ese tren resuena su historia. De Polonia a Chaco, de Chaco a Buenos Aires: “qué bella frase se nos habría ocurrido en el andén”. Así, las palabras subidas a su propio aire ordenan la historia que Susana cuenta en sus poemas: “Ordenemos la historia/ ¿Evita había muerto?/ ¿Perón había caído?/ ¿Su estatua destruida en la placita Sarmiento?/ ¿Yo tenía el sarampión?/ ¿Cantaba Ramona Galarza? /¿Tu perro aquella noche era un lobizón?/ ¡Oh!, sí, tal vez tu perro aquella noche, era./Lame la sal del cuerpo y las tan estrellas caen, por mí./ El lobizón desvanece de cercanía. /Apenas alcanzamos los breteles./Maldito gallo, que se calle./ Y que nadie sepa nunca.”

La poesía de Susana Szwarc anota muros, perros, partidas, el padre y la madre nuevamente. Pero lo hace con una poesía que no es común, una poesía que en el mundo domesticado de imágenes de hoy es rarísima por sencilla, directa y breve, por eso hace  contundente: “la longitud del muro hace a la partida/ de los perros” o “ningún patio es completo/ ni siquiera el de la madre”. La poesía de Susana Szwarc acomoda y recuerda: “el saxo, las horas,/ la niña que dice es la hora/y vuelve a leer”. La poesía hace lo que dice: “Decía sed y una palabra de agua/ comenzó a hacer causa.” El poema se hace salmo dicho: “Alzo los ojos/ no veo a Dios/ pero veo la lluvia”.  La poesía recuerda juegos de niñas, de hermanas, “avispas se danzan este agosto”, la poesía acumula tiempo pasado,paisajes, pequeños momentos quedados ahí cerca.

La poesía no olvida, registra casi todo: “Algo me dolió hoy. Como si fuera un ferroviario/ que extraña la máquina. Que se resigna/ y la abandona sólo por el peso de una cuestión cierta.” La poesía es un ser solo que “en el corazón de la tierra” recuerda y anota: “La muerte atonta y hacemos como que olvidamos. Hasta que un día nos sorprenden las hojas en las ramas. De los recuerdos lloramos, o comenzamos a vestir el cuerpo”.

La poesía es muy poderosa, en su simpleza desalma, hace brotar un modo de la pérdida para que le quede al menos algo. Y se obstina. Y denuncia: “Algunos parecieran no saber nunca nada. Desmemoriados./Desalmados. Muertos blandos”. O “Sabíamos de la herida/ común como ese resplandor/ en el centro del aljibe/ (o una zona de conciencia/ que se tapa por hilachas)”.

Y voy siguiendo los poemas como se sigue un espinel en el río de las pérdidas o en el río de las vueltas –como yo misma anoté alguna vez en un poema.  

La poesía puede ser un film de tiempo e historia. Historia rusa-polaca, historia del este, historia judía: “Ahora/ no se ve. Hasta que levanta la mano/ blanca, la misma con que la prisionera (jovencita/ en Siberia) llevaba maderos hacia el barco”, o “El rabino no dijo Auschwitz. ¿La mayor de todas las imperfecciones es/ el no existir? Y es otro el chiste, el grito /resuena en curvatura, zigzagueante./ El grito es un cuerpo que levanto con la mano./ No pises los huesitos./ (Tu nariz)”.

Susana Szwarc insiste en su polaco: “Maluska, hija, lalka, me dijo/ e insistía su polaco:/ estaba tan triste antes/ y ahora no te hubiese conocido.” Y la historia puede volverse amor pero sigue recordando más que eso: “Amor no propio quisieran/ para pedir amparo.” Susana Szwarc trae de allá y pone acá: “El cielo del pueblo es azul como/ el mar de la pantalla. Les digo/ que Bujara y Siberia/ y los campos que concentran me arman/ una topología del alma. ¿Y el hambre?,/ dicen ellos. Por eso, al comer, ¿tragan/ con una alegría que lastima?”.

Susana Szwarc que puede venir de lejos, de tan duro, arma una poesía provinciana. Región del alma que anda acá pero dejó algo allá, un “punto de verdad se descose/ en la repetición del sufrimiento”. Y el poema repite, insiste su “Allá, en el fondo del aljibe/ el movimiento era un paraíso y la boca se nos llenaba/ de frases que cumplíamos”. Susana Szwarc lo dice clarito: «quien se aleja de su casa ya ha vuelto». Porque el movimiento de palabras hizo el camino, de ellas hacia acá: “De sólo decirla hicimos los bolsos. Nos fuimos/ a la ciudad. (Una costumbre/ de mujeres, hacer acto la palabra)”.

¿Quién entiende la provincia?, el que lee la provincia. La provincia es expresión, elección, cosa de allá, acontecimiento propio. Tal como Barrandeguy acurruca Gualeguay y Zelarayán el Norte, la provincia es motor de la lengua, lengua otra, sin la cual no hay escritura, verso, frase. Y esa lengua que es también pasado o provincia no tiene solo patios o espejos, tiene todo el monte chaqueño y toda la nieve polaca. Esa otra lengua es la que nos permite escribir ese páramo personal que vestimos con palabras. En la poesía de Susana Szwarc no hay pérdida, la frase anota la provincia, el pasado, lo que fue y queda.[2]

Susana Szwarc anota la provincia y allí, una poesía de mujeres solas, de mujeres sabedoras de historia propia sin arreglo:“Alguien traza una franja de penumbra en el día/ que comienza. (Hemos puesto la ropa/ en remojo). Alguien cuenta/ su revelación, fluye/ como el agua por la franja que se estrecha:/ viajaba en un tren,/ desde la ventana veía el pasado/ y el futuro, lo que muere,/ rompe, muere, reguero de luz/ y sombra sin cuerpo, sin fortuna/ en el lugar común del grito/ del sueño que nos despierta y cambia/ la dirección de la mirada.”

El poema dice ser “una especie de rezo”, de lo que ya no está. Pueblo, migración. Hay que poder irse del pueblo: “Un país no es un solo lugar para el derroche de pasiones./La vuelta al mundo recomienza su andar/ y todo el pueblo entra en nuestros ojos como un fruto maduro,/ a punto de morder./ Justo en lo perdido, una migración.” Y en otro poema justo dice: “Por su boca sale la nieve/ de Siberia y aquí -lejísimo-/ el pueblo entero/ se llena de blanco barro” y también: “Y madre/ sabia en los vagones/ nos avisa:/ si uno tiene que vivir vive/ si uno tiene que morir se/ muere.”

Decir la suerte es el tiempo que regresa, que se prolonga en las vías donde se tiran piedras. Los poemas pueden volverse piedra. Decir la suerte es la insistencia del ojo en tránsito por ese mundo donde “Hay Händel en la radio y el gas no alcanza para el frío”. El poema puede ser también imagen, otro modo de la piedra, “ampliación de una foto hace otro espacio en el mundo”. Una imagen donde la sed y el hambre andan cerca. Un pasado quedado, también un pasado que ya falta. Y el poema se vuelve entonces la desdicha de que nada cambie nada, ni la tristeza ni el poema mismo. ¿Qué puede la poesía? – podría preguntar Nicolás Rosa que tanto leyó a Susana Szwarc.

El poema de Susana Szwarc sabe de su inutilidad, rueda en la cocina o entre los huesos: “Tantas noches cavando en los jardines para encontrar/ el nombre de los huesos pero sobre todo para no encontrarlo.” Y no es paradojal, es física real de las cosas: “una mujer en la noche, su sonrisa/ ante el olvido breve de eso que nadie/ te dice. Lo terrible,/ siempre, de cada partícula de historia./ En ese espacio, habitación del mundo…/El dolor (sólo) por sus tramas.”

Solo puedo seguir esta poesía, solo puedo seguir leyéndola en “Los cielos arriman (entretanto)/ un pueblo al otro” y en “Lo que no nos atrevemos/ a pedir, agua”. Poesía desolada que no se queda quieta, es como el tiempo, no podemos dejarlo en ningún lado. Y la poesía sabe lo que hace, quiere “leer más acá,/ todavía más acá/(donde) se escucharía un graznido/ atroz/ en el brillo/ de lo desposeído”. Por lo que el poema es una violencia y su registro, una catástrofe y una memoria de ella. ¿Una poesía judía podrá decirse de ésta?: “Como han profanado las tumbas/ los muertos han salido a las calles,/ mi padre otra vez me acaricia la cabeza,/ y me dice al oído -despacio- que la vida/ es siempre más bella que la historia”; “Concentra la sombra los llamados/ de cualquiera de los Campos”; “En los campos que concentran´”.

El poema tal vez ocurre cuando se llora demasiado o cuando no se puede llorar y se escribe, cuando se alarga esa otra lengua: “aaacotkitbá sháre búreóbed bá/ está cantando en polaco la abuela/ en el horno -muerta se seca su harina.//aaacotkitbá cantamos las madres,/ las hijas, las muñecas extenuadas/ de éter y música./(…)/(Bailemos) Del bolsillo salta su cajita de nieves” y la canción sigue dando vueltas, al polaco, a las nieves de Polonia, a los Campos.

La poesía le gana a la historia – ya lo vengo diciendo hace tiempo. Escribir esta poesía, leerla, es una libertad inaudita, poesía original que cruza por lo menos dos lenguas y lo sabe bien: “El roce de las lenguas/ hacía renglones/ sobre la humedad de mi frente”. Susana Szwarc anota: “Afuera, la frase estará contenta.”

Poesía consistente,consciente. Sabedora de sí. Dura. Algo elíptica por eso real que ve y plasma, lastima, poesía de la avidez de las cosas chicas. Esta poesía cuenta-canta la tristezade su inutilidad: “Ninguna simulación,/ apenas el intercambio de costumbres”, incluso la inutilidad de repetir la historia: “Es tarde, pero no demasiado/ y Peter Brook mira la niebla húmeda/ de Hamburgo: El final de la guerra, mi madre,/ mujeres como mi madre. Mi padre, sus mujeres,/ las prostitutas desesperadas, algunas sordas,/ otras con muletas pero todas/ con la nariz morada por el frío”; “Ninguna guerra detendrá la escarcha ni la risa”. Así el poema espeluzna por lo sabido, por lo cercano, el llanto idish de nuestra familia: “Oyoyoy, desreza./ Ese sonido –creo- llega desde el Lager./ (Las tumbas no son de madera ni de piedra,/ sino de carne oyoyoy, ¿tanto morir/ para matar?)”.

La poesía aquí reunida de Susana Szwarc, además, aún, reza esa otra lengua incrustada. Infisionada –diría Nicolás Rosa. Leo: “Para el investigador./ -¿Qué le digo?/ -Decile que quiero saber de unos muertos. Decile/que quiero saber dónde están./ -Mentile al investigador. Quiero saber y punto,/ porque si ya murieron, él no va ir a buscarlos.// (Mi madre corrige mi pensamiento. ¿Será ésa/ la lengua materna?)/ -Léeme, dale, lo que escribiste./ (No puede, cuando pasa a esa otra lengua/ pasa también a otro país y sigue, deletrea.)” o “Se canta alrededor de sí/ con la curiosidad del mundo,/ cincuenta años después/ de escucharlo en polaco.”

Esta poesía anima a decir que si no se tiene otra lengua atrás, allá, no se escribe. “(¿De dónde viene esa voz?)// Me alejo. Alguien se puso a silbar./ Silba y sostiene con su sonido el mundo”. Así termina esta compilación en el silbido de un mundo que muerto vibra y suena.

Susana Szwarc escribe libros originales, líricos. Un autor verdadero es el que cruza los géneros, las formas y escribe lo imposible de acallar, la muerte que hace señas, tal vez, también. Imágenes que bailan, que no se olvidan, el “olor a tristeza” que alguna vez anotó en su prosa de poeta o un jacarandá que a todos alegra. Y como al descuido, además, están la conciencia de las palabras, “¿pueden estas palabras ir juntas?” cuando dice anotar palabras sueltas pero se trata siempre del autor que se deshace en la obra. Susana Szwarc en su prosa escribió “Convencida de que los nombres están escritos en los huesos” y que “El miedo era al esqueleto de las cosas”.

Toda obra registra algo de las ciudades y de los pueblos dormidos o con música, escenas fuertes porque miran la ausencia de cerca. Su obra tiene sombras desarmadas para poder trenzarlas en las letras, como en su hermoso relato Trenzas donde la literatura es un encuentro, una trenza, un yuxtapuesto de líneas, flecos, cartas. Una soledad sonora, algo que siempre habla de otra cosa.

En la obra de Susana Szwarc las palabras sostienen el cuerpo, cuando se anota la desesperación propia, cuando se escribe una carta, cuando alguien parte o llueve. En los relatos también “El tren atraviesa la noche, las tierras”. Son recuerdos, variaciones de lo mismo. Cosas que alivian pero no alcanzan: “Cuando el sol se cubre entre las nubes y la ciudad se oscurece, lenta, la mujer se sienta a esperar”.

La literatura de Susana Szwarc es la lluvia o el sol, pero también “No es miedo, m´hijita. Es silencio”. La literatura de Susana Szwarc es una felicidad liviana que ella puede anotar.

Laura Estrin / Prólogo del libro de Susana Scwarc: «Decir la suerte» (Poesía reunida), Con Texto, Librería I Editorial

Ph / Marcos Zimmermann / Lenga, Provincia de Santa Cruz, 1990

[1]                   Walter Romero en su trabajo sobre el relato “La muertita o la novela que” de S.S. señala: “Szwarc, con tarea de artesana, pone a colgar las formas narrativas para que se aireen y las cuelga en sogas o en hilos que son, a su vez, la fantasmática siempre presente de la muerte —o del suicido—de esas mismas formas: la muerte de la novela, la muerte de la narración tal como la conocemos; las cuelga para mostrarnos —o ponernos en la cara— el hastío de lo sobre narrado de nuestra era, de lo sobre escrito, por eso se expresa en coágulos, en párrafos solos y colgados en la página, que el lector una vez más sutura, une, enlaza.”

[2]                     En su relato “La muertita…” ella escribe: “No es que en una ciudad grande sea fácil, pero es más fácil que en un pueblo donde reconocés a los que te andan mirando”.

            (cf. El viaje del provinciano, Laura Estrin, Leviatán, 2018.-)