El pájaro en el cerezo / John Ruskin

John Ruskin (1819-1900)

Jamás oí a mi padre o madre elevar ni una vez el tono por ningún asunto, ni distinguí dejo alguno de ira, siquiera de herida u ofensa, en sus miradas. Jamás los escuché reprender a un criado, ni que lo culparan repentina, pasional o severamente. Jamás observé un momento de agitación o desorden concerniente a los asuntos domésticos, ni nada que se hiciera a las apuradas o no se hiciera a su debido tiempo. No concebí lo que podría ser la ansiedad; los aislados fastidios de mi padre por las tardes, si recibía una orden de doce barricas grandes cuando esperaba quince, no se manifestaban, como digo, delante mío, y apenas representaban el hecho de que su nombre estuviera un poco más arriba o más abajo en la lista de exportadores de jerez, dado que no gastaba más de la mitad de sus ingresos, y, en consecuencia, se veía poco afectado por las ocasionales fluctuaciones de las ventas. Que yo recuerde, nunca cometí una maldad, salvo postergar, alguna vez, el compromiso con alguna frase edificante que debía aprender de memoria por mor de observar una avispa en la ventana o algún pájaro en el cerezo. Y jamás supe lo que era la aflicción.

Junto con este inestimable don de Paz, se me dio el perfecto entendimiento de la naturaleza de la Obediencia y de la Fe. Obedecí cada palabra o dedo alzado como el barco obedece al timón: no sólo sin oponer resistencia, sino tomando dicha dirección como parte de mi propia vida y fuerza, y como una ley útil, necesaria para toda acción moral, como la ley de gravedad lo es para quien quiere pegar un salto. Y pronto mi ejercicio de la Fe fue completo: nada fue prometido que no me fuera dado; nada advertido que no me fuera infligido; nada dicho que no fuera verdadero.

Paz, obediencia, fe: las tres para mi bien superlativo. Y junto a ellas, mi hábito de prestar atención con ojos y mente, sobre el cual no me explayaré por ahora, siendo ésta la principal facultad práctica de mi vida, de ahí que Mazzini dijera de mí, en una conversación uno o dos años antes de su muerte, que yo tenía “la mente más analítica de Europa” (opinión con la que, hasta donde llega mi familiaridad con Europa, estoy dispuesto a coincidir).

Por último, una extrema perfección del paladar y los otros sentidos del cuerpo, dados por la tajante prohibición de tortas, confites y, excepto bajo las más estrictas restricciones, fruta, y por la excelsa preparación de toda la comida que me fue dada.

Éstas, estimo, son las principales bendiciones de mi infancia; déjame ahora contar las igualmente predominantes calamidades.

La primera: no tuve nada que amar.

Mis padres, en cierto sentido, fueron como potencias visibles de la naturaleza, y no los amé más de lo que lo hubiera hecho con el sol o la luna. Podía enojarme o sentirme extrañado si uno de ellos partía, ¡y cuánto más ahora, que los dos se han apagado! Menos todavía amé a Dios. Y no porque hubiera tenido alguna pelea con él o porque lo temiera, sino porque simplemente encontré desagradable lo que la gente me decía que era su servicio, y aburrido lo que la gente me decía que era Su libro. Tampoco tuve compañeros con los que pelear, ni nadie a quien asistir o a quien agradecer. Nunca un sirviente hizo nada por mí, sino lo que era su deber hacer. ¿Y por qué estaría agradecido con el cocinero por cocinar o con el jardinero por cuidar el jardín, cuando el primero no me daba una papa asada sin pedir permiso a mis padres, y el otro no dejaba en paz mis nidos de hormigas porque molestaban el paso? El mal que se siguió de todo esto no fue, sin embargo, el que se habría esperado, es decir, que crecí egoísta e indiferente, sino que, cuando los afectos finalmente llegaron, lo hicieron con una violencia completamente desatada e inmanejable (al menos para mí, que nunca antes había tenido que manejar nada).

Y esto porque —la segunda de las principales calamidades— no tuve nada que soportar. Peligro o dolor de ningún tipo conocí: mi fuerza nunca fue ejercitada, mi paciencia nunca probada, y mi coraje nunca fortalecido. No es que alguna vez tuviera miedo de nada (fantasmas, truenos o bestias). Y una de las ocasiones en que más cerca estuve de la insubordinación de niño fue en mi empeño apasionado por obtener permiso para jugar con los cachorros de leones en la casa de fieras de Wombwell.

Tercero. No se me enseñaron precisión o etiqueta de modales; alcanzaba con que, en los límites de la pequeña porción de la sociedad que frecuentábamos, pasara desapercibido o respondiera alguna pregunta sin timidez. Pero la timidez llegó más tarde, y aumentó cuando cobré conciencia de la torpeza que nacía de mi falta de disciplina social. Y pronto fue imposible conseguir, en una etapa avanzada de la vida, destreza en cualquier ejercicio del cuerpo, alguna habilidad vistosa o tranquilidad y tacto en el comportamiento consuetudinario.

Por último, el mal mayor: mi juicio sobre lo que es bueno o es malo y mis facultades para la acción independiente no se desarrollaron en lo más mínimo, puesto que jamás me quitaron la brida y las anteojeras. Los niños deberían tener momentos de franco, como los soldados; una vez que, cuando se la exige, la obediencia es segura, la pequeña criatura debería ser expuesta desde temprano en períodos de práctica en completo comando de sí misma; debería ser puesta en el caballo a pelo de su propia voluntad y aprender a domarlo con sus propias fuerzas. Por el contrario, la incesante autoridad ejercida sobre mi juventud me dejó, cuando por fin tuve que enfrentarme al mundo, incapaz por un tiempo para hacer poco más que dejarme arrastrar por sus remolinos.

Por lo tanto, mi veredicto sobre el tenor general de mi educación de aquel tiempo es que fue, al mismo tiempo, demasiado formal e indulgente, dejando mi carácter, en el momento más radical de su constitución, ciertamente constreñido pero no disciplinado, e inocente sólo por protección excesiva antes que por práctica virtuosa.

Mi madre llegó a ver esto por sí misma —y muy claramente— en sus últimos años; cada vez que hacía yo algo malo, estúpido o insensible —y he hecho muchas cosas que fueron las tres al mismo tiempo—, me decía siempre: “Es porque de chico se te consintió demasiado”.

Tomado de Praeterita, I, §§ 48-54.
Traducción de Nicolás Caresano.